El problema de repetir el milagro es que ya sabes que era un milagro: Jury Duty: Company Retreat
La primera temporada de Jury Duty funcionó sobre una anomalía. Cogieron a un desconocido, lo encerraron en un juicio ficticio durante semanas sin su consentimiento, llenaron la sala con actores de improvisación de primer nivel, pusieron a James Marsden haciendo la versión más autoparódica de sí mismo que un actor de su nivel ha tolerado en televisión, y esperaron. No había red. El programa se jugaba entero a que Ronald Gladden —el único que no sabía que estaba en una serie— fuera suficientemente buena persona para que la cámara lo persiguiera sin vergüenza. Lo fue. El resultado fue uno de los mejores experimentos televisivos en años. Jury Duty: Company Retreat, la segunda temporada —ahora en Prime Video, porque Amazon Freevee fue absorbida y desapareció—, cambia el juzgado por el retiro de empresa de una compañía ficticia de salsa picante llamada Rockin’ Grandma’s, sustituye a Gladden por Anthony Norman, veinticinco años, Nashville, y llega a una conclusión que admiras y temes en partes iguales: casi funciona igual de bien.

El juzgado era la mitad del chiste
Lo que nadie vio venir en la primera temporada fue que el escenario no era un decorado sino un mecanismo. Un juzgado tiene una lógica de comportamiento extremadamente rígida —silencio, procedimiento, jerarquía, la incapacidad de salir de la sala cuando te aburres— y esa rigidez era exactamente el combustible de toda la comedia: cualquier ruptura del decoro institucional resultaba brutal precisamente porque el entorno la resistía con todas sus fuerzas. Un retiro de empresa es exactamente lo contrario. Los retiros de empresa son ya, en la vida real, un ecosistema de absurdo institucionalizado: actividades de team building, seminarios motivacionales, la fingida horizontalidad entre jefes y empleados durante cuarenta y ocho horas. Meter a actores en un retiro corporativo pierde el efecto de contraste que el juzgado tenía de manera estructural. Lo raro encaja demasiado bien con el entorno. Además, James Marsden no está, y eso importa más de lo que parecería. En la primera temporada, Marsden era simultáneamente motor de comedia y capa meta: el único famoso en la sala creaba una dinámica de poder asimétrico que le daba al programa una segunda frecuencia narrativa. Aquí no hay eso. Los actores de Company Retreat son impresionistas de primera —veteranos de The Groundlings y la UCB, con créditos en The Office, Brooklyn Nine-Nine y Veep— pero ninguno ocupa ese espacio.

Anthony Norman y la paradoja del sujeto perfecto
El elemento que salva y complica Company Retreat al mismo tiempo es su protagonista involuntario. Anthony Norman es extraordinariamente buen material: extrovertido, paciente, emocionalmente disponible, gracioso sin intentarlo, capaz de encontrar algo genuino en cada interacción aunque no sepa que el noventa por ciento de las interacciones están escritas. Es, en casi todos los sentidos posibles, mejor sujeto que Ronald Gladden. El problema es que un sujeto tan activo, tan capaz, tan claramente al mando de la situación sin saberlo, desplaza una parte de la incomodidad ética que el formato lleva consigo —esa sensación de que estás viendo a alguien siendo manipulado— hacia una pregunta diferente: ¿hasta qué punto el programa puede atribuirse los momentos auténticos de un hombre que los produciría en cualquier contexto? El pico emocional del programa llega cuando Anthony, ignorante de que Rockin’ Grandma’s no existe, pronuncia un discurso para salvar la empresa en el que se implica de manera que ningún guionista habría podido fabricar. Es genuino. Y es el mejor argumento posible a favor de este formato, porque demuestra que sigue siendo capaz de producir algo que no puede comprarse con presupuesto.

La pregunta que el programa no puede responder
Lo mejor de la temporada son los actores sosteniendo durante días la ficción de llevar años trabajando juntos —una dificultad técnica mayor que la de la primera temporada, donde los personajes eran desconocidos entre sí y podían construir la relación en cámara—, el caos del robo de unos Cool Ranch Doritos tratado con la gravedad de un crimen internacional, el número del talent show como set piece cómico con una arquitectura casi perfecta. Los actores están tan comprometidos que en los mejores momentos olvidas el artificio. El problema es que el artificio es el programa. Y cuanta más habilidad despliegan para ocultarlo, más claramente se ve el techo: hay un límite a cuántas veces puedes poner a una persona en el centro de una situación completamente fabricada y pedirle al espectador que sienta algo real. Company Retreat llega a ese límite sin cruzarlo, pero llega. Si hay una tercera temporada, necesitará un escenario que, como el juzgado, genere presión institucional real sobre su sujeto. El retiro de empresa absorbe la rareza sin resistencia, y sin resistencia el experimento se parece demasiado a televisión normal.





