Frank Castle quería una vida tranquila y le duró un episodio: The Punisher, segunda temporada

Jon Bernthal está en las dos películas más taquilleras del verano de 2026. En La Odisea de Nolan interpreta a un guerrero de la Antigüedad. En Spider-Man: Brand New Day recupera a Frank Castle —el Punisher— casi diez años después de haberlo estrenado en Netflix, con el maquillaje, el chaleco y la misma economía de gestos que convirtió al personaje en algo más que un superhéroe de segunda fila. Y en mayo Disney+ estrenó One Last Kill, el especial de una hora escrito y producido por el propio Bernthal y dirigido por Reinaldo Marcus Green, que cierra —o intenta cerrar— el ciclo del vigilante más violento del MCU con Ma Gnucci como antagonista y las alucinaciones de Karen Page y Curtis Hoyle como conciencia. Todo ese ruido hace que sea un buen momento para volver a donde se dejó el personaje la última vez que tuvo un arco propio: la segunda temporada de la serie de Netflix, estrenada en enero de 2019 y cancelada exactamente un mes después, antes de que nadie hubiese terminado de procesar lo que había pasado.

Frank Castle y la paz que nunca iba a funcionar

La temporada empieza con Frank Castle conduciendo por carreteras secundarias del Midwest, sin traje, sin calavera, sin misión. Entra en un bar, conoce a una camarera, baila. El plano podría ser el de cualquier drama de carretera norteamericano. Dura exactamente lo que tiene que durar para que el espectador entienda que esto no va a funcionar: lo suficiente para creerlo, lo bastante poco para no confundirlo con el argumento. Cuando Amy Bendix —una adolescente traficante de fotografías comprometedoras que comprometen al hijo de una familia de poder conservador— irrumpe en esa secuencia de aparente normalidad, la temporada encuentra su estructura y su corazón emocional al mismo tiempo.

La dinámica entre Frank y Amy es lo más interesante que la segunda temporada añade al universo del personaje. No es la relación entre iguales ni entre mentor y alumno exactamente: es la relación entre alguien que lleva demasiado tiempo solo y alguien que no ha tenido tiempo de aprender a no estarlo. Giorgia Whigham construye a Amy con una mezcla de descaro y fragilidad que funciona como contrapeso perfecto al mutismo habitual de Frank, y los mejores episodios de la temporada —sobre todo «Flustercluck», el noveno, cuando Amy mata por primera vez y la cámara se queda en su cara el tiempo que necesita— son los que usan esa relación para decir algo sobre por qué Frank Castle hace lo que hace. No por venganza, no por justica abstracta. Por la incapacidad de quedarse quieto cuando alguien necesita que alguien no se quede quieto.

Bernthal no ha mejorado desde la primera temporada porque no había margen de mejora. Lo que ha afinado es la economía: menos, con más peso. Hay una escena hacia el final en la que Frank visita la tumba de su familia y la cámara le da suficiente tiempo para que ocurra algo en su cara. Lo que ocurre no es que llore ni que se quiebre. Es que decide. Eso, bien filmado, es más que la mayoría de los arcos de personaje que la televisión de superhéroes produce en temporadas enteras.

Dos villanos que comparten pantalla sin llegar a hablar

El problema estructural de la segunda temporada es que tiene dos historias corriendo en paralelo durante casi toda su duración y solo las junta en el tramo final, cuando ya es tarde para que la suma dé algo mayor que cada una de sus partes. El arco de Billy Russo/Jigsaw y el arco de John Pilgrim son thrillers de registro completamente distinto que comparten protagonista y poco más hasta el episodio nueve o diez.

El de Pilgrim es el más interesante. Josh Stewart interpreta a un hombre que intentó dejar atrás su pasado como supremacista blanco, encontró la fe como sustituto y descubrió que la fe tampoco era suficiente para sacarlo de la violencia, solo para cambiar quién le decía que la ejerciera. Los Schultz —una pareja de millonarios conservadores que lo usan como herramienta— son exactamente el tipo de titiriteros que la serie quería retratar desde la primera temporada cuando intentaba hablar de cómo el poder usa a los hombres entrenados para matar: los abandona, los recicla o los dirige, según convenga. Pilgrim como personaje es un espejo de Frank Castle en negativo: los dos son máquinas de violencia que alguien más diseñó, los dos han intentado parar, los dos no pueden. La diferencia es que Frank sabe para quién trabaja. Pilgrim lleva temporadas sin saberlo.

El de Russo es más complicado. Ben Barnes hace un trabajo notable con el material que tiene, que no es poco: un hombre con el rostro marcado por Frank, con una amnesia que se va deshaciendo en capas, con una terapeuta —Krista Dumont, interpretada con frialdad calculada por Floriana Lima— que lo ama y lo usa al mismo tiempo. El problema no es la actuación. Es que la temporada dedica demasiado tiempo a hacer simpático a alguien que la temporada anterior había establecido como un traidor sin redención posible. La lógica narrativa invierte demasiada energía en justificar a Russo, en rodear su crueldad de contexto psicológico, y el resultado es que cuando Frank finalmente lo mata en la sala de reunión del grupo de apoyo de Curtis, el alivio es más administrativo que catártico. Deberían haberle dado menos episodios de hospital y más minutos de amenaza real.

Trece episodios para doce

La segunda temporada de The Punisher tiene el problema que afectaba a casi todas las series Marvel-Netflix en su último período: un episodio de más que nadie tuvo el valor de cortar. La sección central —del cuarto al octavo— acusa el estiramiento. Los dos arcos narrativos se desarrollan por separado sin que ninguno avance lo suficiente, y la sensación de que la trama está esperando que llegue el tercer acto para ponerse en marcha es difícil de sacudir.

Lo que lo salva es que cuando la temporada funciona, funciona de forma absoluta. El episodio uno —»Roadhouse Blues»— es una pieza de acción construida con la misma energía que el mejor cine de acción de los noventa: la pelea en el baño del bar tiene una coreografía de contacto físico real que ningún CGI del MCU ha igualado en comodidad. El episodio trece —»The Whirlwind»— cierra con la batalla en el desguace entre Frank y Pilgrim y luego con el plano final de Frank entrando a una reunión de bandas con el chaleco puesto y la decisión tomada. «Ya tengo trabajo», le dice a la CIA. Que ese sea el final de una temporada que empezó con Frank bailando en un bar del Midwest no es ironía: es coherencia.

La cancelación llegó en febrero, antes de que nadie esperase que llegase. La segunda temporada fue la serie de streaming más vista de la semana de su estreno en Estados Unidos. No importó. El negocio entre Marvel y Netflix estaba llegando a su fin de todas formas, y ningún dato de audiencia iba a cambiar eso. Lo que dejó la cancelación fue un arco de personaje abierto que tardó seis años en cerrarse, primero en Daredevil: Born Again, luego en One Last Kill, y ahora en la pantalla grande con Destin Daniel Cretton y un traje de superhéroe que lleva dos décadas siendo el mismo. Que Frank Castle haya tardado todo ese tiempo en encontrar su siguiente misión dice algo sobre el personaje: que no va a ninguna parte porque no tiene a dónde ir, solo a dónde que alguien lo necesite.