Helicópteros, napalm y un dios de cien pies de altura: El rugido pop de ‘Kong: Skull Island’
La reciente segunda temporada de Monarch: Legacy of Monsters ha reabierto las compuertas del Monsterverse de Legendary, invitándonos a desglosar una por una las piezas de este mastodóntico puzle de titanes. Y tras revisar el bautismo de fuego que supuso el Godzilla de 2014, la siguiente parada obligatoria nos traslada a marzo de 2017 con el estreno de Kong: Skull Island. Dirigida por Jordan Vogt-Roberts, esta producción nació en Universal como una modesta historia de orígenes antes de dar el salto a Warner Bros. con un propósito mucho más ambicioso: erigirse en la segunda piedra angular de un universo compartido que culminaría en el choque de trenes de Godzilla vs. Kong. Ambientada en el convulso 1973, en pleno repliegue estadounidense de la Guerra de Vietnam, la cinta recaudó 569 millones de dólares sobre un presupuesto de 185 millones, logrando incluso una nominación al Óscar por sus efectos visuales. Pero más allá de las cifras, la película sigue destacando hoy por una decisión conceptual kamikaze: pertenecer con orgullo a la categoría de los blockbusters que no te hacen esperar para ver al monstruo.

Un festín zoológico en mitad del sudor de Saigón
A diferencia de las adaptaciones de 1933, 1976 o el titánico metraje de Peter Jackson en 2005, donde el gran gorila se desvelaba con cuentagotas, la cinta de Vogt-Roberts apenas tarda veinte minutos en poner a Kong a derribar helicópteros como si fueran moscas. Es un despliegue de acción monster-on-monster salvaje e ininterrumpido. El ecosistema de la Isla de la Calavera funciona como una bizarra y fascinante enciclopedia de flora y fauna prehistórica: desde reptiles con cráneos expuestos hasta un imponente búfalo de agua gigante que parece directamente extraído del imaginario animado de Hayao Miyazaki.
El despliegue visual de los artistas de efectos es incontestable a la hora de transmitir el peso dinámico de estas criaturas de cientos de toneladas. Sin embargo, el libreto firmado por tres guionistas muestra una evidente incomodidad a la hora de abrazar la pura diversión pulp. La premisa ecologista de que la Tierra nos sacudirá como pulgas si nos volvemos demasiado arrogantes se solapa de forma un tanto tosca con una densa capa de alegorías políticas y homenajes pop que amenazan con sumar algo profundo, pero que se quedan a medio camino.

El aroma del simio por la mañana: Apocalypse Now con esteroides
El mayor capricho estético de Kong: Skull Island es su ambientación en 1973. Si bien sirve para justificar analógicamente la falta de satélites modernos y fetichizar cámaras de 35mm o tocadiscos de vinilo, el director la utiliza principalmente para fusilar la imaginería bélica de Francis Ford Coppola y Oliver Stone. Desde el póster oficial estilo IMAX hasta una banda sonora saturada de Creedence Clearwater Revival y Jefferson Airplane, la película busca transformarse en un Apocalypse Now de cultura pop donde el Vietcong ha sido sustituido por monstruos que emergen de la tierra.
Esta sobredosis de referencias provoca que el factor humano termine devorado por el paisaje. La cinta cuenta con un reparto de primera línea que, en su mayoría, opera como mera carne de cañón sin un desarrollo real. Tom Hiddleston pasea un impecable peinado como militar del SAS, y Brie Larson hace lo que puede como fotógrafa de guerra en un rol que la crítica de la época señaló como el típico peaje comercial tras ganar el Óscar por Room. El único que logra esquivar la burocracia del guion y adueñarse de la función es un inconmensurable John C. Reilly, interpretando a un aviador de la Segunda Guerra Mundial atrapado en la isla durante 28 años, aportando el toque justo de comedia y excentricidad que la película pedía a gritos.

Veredicto: El sandbox definitivo del Monsterverse
Bajo la mirada contemporánea de 2026, Kong: Skull Island se destapa como un entretenimiento enérgico, ideal para ser disfrutado en la pantalla más grande posible y con el sistema de sonido al límite de su capacidad. Carece de la poesía o la atmósfera de otras aproximaciones al mito, y los intentos de sus personajes por soltar frases pretendidamente trascendentales como «el enemigo no existe hasta que vas a buscarlo» chocan de frente con la ligereza general del relato. Samuel L. Jackson, devorado por una obsesión al más puro estilo del capitán Ahab contra el gran simio, es el único del bando militar que sintoniza con el código desatado de la propuesta.
Con todo, como manual de instrucciones para expandir un universo cinematográfico de demolición urbana, la jugada fue redonda. Ver a Kong engullir tentáculos de calamar gigante como si fuesen fideos o estampar un aeroplano contra el suelo posee una fuerza plástica indiscutible. No es una obra cinematográfica redonda ni pretende serlo; es una atracción de feria de altísimo presupuesto que entendió perfectamente el valor de meter a dos titanes en un cajón de arena para que se destrozasen mutuamente. Una parada obligatoria para entender hacia dónde se dirige el futuro de la franquicia.





