‘Mayday’, Branagh roba el avión y Reynolds pilota en automático
John Francis Daley y Jonathan M. Goldstein llegaron a Mayday con un currículum que prometía exactamente lo que la película necesitaba: Game Night (2018) demostró que sabían manejar el tono de la comedia de acción sin que ninguno de los dos géneros se canibalice al otro, y Dungeons & Dragons: Honor Among Thieves (2023) confirmó que podían sostener una producción grande sin perder el sentido del humor en el camino. El material que les llega aquí tiene la misma arquitectura: un piloto estadounidense derribado en 1987 sobre territorio soviético mientras vuela un SR-71 Blackbird en misión clasificada, un ex agente de la KGB que aparece en la selva rusa ofreciéndole ayuda a cambio de un pasaje de salida, y la premisa de la pareja despareja obligada a cooperar que el cine de los ochenta estableció como fórmula y esta película reivindica con autoparodia deliberada. La pregunta al salir de los 111 minutos que dura Mayday —disponible en Apple TV+ desde este 4 de septiembre— no es si la fórmula funciona. Es si los dos actores que la sostienen están trabajando con el mismo nivel de convicción.

Lo que la pareja da y lo que uno de los dos le sustrae
La película necesita que Troy Kelly y Nikolai Ustinov funcionen como unidad narrativa para que el resto tenga sentido, y durante el primer acto esa unidad se establece con una eficiencia que parece prometedora. La lógica del choque es buena: el piloto americano hipercompetente que nunca ha tenido que confiar en nadie con la vida, el ex agente soviético cuya utilidad para el sistema que lo creó expiró hace años y que ha pasado la última parte de su carrera anestesiado por una rutina burocrática. El guion de los propios Daley y Goldstein les da a ambos suficiente material de presentación para que la fricción sea legítima antes de que empiece la cooperación.

El problema es que Ryan Reynolds no pilota a Troy Kelly. Ryan Reynolds pilota a Ryan Reynolds dentro de un traje de piloto de la Fuerza Aérea de 1987. El timing del chiste, el quiebre de la cuarta pared implícita, el sarcasmo que funciona como mecanismo de distancia emocional con el personaje: todo lo que ha convertido a Reynolds en una de las estrellas más reconocibles del streaming de los últimos diez años está aquí presente con la misma configuración que en sus entregas anteriores. No es que el trabajo sea malo —la maquinaria Reynolds tiene una fiabilidad que resulta tranquilizadora cuando el guion pide comedia verbal rápida— sino que su presencia no sorprende en ningún momento. Troy Kelly no existe como personaje separado de la persona que lo está interpretando, y eso tiene un coste en la segunda hora, cuando la película necesita que algo más que el humor sostenga la acción.

Branagh, y la revelación que nadie se esperaba
Kenneth Branagh tiene setenta y cinco años, una carrera shakespeariana que lo sitúa entre los actores teatrales más aclamados de su generación, y en Mayday hace algo que probablemente nadie en el departamento de casting anticipó del todo: se convierte en el corazón cómico de la película y lo hace sin que en ningún momento parezca que está bajando a hacer algo por debajo de su nivel. Nikolai Ustinov es un personaje construido sobre la paradoja del competente en el terreno equivocado —un hombre perfectamente entrenado para un mundo que ya no existe—, y Branagh lo trabaja desde la física antes que desde el texto.

La comedía de Branagh en Mayday es de cuerpo, no de línea. Hay algo en la manera en que Nikolai se mueve —la precisión casi mecánica de un hombre que aprendió a comportarse a través del manual y que aplica esa misma metodología a situaciones para las que el manual no existe— que genera más carcajadas que cualquier remate verbal del guion. La escena en la que descubre ciertos aspectos de la cultura norteamericana que nunca había tenido oportunidad de experimentar funciona no porque el gag sea especialmente original sino porque Branagh le pone una gravedad absoluta, una seriedad de agente en misión, que convierte lo absurdo en algo genuinamente gracioso. Cuando la película le permite también construir el vínculo emocional con su hija —Maria Bakalova en un papel que el guion no le da el espacio que merece—, Branagh añade una capa de peso que el resto del film no siempre sabe sostener.

Lo que Branagh hace en Mayday no es la actuación del año. Es, sin embargo, la demostración de que un actor que viene del Shakespeare y la épica de Hollywood puede encontrar su sitio natural en la comedia de acción cuando el personaje tiene suficiente arquitectura interior para que la comedia emerja de la persona y no del chiste.

Daley y Goldstein, y el límite de lo seguro
El diagnóstico que mejor resume lo que les ocurre a los dos directores en Mayday no tiene que ver con lo que hacen mal sino con lo que no se atreven a hacer bien. La película tiene todos los materiales para ser más loca de lo que es: el escenario de la Guerra Fría con sus excesos de propaganda, el SR-71 como objeto de deseo fetichista para cualquier aficionado a la aviación, la química de una pareja de actores que podría sostener mucho más peso cómico del que el guion les da, y un antagonista soviético —Alexander Volkov, interpretado por Marcin Dorociński— que el film convierte en funcional cuando podría haber sido memorable. Daley y Goldstein coreografían con precisión pero no hacen gritar a sus escenas cuando deberían hacerlas gritar.

El segundo acto acusa ese exceso de prudencia. La película mantiene el tono pero pierde la tensión, y algunos de sus mecanismos narrativos —incluyendo una aparición de cameo que tiene la textura exacta de algo que alguien firmó en un contrato que no tenía nada que ver con la película en sí— se resuelven con una corrección que no es lo mismo que una solución. La acción del tercer acto depende de una construcción digital que el presupuesto no termina de sostener, y ese desajuste entre la escala a la que el guion apunta y los medios con los que la imagen lo ejecuta es el problema más visible de la recta final.

Mayday es una película que existe en el espacio entre lo que podría haber sido y lo razonablemente correcto que es. Su Reynolds es el de siempre. Su Branagh es una sorpresa real. Sus directores saben exactamente hasta dónde quieren llegar y no superan esa línea ni un centímetro. El resultado es la clase de entretenimiento que Apple TV+ produce con considerable soltura: elegante, accesible, sin asperezas, y con una vida útil aproximada de dos semanas en la memoria del espectador que no está especialmente interesado en agrandarla.





