Todavía hay siete razones para no rendirse del todo: el ranking de los mejores live-action de Disney
Disney lleva dos décadas convencida de que cualquier clásico de su catálogo aguanta el viaje de la animación a la realidad, y el mercado lleva dos décadas demostrándole que está parcialmente equivocada. El tropiezo de Blancanieves —ciento setenta millones de dólares en pérdidas, un estreno que pasará a los libros de contabilidad antes que a los de historia del cine— no ha detenido la maquinaria ni la detendrá: hay demasiado catálogo, demasiados mercados emergentes y demasiada nostalgia disponible para que la lógica corporativa imponga otra cosa. Pero dentro de esa producción masiva de fotocopias hay siete películas que hicieron algo más que replicar. Con Vaiana en cartelera como excusa, aquí están, en orden decreciente.

7. Aladdín (2019, Guy Ritchie)
La traslación de la Agrabah animada a los escenarios reales generó el escepticismo previsible, pero terminó funcionando por razones que no habrían sido fáciles de predecir. Guy Ritchie insufló su habitual ritmo sincopado a las secuencias de acción, y Will Smith optó por no imitar a Robin Williams —decisión que salva la película antes de que empiece— construyendo un Genio que habla en frecuencias de hip-hop y comedia física sin que ninguna de las dos resulte impostada. Mena Massoud y Naomi Scott sostienen la parte romántica con una química que el espectador agradece no tener que fingir. En sus números musicales a gran escala, la película alcanza exactamente lo que prometió: un espectáculo que respeta el espíritu del original sin quedarse paralizado ante él.

6. Maléfica (2014, Robert Stromberg)
El acierto de esta aproximación a La bella durmiente fue desplazar el punto de vista: no la princesa que duerme, sino la bruja que la maldice, con la suficiente curiosidad como para preguntar por qué. La estética oscura y sugerente de las Tierras Altas —mérito del diseñador de producción Robert Stromberg, que traslada su competencia visual al trabajo de director con resultados más que aceptables— le da a la película un cuerpo visual que habla con independencia del guion. El pilar central es Angelina Jolie, que ofrece la actuación de alguien que entiende exactamente lo que tiene en la mano: magnética, imponente, con los matices emocionales que el material necesita para que la fantasía gótica no se quede en ejercicio de estilo. Al no repetir la trama de 1959 punto por punto, la obra se sostiene sola como historia de trauma y redención.

5. La Bella y la Bestia (2017, Bill Condon)
La adaptación más fiel y la más cara, lo que en este caso no son cosas distintas. Bill Condon manejó la escala de un musical de estas dimensiones con el oficio de quien lleva décadas en el género, y el diseño de producción —obsesionado en recrear los escenarios franceses del siglo XVIII con una fidelidad casi arqueológica— hace un trabajo que ninguna pantalla hace del todo justicia. Emma Watson construye una Bella con la intelectualidad que el personaje siempre mereció y que la animación solo insinuaba; Dan Stevens, bajo capas de captura de movimiento, consigue que la Bestia sea creíble como presencia emocional además de visual. Luke Evans y Josh Gad roban escenas con una consistencia que el guion les facilita. El mérito principal: haber expandido el trasfondo de los protagonistas sin romper la esencia melódica del original.

4. Cruella (2021, Craig Gillespie)
La más ajena al tono habitual de la factoría, y también la más cómoda en su propia piel. Craig Gillespie imprime un montaje eléctrico y una banda sonora arrolladora que vertebran el ascenso de la villana de los dálmatas sin pedir permiso ni disculparse. La película vive o muere en el duelo entre Emma Stone —que devora la pantalla en su transformación de Estella a Cruella sin dejar que la una cancele a la otra— y Emma Thompson, implacable en la piel de quien encontró en la moda un lenguaje de poder antes que de estética. El diseño de vestuario y la narrativa de la industria textil se convierten en armas de combate moral: pocas veces una película de Disney ha hecho algo tan cinematográficamente honesto con su villanía.

3. El libro de la selva (2016, Jon Favreau)
La demostración más convincente de que las herramientas digitales pueden servir a una historia en lugar de sustituirla. Jon Favreau concibió un entorno fotorrealista que sostiene el peso dramático sin reclamar la atención para sí mismo —lo cual, en el estado del cine de efectos visuales en 2016, no era un mérito menor. Neel Sethi, único ser humano en pantalla, interactúa con animales generados por computadora con una credibilidad que habría destruido la película si no estuviera ahí. Bill Murray como Baloo, Ben Kingsley como Bagheera e Idris Elba como un Shere Khan genuinamente amenazador añaden el peso vocal que hace que los personajes funcionen como individuos y no solo como efectos. La cinta recupera el peligro real de la selva de Kipling que la animación de 1967 dulcificó con razón para su público; aquí hay sitio para ambas cosas.

2. La Sirenita (2023, Rob Marshall)
La película llegó con el peso de una polémica que tenía más que ver con el racismo de un sector del público que con cualquier argumento cinematográfico, y la demostró innecesaria en las primeras escenas. Rob Marshall dotó al fondo marino de una escala visual que, pese a los problemas que los entornos subacuáticos generan para la fotografía digital, sostiene los pasajes dramáticos con suficiente consistencia. El corazón de la película es Halle Bailey: su capacidad vocal y su expresividad construyen una Ariel que habita las canciones como si las hubiera escrito para ella misma. Melissa McCarthy como Úrsula es la otra gran razón para no abandonar la función, y Javier Bardem como el Rey Tritón añade gravedad donde el guion la necesita. El núcleo musical del original —algunas de las mejores canciones del catálogo Disney— sigue intacto y aquí demuestra que no lo estaba por casualidad.

1. Cenicienta (1997, Robert Iscove)
Producida para la televisión y rescatada por el tiempo como el clásico de culto que su presupuesto nunca habría predicho, esta Cenicienta de Robert Iscove encabeza la lista por razones que trascienden la nostalgia. Su reparto multirracial —Brandy como Cenicienta, Whitney Houston como el Hada Madrina, Whoopi Goldberg en el elenco— rompió barreras conceptuales con una naturalidad que hacía la ruptura más radical que cualquier declaración: no era diversidad como estrategia de estudio sino diversidad como punto de partida. La puesta en escena, deudora del teatro musical de Broadway en sus mejores momentos, tiene la honestidad artesanal de quien confía en los intérpretes antes que en los efectos. Ninguna recreación fotorrealista millonaria ha logrado desde entonces lo que esta película consiguió con sus limitaciones: magia genuina, sin comillas.





