‘Historia de dos ciudades’, Dickens en cuatro episodios y sin red
La última adaptación televisiva de Historia de dos ciudades que merece ser recordada llegó en 1989 de la mano de la BBC. Treinta y siete años después, la misma cadena —esta vez en coproducción con MGM+ y con Federation International distribuyendo internacionalmente— vuelve al texto de Dickens con una miniserie de cuatro episodios que apuesta por Kit Harington como Sydney Carton y por un guion firmado por Daniel West que no quiere hacer period drama clásico sino algo más sucio y más urgente. La novela de 1859 es, entre otras cosas, el mayor mecanismo de relojería que el melodrama victoriano ha producido: dos ciudades, dos hombres que se parecen, una mujer entre ellos, la Revolución Francesa como máquina trituradora de personas, y en el centro una pregunta sobre qué vale la vida de un hombre si esa vida ha decidido que no vale nada. West y los directores Hong Khaou y Richard Clark se preguntan si esa maquinaria puede funcionar en cuatro horas. La respuesta es que casi sí, con reservas que son precisamente las del «casi».

Harington y el problema de Sydney Carton
La elección de Kit Harington para Sydney Carton es la más inteligente de la producción, aunque no por las razones obvias. Harington lleva una década intentando salir de la sombra de Jon Snow —el personaje más querido y más inexpresivo de Juego de Tronos— y encontrando en el camino que la industria le ofrecía papeles que seguían pidiendo exactamente lo mismo: la cara guapa, el dolor contenido, el héroe que no habla mucho pero que resulta ser el más importante de la sala. Carton es la versión literaria de ese arquetipo con un giro que la adaptación anterior nunca llegó a explotar del todo: un hombre que ha decidido que no merece la vida que tiene, que el alcohol es la única forma honesta que conoce de relacionarse con su propio fracaso, y que la única acción verdaderamente noble que le queda disponible es la que nadie podrá agradecerle porque él ya no estará para recibirlo. Harington entiende ese personaje desde dentro, con una contención que aquí sí tiene carga porque el texto que la rodea se ha tomado el trabajo de construirle razones.

François Civil como Charles Darnay es el contrapunto necesario y también el más difícil de sostener: Darnay es moralmente íntegro, físicamente idéntico a Carton, emocionalmente transparente, y tiene que resultar creíble como el hombre que Carton envidiará y amará y terminará por salvar. Civil lo consigue con una culpa aristocrática que nunca se vuelve autoindulgente. Mirren Mack como Lucie Manette es la parte más transformada respecto a Dickens: la producción le da autonomía que la novela no le concedía —estudia cirugía en secreto, toma decisiones propias, no es únicamente el objeto pasivo de la devoción de dos hombres— y Mack convierte esa reescritura en algo que funciona porque no lo subraya.

Lo que West hace con Dickens
El guion de Daniel West toma decisiones que no todos agradecerán y que tienen lógica interna. La más visible es la de equilibrar el triángulo: en la novela, el amor de Carton por Lucie es de una sola dirección, no correspondido de forma explícita, lo que convierte su sacrificio final en algo más puro y más trágico porque descansa sobre una soledad absoluta. West decide que los sentimientos tienen correspondencia —que hay algo entre Lucie y Carton que podría haber sido, en otra vida— y esto hace la historia más simétrica y menos desgarrada. Es una decisión legítima para una adaptación televisiva en 2026, aunque los que conocen la novela sentirán que algo de su específico dolor se ha diluido en el proceso.

Donde West es más sólido es en el tratamiento de la Revolución Francesa como fenómeno político antes que como escenario decorativo. Madame Defarge —Roxane Duran— tiene razones para lo que hace, y la miniserie le concede suficiente tiempo para que esas razones sean comprensibles aunque no justificables. La trituradora es un mecanismo fabricado por personas que fueron trituradas antes, y eso es fiel a lo que Dickens escribía entre líneas aunque la adaptación lo haga más explícito de lo que el original permitía. Los directores diferencian visualmente las dos ciudades con la claridad que el texto exige: el Londres gris y burocrático, el París que desciende desde la ebullición popular hasta algo que se parece al infierno según avanza la historia. La dirección de arte hace el trabajo.

Las cuatro horas y su precio
La debilidad central de la miniserie es la misma que afecta a casi toda adaptación que intenta comprimir una novela larga en un metraje reducido: las relaciones no tienen tiempo de respirar antes de que el guion les pida que soporten el peso emocional para el que se supone que han sido construidas. Cuando el sacrificio de Carton llega —y llega, y es la escena que la producción lleva cuatro episodios preparando— el espectador que no conoce la novela puede encontrarse en el terreno de la emoción correcta sin haberse dejado llevar del todo por ella, porque los pasos que conducen hasta ahí se han dado a una velocidad que los ha vuelto eficientes antes que conmovedores. Historia de dos ciudades es en su núcleo una historia sobre el tiempo —sobre lo que hace el tiempo con las personas, sobre los años que se pierden y no vuelven, sobre cuánto cuesta llegar a hacer lo correcto cuando uno ha empleado demasiado tiempo haciendo lo incorrecto— y cuatro horas es, objetivamente, poco tiempo para una historia sobre el tiempo.

Lo que la producción de la BBC y MGM+ ha construido es, con todo, una adaptación con criterio propio y con la valentía de no querer ser la versión definitiva sino una versión honesta. Kit Harington tiene aquí el papel que más le conviene desde que acabó Poniente y lo hace con una melancolía específica que el papel lleva esperando. Dickens resiste. Casi siempre resiste.





