El cerebro de Charles Xavier es el arma del Cráneo Rojo.: ‘Uncanny Avengers vol. 1: The Red Shadow’

Uncanny Avengers llegó en octubre de 2012 como la punta de lanza de Marvel NOW!, la operación de relanzamiento editorial con la que la compañía respondía a lo que DC Comics había conseguido un año antes con los Nuevos 52. La elección de Rick Remender para escribir la serie más ambiciosa del lanzamiento no era sorprendente para quien hubiera seguido su trabajo previo en el sello —Uncanny X-Force había sido la serie de mutantes más oscura y mejor construida del catálogo en años—, pero sí era una señal clara de qué tipo de cómic pretendía ser este. La premisa era estructuralmente simple y narrativamente exigente: después de la guerra civil entre Avengers y X-Men que el crossover AvX había dejado como herencia, el Capitán América crea la División de la Unidad, un equipo mixto de Vengadores y X-Men pensado para demostrar que ambas comunidades pueden trabajar juntas. Al frente del equipo, no un veterano Vengador sino Alex Summers —Havok, hermano de Cíclope, uno de los pocos mutantes que salió de AvX sin sangre en las manos— como gesto deliberadamente simbólico de que esto no es una absorción sino una coalición. El volumen recoge los cinco primeros números, confirma a Remender como el escritor más interesante que la etiqueta Marvel NOW! tenía disponible, y también confirma algo que la crítica apuntó desde el principio: el arco del Cráneo Rojo es una idea que habría funcionado mejor en tres números que en cinco.

El cerebro de Xavier

El movimiento más audaz que Remender hace en este volumen no ocurre en el primer número sino en el segundo: el Cráneo Rojo, resucitado de los años cuarenta mediante experimentos nazis de criopreservación, exhuma el cadáver del Profesor Xavier —recién fallecido durante los eventos de AvX— y le extrae el cerebro para implantárselo. El resultado es un Cráneo Rojo con poderes telepáticos completos, la herramienta más eficiente posible para su proyecto de exterminio mutante: no tiene que convencer a nadie de odiar a los mutantes si puede forzar directamente esa emoción a escala masiva a través de los S-Men, su célula de operativos. Es una idea que funciona en varios registros simultáneamente —el horror de profanar el legado del personaje más asociado con la esperanza en el universo X-Men, la lógica narrativa perversa de construir el arma contra los mutantes desde sus propias capacidades— y que el volumen no termina de explotar al máximo porque los cuatro primeros números se dilatan más de lo necesario. El problema estructural no es que el argumento sea débil: es que hay demasiado espacio entre la premisa y su resolución, y los números dos y tres en particular tienen la sensación de escenas que ocupan posiciones en el tablero más que de momentos con peso propio. El quinto número, donde el foco se desplaza a las dinámicas internas del equipo con el Cráneo Rojo temporalmente fuera de plano, resulta ser el más sólido del conjunto precisamente porque deja de intentar hacer avanzar el arco a toda costa y empieza a construir los personajes que ese arco necesita para funcionar.

Cassaday, Coipel, y lo que el ojo tiene

John Cassaday en los cuatro primeros números y Olivier Coipel en el quinto: el reparto artístico del volumen es, sobre el papel, una garantía, y en la práctica lo es. Cassaday —que había definido el referente visual de los X-Men durante casi una década con Astonishing X-Men— aporta aquí la misma claridad de línea y el mismo sentido de la composición cinematográfica que hacen sus páginas legibles a velocidades que el cómic de superhéroes raramente permite. Laura Martin al color mantiene la coherencia del tono a lo largo de los cinco números con una paleta que sabe cuándo tiene que ser cálida y cuándo tiene que funcionar como señal de alarma. El cambio a Coipel en el quinto número es, contra lo que podría esperarse de una sustitución de urgencia, prácticamente imperceptible en términos de calidad: Coipel llega con un estilo algo más expresivo y dinámico, y el contraste con los cuatro números anteriores funciona más como variación que como ruptura. Lo que el volumen tiene en términos visuales es consistente y a veces excepcional. Lo que le falta en términos de escritura —las cajas de narración de Remender, excesivas y a veces redundantes con lo que el dibujo ya está mostrando, un tic que venía de Uncanny X-Force y que aquí resulta más evidente porque la historia es menos densa— no encuentra solución en el arte sino que convive con él en incómoda tensión.

La División de la Unidad y lo que este volumen promete

La mejor decisión de Remender en este primer volumen no es la del Cráneo Rojo: es la de los emparejamientos dentro del equipo. Rogue y la Bruja Escarlata comparten una historia de culpabilidad mutua que el guion no necesita explicar porque los lectores de X-Men y de los Vengadores ya la conocen; poner a las dos en el mismo equipo y dejar que esa tensión respire en los márgenes del argumento principal es exactamente el tipo de trabajo de construcción de largo plazo que distingue a los escritores que piensan en series de los que piensan en arcos. El Capitán América dudando de su propia decisión de nombrar a Havok líder en cuanto la situación se complica, Thor funcionando como el personaje más fiable del conjunto precisamente porque no arrastra historia con los mutantes, Wolverine como la figura que puede pertenecer a los dos bandos y no termina de pertenecer del todo a ninguno: son los hilos que el volumen instala y que el resto de la etapa de Remender irá tirando. The Red Shadow es, en ese sentido, más fundación que historia completa, más un argumento de que esta serie puede existir que una demostración de todo lo que puede llegar a ser. Que esa demostración llegue en los volúmenes siguientes es información que este primer tomo no tiene acceso a dar. Lo que sí puede dar, y da, es una razón para querer llegar hasta allí.