El fracaso de 1998 que tardó dos décadas en tener razón: ‘Prácticamente Magia’
Hay películas que el mercado rechaza en el momento en que aparecen y que el tiempo rehabilita con una paciencia que la propia industria no tiene. Practical Magic llegó en octubre de 1998 con un presupuesto de entre sesenta y setenta y cinco millones de dólares, dos de las actrices más rentables del momento compartiendo cartel, y una historia sobre brujas, maldiciones familiares y la solidaridad específica que existe entre mujeres que se han salvado la vida mutuamente. La recepción fue fría: la crítica habló de incoherencia tonal, de una película que no sabía si quería ser comedia romántica, drama de terror o cuento de hadas adulto, y el público que fue a verla en su primera semana la devolvió a casa con una nota en las taquillas que no invitaba a la celebración. Veintiséis años después, Practical Magic es objeto de reivindicaciones periódicas, tiene una base de fans que creció en silencio a lo largo de décadas de reposiciones y plataformas, y sirve como prueba de algo que el cine de los noventa demostró en más de una ocasión: que el mercado y la audiencia no siempre son la misma cosa ni operan en los mismos tiempos. La secuela que llega este fin de semana —con Susanne Bier en la dirección y el reparto original prácticamente al completo— es la constatación más concreta de que Practical Magic ganó la discusión a posteriori. Esta es la película que la empezó.

Bullock, Kidman y las tías que se roban la película en cuanto aparecen en pantalla
La decisión de casting que define Practical Magic no es la de sus protagonistas, sino la de las tías. Dianne Wiest y Stockard Channing como Jet y Frances Owens, las tías excéntricas y maravillosamente indisciplinadas que criaron a las hermanas, son lo más vivo que hay en el metraje: cuando están en pantalla el film respira de otra manera, con la libertad de quienes no tienen que sostener el arco argumental y pueden dedicarse enteramente a ser exactamente quienes son. Wiest tiene la rara capacidad de convertir la ternura en algo con peso sin que pierda ligereza, y Channing lleva décadas siendo uno de los talentos más consistentemente infravalorados del cine americano. Juntas construyen un tipo de feminidad que el cine del momento no sabía exactamente qué hacer con ella: mayor, independiente, segura de sí misma, sin que eso signifique renunciar al placer ni a la sensualidad ni a la rareza.

Sandra Bullock como Sally Owens lleva el peso dramático del relato con la credibilidad de alguien que entiende cuándo el personaje requiere comedimiento y cuándo no. Sally es la hermana que quería ser normal —la que intentó construir una vida sin magia, sin el apellido que en el pueblo donde creció funciona como sinónimo de maldición— y Bullock hace que ese deseo tenga consecuencias emocionales reales antes que como premisa argumental conveniente. Nicole Kidman como Gillian es lo contrario: el caos, el exceso, la vida vivida sin red, y Kidman la interpreta con la convicción de que ese tipo de personaje no necesita ser disculpado ni explicado sino simplemente habitado. La química entre las dos funciona no porque el guion la construya con mucho cuidado —hay momentos en que el guion no las cuida todo lo que debería— sino porque las dos actrices saben qué tienen entre manos y deciden usarlo. Aidan Quinn como el investigador que investiga la desaparición de Jimmy Angelov y termina enamorándose de Sally es funcional y correcto: no es el punto débil de la película, pero tampoco es el motivo por el que alguien la vuelve a ver.

Dunne, Silvestri y la incoherencia tonal que es también la honestidad del material
El problema que la crítica del momento identificó en Practical Magic —su incapacidad para mantenerse en un solo registro— es real pero merece matices. Griffin Dunne llegó al proyecto con la intención de hacer una película más oscura: la trama del novio abusivo, el cuerpo en el jardín, la posesión que sigue a la muerte de Jimmy Angelov, son elementos que en otra versión de esta historia habrían tenido más peso y más consecuencias de las que la película finalmente les da. La intervención del estudio suavizó esos ángulos hasta un punto que el propio Dunne ha descrito como insatisfactorio, y hay momentos —en particular todo lo que rodea al personaje de Goran Višnjić como Jimmy— donde se nota la tensión entre lo que el material pedía y lo que se decidió dar. Dunne ha expresado interés en un montaje del director que nunca ha llegado, y hay razones para creer que ese montaje sería una película distinta en tono y en consecuencias.

Lo que sobrevive a ese proceso es Andrew Dunn en la fotografía, que construye una paleta de interiores cálidos y atmósferas otoñales que hacen de la casa de las Owens en San Juan Island un lugar que existe con la misma solidez que cualquiera de sus personajes: tiene historia en cada rincón, tiene el color específico de los espacios que llevan décadas siendo habitados por personas que se niegan a decorar como todo el mundo. Alan Silvestri compuso la banda sonora de la versión teatral —sustituyendo una partitura original de Michael Nyman que quedó descartada y que habría dado a la película un sonido completamente distinto— y la diferencia entre lo que la película suena y lo que pudo sonar es un contrafactual interesante que nadie puede resolver del todo. Lo que Silvestri entregó funciona dentro de los parámetros del género comercial de la época. Lo que Nyman habría entregado es una pregunta abierta.

El culto, la maldición Owens y lo que la película decía que el mercado de 1998 no quería escuchar
Practical Magic terminó recaudando algo más de lo que costó producirla, que en términos de Hollywood es la definición más exacta de fracaso que no es un desastre. Luego pasaron los años y pasaron las plataformas y pasaron las generaciones que la descubrieron sin el peso de las expectativas del estreno, y el resultado fue el de siempre en estos casos: la película encontró a su gente, y su gente era bastante más numerosa de lo que el fin de semana inaugural había sugerido.

La explicación más honesta de ese recorrido tiene que ver con lo que Practical Magic ponía en el centro en 1998 sin disculparse demasiado: no la historia de amor, que está y funciona pero no es el corazón del asunto, sino la comunidad de mujeres que al final del film se reúne en el jardín de las Owens para exorcizar al muerto que se niega a quedarse quieto. Hay algo en esa imagen —vecinas que durante toda la película han mirado a las hermanas con desconfianza y miedo eligiendo ayudarlas en el momento en que nadie más puede— que el cine de género de los noventa no sabía exactamente cómo manejar sin convertirlo en lección o en espectáculo. Dunne lo deja ser las dos cosas a la vez, lo que es probablemente la decisión más inteligente de la película y la que menos crédito recibió en su momento. Alice Hoffman había construido en la novela original una historia sobre la rareza como forma de pertenencia, sobre las familias que se construyen fuera de lo que el entorno espera. La película no llega tan lejos como el libro, pero llega más lejos de lo que los números de su estreno sugieren. La secuela que llega ahora lo confirma de la manera más concreta posible: no se hacen continuaciones de los fracasos. Se hacen de las cosas que sobrevivieron.





