Un padre que enseñó a matar, una madre que tampoco tenía elección: Batgirl Vol. 2: Bloodlines

Cassandra Cain no aprendió a leer ni a hablar: la criaron sin lenguaje, deliberadamente, para que su cuerpo leyera el combate como otros leen libros. Su padre, David Cain, la diseñó como arma viviente desde el primer aliento. Su madre, Lady Shiva, una de las mejores combatientes del planeta, tenía su propia historia de trauma que explicaba —sin justificar— por qué alguien puede hacer algo así con un hijo. Cassandra escapó de esa herencia, se convirtió en Batgirl y lleva dos volúmenes de la serie de Tate Brombal intentando procesar de dónde viene sin que eso defina adónde va. Batgirl Vol. 2: Bloodlines recoge los números 7 al 11 de la cabecera iniciada en 2024 y se divide en dos movimientos: «El libro de Shiva», que excava el pasado de la madre con el artista invitado Isaac Goodhart tomando el relevo; y «Los Tres Sables», que vuelve al presente con Cassandra en el punto de mira de tres asesinos y a punto de descubrir que la familia que creía conocer tenía más ramas de las que nadie le había contado. Es un volumen con un arco de confianza inusual para una cabecera de superhéroes: el de quien se detiene a construir la cimentación antes de levantar las paredes.

El libro de Shiva: el riesgo de mirar hacia otro lado

La decisión más arriesgada del volumen es también su mayor acierto: los dos primeros números alejan la cámara de Cassandra para contar la historia de su madre. Shiva no nació asesina; fue Sandra Wu-San, y tenía una hermana llamada Carolyn, y había una vida posible antes de que David Cain interviniera. Brombal trabaja con los elementos del canon DC —Richard Dragon, Bronze Tiger, las Wu-San— con la precisión de quien sabe que el lector fidelizado notará cualquier descuido y que el lector nuevo necesita que la historia se sostenga sola. Lo consigue en ambas direcciones. Lo que Cain hace con la hermana de Shiva para convertirla en la asesina que necesita es lo suficientemente perturbador como para que, cuando Cassandra reflexiona sobre su propio origen, el espectador entienda en qué ecosistema de manipulación se gestó todo. «El libro de Shiva» transforma lo que podría haber sido un rodeo en el núcleo moral de la serie: si la madre no tenía más opciones que las que le fabricaron, ¿qué responsabilidad tiene la hija con una herencia que tampoco eligió?

Goodhart, Miyazawa y la gramática visual de dos eras

El volumen resuelve el problema de narrar dos líneas temporales distintas con una solución que parece obvia en retrospectiva y que tiene más mérito del que aparenta: artistas distintos para tiempos distintos. Isaac Goodhart, encargado de los flashbacks de Shiva, trabaja con una línea limpia y una paleta que evoca el cómic de los años ochenta —una elección tonal que no es nostalgia sino coherencia: esas páginas pertenecen a otro tiempo y quieren que el lector lo note en la textura antes de que el guion se lo explique. Mike Spicer, colorista en todo el volumen, calibra la temperatura de cada sección con suficiente criterio para que el cambio de artista nunca resulte en un bajón de ritmo. Cuando Takeshi Miyazawa retoma el control en «Los Tres Sables», su idioma —más dinámico, más próximo al manga de acción, con dobles páginas de combate que gestionan el movimiento con la conciencia de quien sabe exactamente para qué sirve el espacio de una viñeta— establece de inmediato que hemos vuelto al presente y que el presente es más rápido y más peligroso que el pasado.

Los Tres Sables y las deudas de un arco ambicioso

El regreso al presente trae consigo a los Tres Sables —tres asesinos enviados para eliminar a Batgirl— y la introducción de Jade Tiger, el hermano desconocido que Shiva crió en su rancho mientras Cassandra sobrevivía a su padre. La revelación tiene el peso que merece: Cassandra descubriendo que la familia que creía conocer tenía una rama que nadie le había mencionado es exactamente la clase de golpe emocional que esta serie sabe administrar. Sin embargo, el décimo número es el primero en que la ambición de Brombal supera ligeramente su ejecución: la resolución entre Cass y Jade Tiger llega con algo menos de trabajo del que necesita, y alguna decisión de acción en los antagonistas roza el exceso de convención shonen que la tonalidad del arco no había invitado a esperar. Son grietas pequeñas en un conjunto que las encaja sin demasiado daño, y el número once recupera el pulso emocional con suficiente solidez como para que el cierre del volumen sea más satisfactorio que el camino inmediatamente anterior a él.

Batgirl Vol. 2: Bloodlines consolida lo que el primer volumen prometía: que esta serie tiene algo que decir sobre Cassandra Cain que va más allá de ponerla a saltar tejados. Brombal entiende que el personaje es interesante precisamente porque su historia de origen es la más oscura del Bat-universo, y que esa oscuridad no es un obstáculo narrativo sino el material del que está hecha la serie. Miyazawa y Goodhart la dibujan como lo que es: alguien que lleva toda la vida decidiendo quién quiere ser en el espacio que le dejaron entre lo que la hicieron y lo que eligió. Ese espacio, en este volumen, se vuelve más complejo y más productivo que nunca.