‘Cowboy Bebop’, la serie de Netflix que no supo qué tenía entre manos
Del 1 al 4 de octubre, Shinichirō Watanabe —el director del anime original de Cowboy Bebop— estará en la San Diego Comic-Con Málaga, en el Palacio de Ferias y Congresos, con un panel dedicado al legado de la serie que creó en 1998. Es la excusa perfecta para volver la vista atrás hacia la adaptación live-action que Netflix estrenó en noviembre de 2021 y canceló tres semanas después. Watanabe, que constaba en los créditos como consultor creativo de esa producción, reconoció más tarde que la apagó tras la primera escena —una secuencia en un casino— y que su conclusión fue directa: «Claramente no era Cowboy Bebop«. Que el creador del original no aguantara un episodio completo de la adaptación en la que estaba formalmente implicado es el resumen más conciso posible de lo que pasó, pero el análisis es más matizado de lo que esa anécdota permite. La serie de André Nemec no es un desastre de producción. Es algo peor: una adaptación que entendió la superficie del material que tenía entre manos y no entendió absolutamente nada de lo que estaba debajo.

Cho, Shakir, Pineda y la trampa del reparto que funciona
El casting es la decisión más interesante que tomó esta producción y, paradójicamente, la que hace más visible todo lo que le falla. John Cho como Spike Spiegel tiene la complexión correcta, el tipo de presencia física contenida que el personaje requiere, y la capacidad para sostener el silencio que en el anime es tan importante como el diálogo. Mustafa Shakir construye a Jet Black con una solidez que el material pocas veces merece: su detective retirado que vive en el espacio y cría bonsáis funciona mejor cuando el guion no le pide que explique lo que ya está claro en su físico. Daniella Pineda como Faye Valentine es la que tiene que cargar con el trabajo más ingrato: el personaje en el anime es una combinación de frivolidad y devastación interna que el guion de Nemec colapsa hacia el primer polo, y Pineda tiene que encontrar su personaje en una escritura que ha decidido que Faye es sobre todo cómica, que es exactamente lo que Faye no es.

La química entre los tres existe y hay momentos, especialmente en los episodios centrales, en que la dinámica de los tres cazarrecompensas dentro de la Bebop produce algo que recuerda a la serie que podría haber sido esto. El problema no son los actores. El problema es el guion que los rodea y el tono que ese guion ha elegido. La ironía y el humor del anime original estaban al servicio de algo: la melancolía fundamental de personajes que persiguen el pasado porque el presente les resulta inhabitable. El humor del live-action está al servicio de sí mismo, que es lo que ocurre cuando quien escribe ha entendido que el original era gracioso pero no por qué era gracioso.

Lo que el anime sabía y el live-action no
Cowboy Bebop —las veintiséis sesiones del original de 1998, producidas por Sunrise— funciona por una razón que no está en ningún manual de guion de Hollywood: es una serie sobre personas que no quieren seguir vivas pero que siguen levantándose cada mañana a hacer su trabajo. Spike persigue a Julia porque perseguir a Julia es la única manera en que sabe seguir existiendo. Jet repara cosas en la nave porque reparar cosas es lo que hace cuando no puede reparar lo que de verdad está roto. Faye busca su pasado porque sin pasado no hay identidad y sin identidad no hay razón para continuar. Watanabe filmó ese material con la cadencia del bebop —tiempos muertos, improvisaciones, el silencio entre las notas como parte de la estructura— y encargó la música a Yoko Kanno, cuya partitura no ilustra las emociones sino que las genera antes de que el personaje las tenga.

Traducir eso a un live-action norteamericano exige o una fidelidad radical al espíritu del original —sus ritmos lentos, su disposición al no-acontecimiento, su negativa a resolver las preguntas que plantea— o una reinterpretación lo suficientemente valiente como para construir algo propio sobre las mismas ruinas. Nemec eligió una tercera opción: hacer una serie de acción con los mismos personajes, el mismo universo visual y una tonalidad que convierte la melancolía en humor de situación. El resultado es que Vicious —el antagonista, el alter ego de Spike, la representación de todo lo que Spike dejó atrás y que vuelve a cobrar la deuda— se convierte en un villano petulante y fácil de irritar. Y que Julia, la figura que en el anime funciona como el punto de fuga de todo el dolor de Spike, termina siendo prácticamente la villana de la temporada, un giro dramático que destruye la lógica emocional de la historia original sin ofrecer ninguna lógica alternativa que la reemplace.

Yoko Kanno, los decorados y por qué eso hace más triste el resultado
Lo que la producción acertó es suficiente para que su fracaso resulte particularmente frustrante. Yoko Kanno volvió para componer la partitura y «Tank!» suena en los títulos de crédito exactamente como tiene que sonar: hay algo en la apertura de esa trompeta que pertenece al universo de la Bebop de una manera que ninguna versión alternativa habría podido replicar. La decisión de traer a Kanno de vuelta fue la más inteligente del proyecto y también la que más claramente señala la distancia entre lo que la producción quería ser y lo que consiguió ser: la música entendía de qué iba la historia; el guion, no. El diseño de producción tiene sus momentos —Auckland proporcionó localizaciones suficientemente diversas como para que el espacio de 2071 tenga textura propia en los mejores episodios— y los trajes respetan el material de referencia con una fidelidad que los actores agradecen porque les da una parte del trabajo hecha.

La reimaginación de Gren como personaje no binario —interpretado por Mason Alexander Park— es de las pocas decisiones creativas que añaden algo en lugar de restar: actualiza un personaje cuya historia en el anime original ya giraba alrededor de la fluidez de identidad, y lo hace sin el subtexto apologético que otras adaptaciones contemporáneas aplican cuando tocan el mismo tipo de material. Es un acierto pequeño en una temporada que no tuvo tiempo de acumular más. Netflix canceló la serie el 9 de diciembre de 2021, menos de tres semanas después del estreno, cuando las cifras mostraron que la audiencia de la segunda semana había caído un cincuenta y nueve por ciento respecto a la primera. Setenta y cuatro millones de horas de visionado en el debut y nadie quiso seguir. Watanabe estará en Málaga en octubre para hablar del legado del anime. El live-action no tendrá panel propio.





