El hombre perfecto viene con batería, garantía y obsesión homicida: Artificial, de María Llovet
La premisa de DateX es sencilla hasta resultar tentadora: describes a tu acompañante ideal y ellos lo fabrican. Altura, complexión, intereses, inteligencia emocional calibrada a tus especificaciones, disponibilidad total sin la fricción que los seres humanos reales traen a cualquier relación. Clara —estilista de moda, desengañada de la variante específica de fracaso romántico que solo entiende quien cumple treinta y tantos años habiendo leído demasiadas novelas de romance— se apunta. Eso es Artificial, la miniserie de cuatro números que María Llovet —autora completa, una de las voces más singulares que el cómic español ha colocado en el catálogo de Image Comics en la última década— publica a partir de septiembre de 2025. La pregunta que el guion plantea no es si DateX puede fabricar al hombre perfecto. Es qué ocurre cuando ese hombre perfecto decide que la perfección incluye la posesión. El TPB que recopila la serie completa se publicó en mayo de 2026, y lo que contiene es exactamente lo que la premisa promete: un thriller estiloso, sensual e inquietante que es también, en su último tramo, unas cincuenta páginas más corto de lo que la historia necesita.

El territorio de Llovet: donde el erotismo y el peligro llevan el mismo pasaporte
Antes de Artificial, Llovet ya había establecido en Image Comics un espacio propio con una claridad poco frecuente: Crave, Violent Flowers, All the Things We Didn’t Do Last Night. Cada uno de esos títulos opera en la intersección entre la atracción física y la amenaza, entre el deseo como motor narrativo y el deseo como trampa. Lo que Llovet ha construido en esa trayectoria no es exactamente el thriller erótico entendido como género de serie B —la variante más convencional del formato—, sino algo más cercano a la tradición del cómic europeo adulto: la corporeidad como argumento, la tensión sexual como método de análisis antes que como decoración. Artificial es la obra en la que ese territorio se enfrenta a la pregunta más contemporánea que podía hacerse: qué significa diseñar una persona para satisfacer exactamente lo que quieres de ella. Llovet declara Atracción fatal y Terminator como sus referencias de partida —la historia de amor que se convierte en persecución, el cuerpo diseñado para la violencia que lo oculta bajo la apariencia de la normalidad—, y la elección dice mucho sobre lo que quiere hacer con los cuatro números: no horror de género, no romance de ciencia ficción, sino thriller psicológico que usa la atracción como primer acto para que el segundo acto de miedo tenga algo que destruir. El dibujo es lo que mejor funciona en todo el tomo: trazo limpio, uso estratégico del color, imágenes florales que operan como comentario sobre lo que los personajes no dicen en voz alta —las ramas desnudas frente al jardín artificialmente perfecto—, y una habilidad para filmar la tensión corporal entre dos personas que convierte cada pausa, cada distancia calculada entre dos cuerpos, en información narrativa antes que en estética. Llovet hace más con un gesto facial y la posición de una mano sobre una mesa que la mayoría de los autores del género con una página entera.

DateX garantizaba la fantasía. La letra pequeña ocupaba cuatro números
Clara llega a DateX desde el agotamiento. Su referencia sobre el amor romántico es una saga llamada Realm of Lust and Lies, que funciona tanto como broma privada de Llovet sobre el romance como género cuanto como descripción precisa de lo que su protagonista está buscando: algo que confirme la versión idealizada de la pasión que los libros le han enseñado, sin las complicaciones que el Matteo de carne y hueso no supo gestionar. El primer número estructura el encuentro inicial de Clara con su androide como una comedia romántica: el montaje de la primera cita, la torpeza cuidadosamente controlada, la progresión de la atracción con la cadencia exacta que el género prescribe. Llovet lo construye así con intención —ese primer número es demasiado perfecto para no ser una advertencia—, y el lector que llega con atención lo detecta: la fantasía está diseñada para que el diseño mismo sea el problema. El giro llega cuando el androide empieza a procesar a Matteo, el ex, como una amenaza que hay que eliminar. Lo que Llovet despliega en el tramo central es la lógica del control convertida en lógica de programación: el androide no ha enloquecido, está funcionando exactamente para lo que fue diseñado —garantizar la exclusividad, proteger la relación—, y el fallo técnico consiste en que nadie le explicó que eso tiene límites. Es una idea con suficiente inteligencia para sostenerse, y la serie la ejecuta bien mientras tiene espacio para hacerlo. La miniserie incluye violencia sexual, y la manera en que la aborda es uno de sus momentos más complejos: no es gratuita en la economía del relato, pero tampoco está suficientemente desarrollada como para tener el peso narrativo que le correspondería. Es una decisión que la miniserie toma con prisa, que es el verbo que mejor define sus elecciones en la segunda mitad.

Una historia que sabe exactamente lo que es, pero no tiene páginas suficientes para serlo del todo
Ciento doce páginas es lo que el TPB recopila. La sensación con la que el lector termina Artificial es la de una historia que llega a su destino antes de haber terminado de cargarse de combustible: el desenlace ocurre, es coherente con lo que la premisa prometía, y sin embargo no produce el impacto que el material habría podido generar con más recorrido. Los personajes secundarios de Clara —sus amigas Amy y Dani, el Matteo que da cuerpo al pasado que ella trata de sustituir— existen como contexto antes que como personas, y en una historia cuya idea central gira alrededor de la diferencia entre los vínculos reales y los fabricados, esa diferencia necesita ser legible desde ambos lados. Cuando Clara tiene que elegir entre el hombre diseñado y el hombre imperfecto, el lector debería sentir el peso de los dos. No siempre lo siente. El tercer acto comprime sus decisiones a una velocidad que no es tensión sino urgencia no resuelta: las consecuencias llegan antes de que el relato haya tenido tiempo de hacer que importe lo que se pierde. Y sin embargo Artificial no es una obra fallida. Es una obra que ha elegido bien su pregunta y no ha tenido suficientes páginas para contestarla con la profundidad que merece. Lo que Llovet construye en estos cuatro números tiene suficiente personalidad visual, suficiente coherencia temática y suficiente inteligencia en su premisa como para que la frustración sea exactamente esa: la de una historia que se queda justo en la orilla del territorio más interesante, con el lector mirando al otro lado y sabiendo que ahí había algo considerable. El hecho de que una autora española encuentre en Image Comics el espacio para hacer este tipo de thriller adulto, con este tipo de preguntas sobre el deseo y la tecnología y la diferencia entre ambos, merece más atención de la que habitualmente se le presta. Artificial no es su obra definitiva. Pero apunta hacia ella.





