Jean Smart en una montaña, Hannah Einbinder sin jerarquía: Hacks (tercera temporada)

La tercera temporada de Hacks arranca con un salto temporal que resuelve por adelantado la pregunta más incómoda que planteaba el final de la segunda: ¿cómo se sostiene esta serie si Deborah Vance y Ava Daniels han dejado de necesitarse mutuamente en los términos exactos que definían su relación? La respuesta que dan Lucia Aniello, Paul W. Downs y Jen Statsky —los creadores de la serie— es que la historia no se sostiene si se sostiene de la misma manera, y que la solución no es inventar un nuevo conflicto que las separe sino explorar lo que ocurre cuando dos personas que empezaron en una jerarquía evidente descubren que ya no la necesitan. Deborah tiene la oportunidad de conseguir lo que le arrebataron hace décadas: su propio programa de late night. Ava, que ha pasado el tiempo entre temporadas escribiendo para una serie en Los Ángeles, vuelve a la órbita de su mentora como colaboradora, no como empleada. Nueve episodios (emitidos en Max a lo largo de mayo de 2024 con el ritmo de dos semanales que la plataforma ha adoptado como norma) después, la temporada se ha ganado el Emmys a mejor comedia y el de mejor actriz principal para Smart, y la lectura de esos premios no es ceremonial: son la consecuencia lógica de una serie que en su tercera entrega ha decidido ser lo que siempre prometió ser.

El late night como terreno y lo que el cambio de escenario le da a la serie

Las dos primeras temporadas de Hacks usaban Las Vegas como entorno: la residencia de Deborah en el Palmetto Casino como microcosmos de una cierta idea del entretenimiento americano, nostálgico y autosuficiente y ligeramente fuera del mundo. El late night televisivo que ocupa el centro de la tercera temporada es exactamente lo contrario: un espacio de máxima visibilidad, históricamente masculino y hostil a las mujeres de más de cuarenta años que no encajan en el tipo de comedia que el medio lleva décadas codificando como neutral. Que Deborah Vance quiera ese trono —que lo haya querido toda su carrera y que alguien se lo quitara hace treinta años— convierte la aspiración de la temporada en algo más que una trama profesional: es la articulación más directa que la serie ha hecho hasta ahora de su propia razón de existir. Hacks ha sido siempre, entre otras cosas, una serie sobre lo que el mundo del espectáculo le cobra a las mujeres que se niegan a desaparecer cuando el sistema sugiere que ya deberían haberlo hecho; en la tercera temporada esa idea deja de ser subtexto. El late night como battlefield no es una metáfora que la serie deba explicar: es el escenario más honesto que podría haber elegido. Y da, además, más espacio que el Palmetto a personajes secundarios que en temporadas anteriores operaban en los márgenes: Jimmy y Kayla, los agentes cuya dinámica había funcionado como contrapunto cómico, se integran por primera vez en el arco principal con una utilidad narrativa que en temporadas anteriores se les negaba.

Smart con nueva humildad y lo que el personaje gana al perder la coraza

La Deborah Vance de las dos primeras temporadas era, en su mejor versión, un personaje construido sobre la resistencia: resistencia al envejecimiento, a la irrelevancia, a la ternura, a cualquier cosa que pudiera interpretarse como debilidad. Jean Smart la bordaba precisamente en esa tensión entre el blindaje y lo que se intuía debajo. La tercera temporada le da algo que las anteriores le habían escatimado: una humildad genuina, no como gesto de rendición sino como consecuencia de haber llegado al punto de la carrera en que ya no tienes que demostrar nada a nadie excepto a ti misma. Smart trabaja esa transformación sin anunciarla; es el tipo de actuación que se nota más en retrospectiva que en el momento, una acumulación de pequeñas concesiones del personaje que solo cobran peso cuando las sumas. El episodio central de la temporada —una excursión de senderismo en que Deborah confronta la soledad y la mortalidad con una honestidad que la serie hasta entonces había administrado en dosis mucho más controladas— contiene algunos de los mejores minutos de la carrera televisiva de Smart, y funciona porque llega cuando el espectador ya ha visto suficiente de la nueva Deborah como para creerlo. El monólogo de «lo que para mí era algún día ya es ahora» no es el tipo de línea que una serie de comedia normalmente puede sostener sin que suene impostada; aquí suena como la única cosa que ese personaje podría decir en ese momento.

Einbinder en igualdad de condiciones y lo que el final le da a Ava

Hannah Einbinder empezó Hacks como el contrapeso joven de Smart: la aprendiz cuya cinismo generacional servía de espejo crítico a la experiencia de Deborah. La serie nunca trató ese rol con condescendencia —Ava siempre tuvo su propia perspectiva y sus propios errores—, pero la asimetría de poder entre las dos protagonistas limitaba lo que Einbinder podía hacer dentro del registro emocional más exigente. La tercera temporada corrige eso con decisión: Ava en igualdad de condiciones con Deborah es un personaje más libre, más divertido y, cuando la temporada lo pide, más devastador. El «delivery» seco de Einbinder, que en temporadas anteriores era su herramienta más segura, aquí también funciona como escudo de algo más expuesto debajo. El episodio final, «Bulletproof», es el examen que la temporada se ha preparado para hacer: Ava encuentra su voz frente a su mentora, y la escena que resulta es de las pocas de la comedia televisiva reciente que merecen la comparación con los mejores momentos del drama. La crítica más honesta que se puede hacer a la temporada es la de la cadencia: nueve episodios que en algunos tramos de la mitad de la temporada acusan el peso de una trama que podría haber respirado con más espacio. Algunos arcos secundarios se cierran demasiado deprisa. Pero es el tipo de objeción que solo surge cuando una serie ha establecido un nivel lo suficientemente alto como para que cualquier cosa que no lo alcance llame la atención.