Había una tormenta antes que Asgard: Immortal Thor Vol. 1: All Weathers Turn to Storm
El Thor de los cómics Marvel lleva décadas en la intersección incómoda entre el superhéroe de la Tierra y el dios nórdico del trueno: lo suficientemente humano para tener una cita con Jane Foster, lo suficientemente divino para enfrentarse a Galactus. Al Ewing —el escritor que en Immortal Hulk convirtió a Bruce Banner en un estudio del horror cósmico y la identidad fragmentada— aborda ahora esa tensión desde el extremo opuesto: no el Vengador que participa en eventos crossover, sino el ser mítico que existía antes de que existiera la palabra «superhéroe». Immortal Thor Vol. 1: All Weathers Turn to Storm recoge los cinco primeros números de la cabecera lanzada en 2023 y los organiza alrededor de una única pregunta: ¿qué ocurre cuando aparece algo más antiguo que Asgard y reclama que la tormenta le pertenece? Ese algo es Toranos, el Utgard-Thor, un dios-tormenta primordial que afirma ser el original del que el hijo de Odín es apenas una copia. Loki funciona como contrapeso narrativo. El artista Martín Cóccolo dibuja todo con la ambición de quien entiende que esta es la clase de historia que exige páginas que parezcan esculturas. Y la voz narradora de Ewing —que describe a Thor en tercera persona como si estuviera recitando una saga medieval— establece desde la primera viñeta que esto no es un tebeo de acción con pretensiones mitológicas, sino al revés.

El idioma del mito: cómo se escribe un dios como si lo fuera
La decisión formal más importante de la serie no es ningún giro de trama sino la voz narradora. «Él es Thor. Y esta es su historia.» La frase que abre el número inaugural y regresa como una incantación a lo largo del arco no es una concesión al clasicismo: es una declaración de intenciones sobre en qué registro va a operar todo lo que viene a continuación. Ewing no escribe a Thor desde dentro de su cabeza sino desde la distancia épica del narrador omnisciente de las sagas nórdicas, lo cual tiene una consecuencia técnica decisiva: el lector no sigue al personaje, observa al personaje, y eso cambia el tipo de grandeza que el material puede alcanzar. Dentro de esa arquitectura narrativa, el escritor construye un Thor que resuelve los problemas con inteligencia antes que con la maza —el número tres, enteramente dedicado a un acertijo que Loki le tiende, es el ejemplo más evidente, aunque también el más arriesgado: un capítulo entero sin acción que depende de que el lector encuentre suficiente tensión dramática en una batalla de ingenio—, que busca la compañía de los humanos de Midgard como fuente de significado, y que ante Toranos no puede simplemente golpear más fuerte. El arco establece, en sus cinco números, una versión del personaje que lleva décadas sin aparecer en Marvel con esta coherencia: la del dios que entiende que ser inmortal no es una ventaja sino una responsabilidad que se renueva constantemente.

Cóccolo, Wilson y la doble temperatura visual del arco
Martín Cóccolo y el colorista Matthew Wilson tienen que resolver un problema que el guion les impone sin pedirles permiso: el arco vive simultáneamente en dos registros visuales que no tienen nada en común. El Midgard de Thor —las calles de Nueva York, los momentos humanos, la escala cotidiana— y el espacio mítico donde Toranos existe son mundos con gramáticas visuales distintas, y el equipo artístico los trata como tales. Wilson calibra la temperatura de color con una precisión que hace el trabajo que en otro cómic haría el diálogo: las páginas de Midgard respiran con paletas terrosas y luz natural; las secuencias cósmicas se abren en azules y negros absolutos cruzados por los efectos de relámpago que Cóccolo y Wilson han convertido en la firma visual del título. La introducción de Toranos en el número uno —una doble página que varios críticos calificaron de la mejor viñeta de apertura de un villano en la historia reciente de Marvel— es el momento en que el equipo demuestra que está a la altura del material: una figura oscura y primordial, de una escala que el ojo tarda en procesar, cuya presencia contamina el aire de la página antes de que el guion explique quién es. Cóccolo también trabaja con una expresividad de personaje que el arco exige especialmente en Loki: el hermano adoptivo de Thor transita en cinco números por varios estados emocionales que el dibujante captura con la precisión de quien entiende que en este cómic la cara de Loki tiene que hacer la mitad del trabajo que el diálogo no puede hacer sin sonar a exposición.

Toranos y los límites de un arco que abre más puertas de las que cierra
La queja más coherente que el primer arco recibe es también la más justa: Toranos no termina de estar a la altura de su introducción. El Utgard-Thor llega al número uno como la amenaza más interesante que ha tenido Thor en años —algo que le precede, que reclama tener más legitimidad mitológica que él, que no puede resolverse a golpes— y en los números siguientes se convierte fundamentalmente en una presencia que lanza amenazas y sacude su rueda cósmica sin que el guion le dé ocasión de demostrar profundidad más allá de la intimidación visual. La resolución que Ewing diseña para el número cinco es ingeniosa —Thor usa la regla de los sesenta segundos de Mjolnir para multiplicar los impactos sobre el dios primordial hasta que la escala cambie— pero deja la sensación de que el villano fue concebido como marco para la exploración del protagonista antes que como personaje con peso propio. Eso es un déficit real, aunque también es coherente con la lógica de la serie: Toranos importa menos como antagonista que como pregunta. ¿Puede un dios que lleva siglos siendo también un superhéroe enfrentarse a algo que existía antes de que el concepto de dios tal como él lo entiende tuviera nombre? Los cinco números responden esa pregunta con suficiente solidez. Lo que Toranos no es —un villano memorable por derecho propio— no destruye lo que sí es: el instrumento con el que Ewing calibra hasta dónde llega la nueva versión de Thor que está construyendo.

Immortal Thor Vol. 1: All Weathers Turn to Storm es un inicio de colección que sabe exactamente lo que quiere ser y tiene el talento para llegar casi hasta donde se propone. Al Ewing toma el personaje más difícil de elevar sin hacerlo ridículo —un dios rubio con capa que trabaja con los Vengadores— y lo devuelve al territorio donde siempre tuvo más potencial: el de la saga épica, la responsabilidad imposible y la pregunta sin respuesta fácil sobre qué significa la inmortalidad cuando el mundo que te necesita cambia más deprisa que tú. Cóccolo y Wilson le dan el cuerpo visual que ese proyecto merece. El primer arco no es perfecto, pero establece con una claridad infrecuente que esta serie tiene algo que decir. Lo que venga a continuación parte de una base que pocos lanzamientos recientes de Marvel han conseguido construir tan pronto.





