‘Los Soprano’ T2, trece episodios para matar a un amigo

Si la primera temporada de Los Soprano construyó el mapa —el Nueva Jersey de los Soprano, el diván de Melfi, la familia como organización y la organización como familia—, la segunda lo convirtió en territorio con consecuencias. Trece episodios emitidos entre enero y abril de 2000, con David Chase afinando lo que ya sabía que funcionaba y apostando por formas narrativas que la televisión dramática de la época no había ensayado todavía. El resultado es una temporada que se asienta sobre una pregunta que no se formula en voz alta hasta el último episodio: qué haces cuando el hombre de confianza al que llevas buscando durante meses resulta ser exactamente lo que temías, y qué hace eso con la versión de ti mismo que había decidido no saberlo.

El mapa se convierte en territorio

La temporada establece desde el primer episodio que las reglas del primer año han empezado a producir consecuencias. Tony reanuda la terapia con Melfi con la misma ambivalencia de antes —quiere sentirse mejor, no quiere entender por qué no se siente mejor—, pero el mundo a su alrededor se ha movido. Janice Soprano vuelve de Seattle con su historia de misticismo y unos motivos propios que no coinciden con los que declara. Richie Aprile sale de la cárcel después de diez años y regresa al ecosistema que lo expulsó como si el tiempo hubiera preservado su posición dentro de él, cuando la única cosa que ha preservado es su resentimiento. Chase introduce estos personajes no como amenazas simples al protagonista sino como fuentes de fricción que complican la cartografía de lo que ya conocíamos: Janice entra en la vida de Tony con la clase de toxicidad familiar que no se puede esquivar con el tipo de poder que él tiene, y Richie representa lo que el organismo criminal produce cuando envejece sin dejar de funcionar —alguien que fue respetado porque era peligroso y que sigue siendo peligroso pero ya no por las razones correctas. La temporada también expande la geografía del universo: en «Commendatori» Tony viaja a Nápoles para negociar con los Casalesi y de allí trae de vuelta a Furio Giunta, que introduce la idea de que hay otro mundo de referencia para este tipo de vida, más antiguo y más silencioso, y que el Jersey de los Soprano es una versión americana y algo degradada de algo que en Europa todavía conserva sus formas originales.

La muerte al final del penúltimo episodio

Lo más notable del diseño estructural de la segunda temporada no es el final. Es lo que ocurre antes de él. Richie Aprile —el antagonista de la temporada, el hombre que ha estado conspirando contra Tony durante doce episodios— muere en el duodécimo, a manos de Janice, después de pegarle un puñetazo en la cara. La escena ocurre en la cocina, sin dramatismo previo, y el cadáver termina descuartizado en bolsas de basura antes de que el episodio acabe. Chase cierra el arco antagonista un episodio antes del final y deja el decimotercero libre para hacer algo completamente distinto. Esa es la apuesta más relevante de la temporada, porque en el año 2000 ese tipo de confianza narrativa —confiar en que el público no necesita que la amenaza principal muera en el último capítulo para sentir que el año ha concluido— era inusual en la televisión americana. La consecuencia es que el final puede ser lo que es: no el clímax de la historia de Richie, sino el epílogo de otra historia que lleva toda la temporada incubándose en segundo plano. Christopher recibe un balazo y sobrevive. Meadow es aceptada en la universidad y se va. AJ empieza a sospechar lo que es su padre. Todo ocurre antes del último episodio, con la tranquilidad de una serie que ha decidido que puede permitirse no guardar nada para el último momento.

Funhouse y la amistad que no puede sobrevivir al conocimiento

El arco de Sal «Big Pussy» Bonpensiero es lo que hace grande a la segunda temporada con independencia de todo lo demás. Pussy había desaparecido al final del primer año; vuelve en el primero del segundo con una explicación que Tony acepta y no acepta del todo, y los siguientes doce episodios construyen alrededor de esa grieta sin colmarla. Chase no hace de la sospecha de Tony un argumento que la temporada tenga prisa por resolver: la hace una atmósfera, algo que existe en cada escena compartida sin que ninguno de los dos personajes lo nombre. El episodio final, «Funhouse», resuelve el arco desde el único lugar que podía hacerlo con esa carga: el sueño. Tony está con fiebre alta por una intoxicación alimentaria y en sus delirios aparece un pez —Big Pussy, literalmente, el pescado que «duerme con los peces»— que le habla con la voz de su amigo y le confirma lo que Tony ya sabía. La tradición de El Padrino convertida en lógica del subconsciente. Lo que sigue es una de las escenas más dolorosas de la serie: Tony lleva a Pussy a un barco, le pregunta, Pussy confiesa, y Tony y dos hombres lo matan y lo tiran al océano mientras Sinatra suena en la mezcla. Al mismo tiempo, Meadow se gradúa. La vida continúa de la única manera que puede en este universo: en paralelo a sus propias catástrofes, sin dejar espacio para lamentarlas. James Gandolfini, que se llevó el Emmy ese año, no necesita un monólogo para que el espectador entienda que Tony lo sabía desde mucho antes de la fiebre, y que lo que la fiebre hizo fue quitarle la excusa de no saberlo.