NBC tiene la mejor comedia de la temporada: The Fall and Rise of Reggie Dinkins
Hay un subgénero documental que llevaba años esperando que alguien lo ridiculizara con la atención que merece: el que protagonizan deportistas que han caído en desgracia y que, en lugar de guardar silencio o contratar a un buen abogado, deciden producir su propio relato de redención. The Last Dance —el documental sobre Michael Jordan que en 2020 puso de moda la idea de que una leyenda puede orquestar su propio mito si tiene acceso suficiente a los archivos y a la cámara— dejó atrás una estela de imitadores más interesados en el control de la narrativa que en la verdad, y la televisión americana los ha ido produciendo desde entonces con la conciencia de la persona que sabe que está haciendo algo indecoroso y no puede parar. Robert Carlock y Sam Means, los guionistas que junto a Tina Fey construyeron 30 Rock durante siete temporadas en ese mismo canal, llevan tiempo mirando ese fenómeno con los ojos del que ve un sketch esperando que alguien lo escriba. The Fall and Rise of Reggie Dinkins es lo que pasa cuando por fin lo escriben, y Tracy Morgan acepta protagonizarlo.
La serie, estrenada en NBC el pasado 18 de enero —justo después de la cobertura de los playoffs de la NFL, en un movimiento de programación que dice mucho sobre cómo la cadena entiende su propio producto— sigue a Reggie Dinkins (Morgan), exjugador de la liga que lleva años vetado tras apostar contra su propio equipo, en su intento de rehabilitar su imagen pública suficientemente como para aspirar al Hall of Fame. El mecanismo elegido para esa rehabilitación es contratar a Arthur Tobin (Daniel Radcliffe), documentalista ganador de un Oscar que arrastra su propio hundimiento profesional y personal y que ve en el proyecto una oportunidad de recuperar algo parecido a la credibilidad. Dos hombres que se necesitan mutuamente por las razones equivocadas. Diez episodios. Tina Fey como productora ejecutiva. El piloto fue la comedia más vista en televisión abierta estadounidense en lo que llevamos de temporada, con 5,8 millones de espectadores.

El ADN de 30 Rock y lo que significa que eso sea una buena noticia
El estilo de humor que Carlock y Means destilaron durante años en 30 Rock tiene características muy específicas que resultan fáciles de reconocer y difíciles de imitar: la densidad de chistes por minuto, el uso de referencias pop que aparecen y desaparecen sin que la cámara espere a que el espectador reaccione, la disposición a sacrificar la plausibilidad narrativa en el altar de una broma perfecta. Reggie Dinkins tiene todo eso, y lo tiene con la soltura de una serie que ya sabe quién es desde que arranca el piloto. La diferencia respecto a su predecesora es el formato: el mockumentary —el documental dentro de la ficción— le añade una capa de meta-ironía que 30 Rock no tenía, porque en este caso el propio proceso de construir el relato de redención de Reggie es simultáneamente el objeto de la sátira y el motor de la trama. El personaje está intentando convencerte de algo mientras la serie te muestra por qué no deberías creérselo.
La inspiración declarada por los creadores es Pete Rose —el béisbol, el veto de por vida, la apuesta contra el propio equipo— aunque la serie tiene el cuidado de no decirlo explícitamente y de construir a Reggie con suficientes capas propias como para que la referencia sea un punto de partida y no una muleta. Lo que más interesa a Carlock y Means no es la caída sino la mecánica de la redención pública en la era del documental de plataforma: esa peculiar combinación de sinceridad performativa y cálculo estratégico que hace que ciertos deportistas caídos en desgracia parezcan, paradójicamente, más antipáticos a medida que se explican más. Reggie Dinkins no tiene esa conciencia. Eso es, exactamente, lo que lo hace cómico.

Tracy Morgan y el arte de ser el último en enterarse de todo
La comparación con 30 Rock es inevitable pero también un poco tramposa, porque el Tracy Jordan de esa serie era el caos encarnado —un instrumento de destrucción creativa que Liz Lemon tenía que gestionar desde fuera—, mientras que Reggie Dinkins necesita ser el centro de gravedad de su propia historia. Es un registro diferente y más exigente, y Morgan lo resuelve con la herramienta que nadie más puede replicar: una presencia cómica que puede pausar a mitad de un chiste, perder momentáneamente el hilo, y aun así rematar con una precisión que hace que la pausa parezca deliberada. No porque lo sea necesariamente. Sino porque Morgan es uno de esos actores cuya relación con el tiempo cómico es tan personal que el formato convencional simplemente se adapta a él.
La serie, a diferencia de otras comedias de redención que tendrían la tentación de hacer al protagonista progresivamente más simpático a medida que aprende sus lecciones, toma la decisión inteligente de no redimir a Reggie de manera convencional: mejora en algunos aspectos, fracasa en otros exactamente donde esperarías que hubiera mejorado, y la dinámica con Tobin —el odd couple que el género requiere, aunque en este caso los dos protagonistas son igualmente incompetentes en sus respectivas áreas de incompetencia— funciona porque Radcliffe entiende su papel con claridad. Arthur Tobin no es el inteligente. Es el que tiene más vocabulario. Esa diferencia es el motor de la mitad de los chistes del show.
Hay que mencionar a Bobby Moynihan, que como Rusty —excompañero de equipo de Reggie convertido en habitante perpetuo del sótano de la casa familiar— hace el trabajo más discreto y probablemente más valioso de la serie: cada escena en la que aparece añade una capa de melancolía auténtica debajo de la farsa que eleva el conjunto por encima de sus partes más visibles. Y Megan Thee Stallion, en el papel de Denise la cartera, demuestra que la elección de casting más improbable del año puede ser simultáneamente la más correcta.

Lo que el piloto no te advierte y los diez episodios resuelven
El único reproche consistente que los primeros visionados de Reggie Dinkins generaron fue sobre el piloto: demasiado dependiente de los cutaways, demasiado ocupado presentando a todos sus personajes a la vez, demasiado ansioso por demostrar que es una comedia de chistes y no de situación antes de que la situación haya tenido tiempo de establecerse. La buena noticia es que esa observación se vuelve irrelevante a partir del tercer episodio. La mala es que el piloto es lo que mucha gente verá antes de decidir si sigue.
La serie mejora progresivamente y de forma notable a medida que los personajes secundarios adquieren complejidad. Erika Alexander, como Monica —exmujer y actual mánager de Reggie, la única persona del reparto que tiene una visión mínimamente realista de lo que está pasando—, hace el trabajo más ingrato de la función durante los primeros episodios para luego convertirse en la pieza que hace que el conjunto tenga sentido emocional. Jalyn Hall, como Carmelo, el hijo adolescente que intenta navegar la situación de tener a su padre como fenómeno mediático en decadencia, tiene momentos que la comedia americana de cadena abierta raramente se permite: genuinamente incómodos, genuinamente tiernos.
La queja más razonable que se puede hacer a la primera temporada es de extensión: diez episodios son pocos para un mundo con este nivel de densidad y este número de personajes. No en el sentido de que la serie se quede sin ideas —los mejores capítulos de este bloque son notablemente completos—, sino en el de que cuando terminas el último episodio tienes la sensación de que la maquinaria acaba de llegar a plena velocidad. Que para eso falta temporada es, en el fondo, la mejor crítica posible.





