Disney no necesitaba este remake. Catherine Laga’aia sí necesitaba este papel: Vaiana
Disney lleva una década haciendo remakes de sus clásicos animados con resultados que van del entretenimiento funcional al desastre comercial, pasando por la indiferencia decorada con presupuesto. La Vaiana de acción real ocupa una categoría particular dentro de esa tradición: es el remake de una película que tiene diez años, cuya actriz de doblaje original —Auliʻi Cravalho— ha pasado a producirla, y cuyo único vínculo directo con la versión animada en pantalla es Dwayne Johnson, quien vuelve a ser Maui, esta vez en persona y con un traje de prótesis musculares que el presupuesto podría haber evitado pero la ambición conceptual no supo anticipar. Dirige Thomas Kail, cuya credencial cinematográfica más notable hasta ahora era haber filmado Hamilton para Disney+ —lo que no es lo mismo que dirigir cine, aunque lo parezca—, y protagoniza una australiana de diecinueve años de ascendencia samoana que Disney seleccionó entre treinta y dos mil candidatas. Los datos comerciales ya están encima de la mesa: cuarenta millones de dólares de recaudación doméstica contra doscientos cincuenta de presupuesto. La película es algo más complicado que ese número.

La chica de Sídney y la película que le debía un papel
Catherine Laga’aia creció en Australia usando la Vaiana animada de 2016 como herramienta de explicación personal: cuando la gente no entendía de dónde venía, ponía la película. Eso no convierte su casting en destino, pero sí en algo más que oportunidad: en ella hay una relación con el personaje que antecede a la audición. Lo que trae a la pantalla no es imitación de la versión animada —tiene la prudencia de no intentarlo— sino una presencia física y emocional que la animación no podía ofrecer porque la animación nunca podría contratar a alguien como ella. Su trabajo en las escenas de aldea, donde Kail le concede tiempo para establecer qué es lo que Vaiana va a dejar antes de marchar, es la mejor inversión narrativa de la película. Cuando llega «How Far I’ll Go», la canción no es un recordatorio de la que ya conocías sino una declaración de esta actriz específica en este momento específico. Rena Owen como la abuela Tala añade una densidad emocional que el registro live-action aguanta mejor que el animado. Y la canción de créditos finales, «Along the Way», compuesta por Lin-Manuel Miranda e interpretada por Laga’aia junto a Auliʻi Cravalho y Dwayne Johnson, produce algo inusual para un tema de cierre: la voz original de Vaiana y la actriz que la sustituye cantando juntas, con el Maui animado haciendo de Maui en carne y hueso. Laga’aia lo describe como «clavar la bandera en algo que era completamente nuevo». Tiene razón. Es el único momento de la película en que el remake parece saber por qué existe.

El demidiós no puede ser de goma
Hay una ironía estructural en la decisión de traer a Dwayne Johnson de vuelta como Maui en lugar de reemplazarlo. En 2016, Johnson era perfecto para el personaje animado precisamente porque la animación podía igualar la desmesura de su presencia vocal con un diseño que la incorporara: Maui es literalmente más grande que la vida, un semidiós que cambia de forma, baila con el exceso de quien no tiene nada que perder, y ocupa el espacio con una física imposible que el dibujo puede manufacturar sin esfuerzo. Poner a Johnson en eso con cincuenta y tres años, un traje de prótesis musculares, una peluca y la tarea de ser físicamente lo que su voz hacía parecer fácil en la versión animada no es un problema de actuación —Johnson lo intenta, abraza la autoparodia, es lo que los críticos en inglés llaman «a great sport»— sino un problema filosófico: Maui como personaje es animado en su esencia. Su carisma en pantalla existe en relación con una fisicalidad que la animación podía construir y el live-action tiene que fingir. La diferencia se nota. Una descripción que circula en las críticas lo captura con precisión: es como ver fuegos artificiales a través de un cristal esmerilado. El brillo está ahí. El medio lo filtra.

Kail llega de Broadway y trae buenas manos y pocas ideas nuevas
Thomas Kail entiende cómo montar un número musical. «You’re Welcome» está resuelta con buen criterio: reduce los gags cartoons de la versión animada, le da a Johnson espacio para trabajar desde la actuación antes que desde la exageración, y el resultado es funcional. Lo que Kail no parece saber con claridad es qué puede ofrecer el live-action que la animación no daba, más allá de contratar a una actriz real y rodar en entornos fotorrealistas. La película sigue el original plano a plano en demasiados momentos. La decisión de no añadir canciones nuevas a la estructura principal del filme —Miranda y Kail argumentaron que los números existentes eran completos y no necesitaban refuerzo— es honesta y es también una confesión: el remake no tenía nada estructuralmente nuevo que decir, y tuvo la decencia de no inventárselo. Lo cual deja a «Along the Way» en los créditos finales como el único material genuinamente original del proyecto, que es una proporción curiosa para una película de doscientos cincuenta millones de dólares. El fracaso comercial habla de un mercado que después de una década de remakes Disney ha aprendido a discriminar entre lo que quiere ver de nuevo y lo que ya tiene en casa. Vaiana no es mala película. Es, en varios momentos, una buena película. El problema es que llega diez años después de una que nadie pedía rehacer, con la actriz de doblaje original reconvertida en productora, y la única sorpresa real que contiene es la de una actriz de diecinueve años de Sídney a quien la industria no va a poder ignorar durante mucho tiempo.





