Un putt fallado hace veinte años y Will Ferrell con las peores bermudas de Netflix: The Hawk

Lonnie «The Hawk» Hawkins lleva dos décadas cargando con el mismo putt. El golpe que no entró, el major que no ganó, la historia de un tipo que rozó la grandeza y lleva desde entonces mirando cómo se aleja. Cuando Henry, el caddy que lo acompañó durante toda su carrera, muere, Lonnie —Will Ferrell con las bermudas más estridentes que Netflix ha puesto delante de una cámara en lo que va de año— decide que es el momento de volver. No al tour de los grandes sino al circuito de desarrollo, al camino largo, a ganarse otra vez el derecho de competir en los escenarios donde lo perdió todo. The Hawk llega con una premisa que tiene más capas de las que el género suele permitirse —el duelo, la decadencia deportiva, la relación entre un jugador y el hombre que llevaba su bolsa—, un reparto que podría sostener algo mucho más ambicioso, y una ejecución que convierte todo ese potencial en diez episodios de comedia que funcionan mejor en momentos concretos que como conjunto. Es una serie que sabe perfectamente qué quiere ser y que nunca del todo llega a serlo.

El hombre que falló ese putt

Ferrell ha construido su carrera entera sobre versiones del mismo personaje: el tipo arrogante de buena voluntad torcida que necesita que el mundo le dé una lección que él mismo es incapaz de pedirle. Lonnie Hawkins entra en esa categoría sin demasiada fricción —narcisista, impulsivo, convencido de que el universo le debe algo— y el actor lo habita con la misma convicción física de siempre, con el mismo repertorio de gestos exagerados y estallidos de indignación que funcionan en un sketch y que aquí funcionan también, en las dosis correctas, cuando los guiones le dan material a la altura. El problema no es Ferrell sino la versión de Ferrell que The Hawk decide explorar: la del Lonnie reblandecido por el duelo, obligado a sentir cosas, que alterna la comedia de personaje con tramos emocionales que la serie no siempre sabe cómo pagar. Henry —el caddy cuya ausencia define toda la dinámica de la temporada, cuya presencia se siente en cada escena como un peso que Lonnie no sabe cómo soltar— es la mejor idea dramática de la serie y la más desperdiciada: su muerte importa menos de lo que debería porque el guion no invirtió suficientemente en su presencia antes de eliminarlo. La relación entre un jugador y quien lleva su bolsa es una de las más particulares del deporte profesional —intimidad táctica, dependencia mutua, años de silencio compartido bajo presión—, y The Hawk la enuncia sin llegar a explorarla de verdad. Cuando Ferrell está en su zona —físico, absurdo, convencido de que el golf es una guerra personal— la serie funciona. Cuando decide que Lonnie tiene que crecer como persona, el resultado es más irregular.

El caddy que la serie no merece

Fortune Feimster es la razón principal para ver The Hawk y también el argumento más claro contra el guion que le tocó. Sam —la nueva caddy de Lonnie, exaltada, con más ropa de chándal que criterio profesional— tiene exactamente la energía que la serie necesitaría en mayor cantidad: un contrapunto genuino al caos ordenado de Lonnie, alguien cuya presencia transforma las escenas en lugar de simplemente acompañarlas. Cuando Ferrell y Feimster comparten plano, la serie recuerda que podría haber sido otra cosa. El problema es que Sam tiene un arco emocional propio —un hilo de relaciones y ausencias que el guion introduce con promesas que no cumple— y que el resto del reparto recibe un tratamiento aún más esquemático. Molly Shannon, como Stacy, lleva suficiente energía destructiva para haber sido la antagonista perfecta de esta historia y en cambio queda reducida a una manipuladora preocupada casi exclusivamente por su marca de té helado. Chris Parnell construye un personaje que parece salido de una comedia de golf de los ochenta sin que la serie decida si eso es una parodia intencionada o simplemente un defecto de diseño. Luke Wilson aparece, hace cosas, y se va. Jimmy Tatro, como Lance el hijo, tiene material para explorar la dinámica entre el heredero que triunfó donde el padre fracasó, y el guion le da suficiente espacio para que el espectador se pregunte qué habría pasado si le hubiera dado el doble.

La sátira que no encuentra el fairway

La premisa de The Hawk —un golfista veterano que trata de volver en el momento en que el deporte vive su mayor convulsión institucional en décadas— lleva implícita una posibilidad que la serie elige no explorar: que la comedia diga algo sobre el deporte que describe. El contexto real del golf profesional, con su guerra de ligas y la batalla entre el tour establecido y las nuevas estructuras de dinero árabe, aparece en la serie como decorado y no como material. The Hawk sabe que el golf es gracioso —las bermudas, la seriedad afectada, los comentaristas, el silencio exigido al público como si cualquier ruido pudiera romper la frágil concentración de un millonario— pero no tiene mucho más que decir sobre él. El resultado es una comedia que debe su deuda más directa a clásicos del género sin añadir lo suficiente propio: la dinámica de pijos contra inadaptados está, el mentor perdido está, el comeback del personaje ridículo que resulta ser mejor de lo que parece está. Hay momentos de humor brillante —una línea sobre los daneses y sus perros que vale ella sola varios minutos de metraje— y hay tramos donde la serie parece convencida de que la repetición de chistes de doble sentido sobre bolas y hoyos constituye una estrategia cómica. Los diez episodios son demasiados para el material disponible: The Hawk es una idea de noventa minutos a la que alguien decidió darle cinco horas. David Gordon Green, al frente de varios episodios, le imprime una textura visual que la historia no termina de justificar —planos con ambición, movimientos de cámara que buscan algo que el guion no siempre ofrece—, lo que convierte a la serie en uno de esos raros casos en que la dirección es más interesante que lo que está dirigiendo.

The Hawk es la clase de serie que sale de Netflix con más talento del que entra en ella. Ferrell funciona en los momentos en que la comedia le deja ser Ferrell, Feimster es un hallazgo cada vez que tiene espacio para serlo, y el duelo de Lonnie por Henry tiene suficiente carga latente para que el espectador imagine la serie que habría podido ser. El problema es que imaginarla resulta más satisfactorio que verla: diez episodios de posibilidades a medias, humor desigual y un reparto que merece guiones más afilados. Que la temporada termine con suficientes hilos abiertos para que el espectador quiera saber qué pasa después es, probablemente, el mejor argumento a favor de The Hawk. También es la prueba de que la serie funciona mejor como promesa que como entrega.