Nolan tardó 10 años en escribir el sueño. Lleva 15 el debate sobre si ese sueño tiene corazón: Origen
Con La Odisea a punto de llegar a los cines —el estreno es el próximo jueves 16 de julio— llevamos semanas repasando en DISPARARTE la filmografía de Christopher Nolan, y hemos llegado al título que más divide a quienes lo admiran: Origen, estrenada en 2010, la película que Nolan pasó prácticamente una década desarrollando y que en su momento pareció definir todo lo que el cine de ideas a escala masiva podía ser. Quince años y más de ochocientos millones de dólares en taquilla mundial después, sigue siendo el film con el que Nolan más claramente estableció su método —esa arquitectura de capas donde emoción y mecanismo se necesitan mutuamente, y la pregunta perpetua de si alguna vez han llegado a hacerlo de verdad— y también la que más persistentemente ha tenido a medio mundo discutiendo si la peonza del final siguió girando.
La premisa ya la conoces, o deberías: Cobb (Leonardo DiCaprio) es un ladrón especializado en irrumpir en los sueños de personas para robar secretos de su subconsciente. La misión que da motor a la película es la inversa —no extraer una idea sino implantarla, el inception del título— y el objetivo es Robert Fischer Jr. (Cillian Murphy), heredero de un imperio energético cuyo padre moribundo quiere que desmantele lo que él construyó. Cobb tiene sus razones para aceptar el trabajo, y esas razones tienen el rostro de Marion Cotillard.

La máquina y el precio de construirla tan bien
Origen es, entre otras cosas, el film de Nolan que más ha puesto a prueba la pregunta de si explicar demasiado es una manera de fallarle a tu audiencia. Parte de la respuesta es sí, y parte depende de cuánto te moleste. El primer acto de la película es básicamente una clase magistral sobre las reglas del sueño compartido: qué es un kick, cómo funciona el tiempo en cada capa, por qué necesitas un arquitecto, qué hace un falsificador, para qué sirve un tótem. Ariadne (Elliot Page) es el personaje sobre cuyo desconcierto Nolan apoya toda esta arquitectura expositiva —la estudiante reclutada en tiempo récord que existe en el guion, en buena parte, para que los demás le expliquen las reglas—, y la maniobra es funcional a la vez que un poco demasiado visible.
Lo irónico es que el mecanismo funciona precisamente porque es tan exigente. Nolan construye las reglas del sueño con suficiente rigor interno para que el espectador llegue a apropiarse de ellas: para que puedas seguir el tercer acto —tres sueños anidados en paralelo, tres equipos en tres zonas de acción simultáneas— sin perderte del todo, y para que cuando el film te pida que sientas algo en medio de todo ese ruido visual y narrativo, hayas hecho el esfuerzo previo que el sentimiento necesita. La crítica más consistente que se le ha hecho a esta película es que los sueños tienen demasiado poco de onírico: que son demasiado ordenados, demasiado fácilmente navegables, demasiado parecidos al mundo de vigilia excepto en los momentos en que la trama necesita que doblen sobre sí mismos. Es una objeción válida. También es cierto que Nolan nunca pretendió hacer una película de psicoanálisis o surrealismo —esa película existe y tiene otro nombre— sino una de atracos en la que los niveles de dificultad son capas de inconsciencia. Dentro de esa premisa, la coherencia del sistema es una virtud, no un defecto.
Wally Pfister firma aquí la fotografía más ambiciosa de su larga colaboración con Nolan, y Hans Zimmer produce una partitura construida alrededor de un bramido de tuba que se convertiría en el sonido más imitado del cine de acción de la siguiente década. Lo que poca gente sabe es que ese bramido es, literalmente, Non, Je Ne Regrette Rien de Édith Piaf ralentizada hasta hacerse irreconocible —lo cual no es un capricho sino el hilo que une la arquitectura sonora del film con su motor emocional: hay algo en la pista que lleva hacia el despertar, y ese algo tiene que ver con no arrepentirse de nada.

Mal, o la razón de que todo esto no sea solo un rompecabezas
La crítica de que Origen es emocionalmente fría choca con un problema bastante concreto: Marion Cotillard. Su Mal —nombre que en francés significa exactamente lo que parece— es el personaje más fascinante de la película, y no porque esté construido con mucha complejidad desde el guion sino porque Cotillard lo habita con una ambigüedad que ninguna cantidad de exposición podría fabricar. Mal es la difunta esposa de Cobb, que se aparece en sus sueños como proyección del subconsciente y actúa como el saboteador más íntimo y más letal que cualquier película de atracos ha tenido nunca. La arquitectura conceptual del film se encarga de que nunca puedas estar del todo seguro de si lo que ves es un fantasma de culpa o algo más literal y más extraño.
El motor real de Origen no es la misión Fischer. Es la pregunta de si Cobb es capaz de soltarse del todo de alguien a quien ha perdido, y de si confundir un recuerdo con una persona es una forma de traicionar a ambos. Nolan lo dice en la secuencia del limbo final, cuando el Cobb más viejo que pueda imaginarse se reencuentra con una Mal que lleva décadas esperándolo: «No puedes construir un hogar con tu esposa de otra manera. Eso no sería real. Sería sólo una proyección.» No es el diálogo más sutil del cine mundial. Pero lo que hace la película con esa idea —que proyectar sobre alguien lo que queremos que sea es una forma de no verlo en absoluto, y que el duelo que nunca se resuelve puede convertirse en la ficción más destructiva de todas— está en el centro de por qué Origen sigue importando quince años después de su estreno.
DiCaprio hace el mejor trabajo posible dentro de los límites de un personaje diseñado para ser más mecanismo que persona: la contención que Nolan exige de Cobb es coherente con un hombre que lleva años suprimiendo todo lo que siente para poder funcionar, y en los momentos en que esa contención se quiebra —el limbo, la habitación de hotel— el actor hace que el sistema se sienta. El resto del equipo —Gordon-Levitt, Tom Hardy, Ken Watanabe— cumple con eficiencia, aunque la película es demasiado espartana emocionalmente para permitirles nada más que sus funciones narrativas. La excepción, de nuevo, es Cotillard. Y la ausencia.

La peonza, la alianza y lo que Nolan dijo cuando por fin le preguntaron
Pocas películas han generado tanto debate sobre su final con tan poco metraje como Origen. La escena dura treinta segundos: Cobb llega a casa, ve a sus hijos, hace girar el tótem —la pequeña peonza de Mal que en teoría le indica si está en un sueño— y se aleja de ella para abrazar a sus hijos antes de que caiga. La cámara se queda con la peonza girando. Corte a negro.
Lo que la película no te cuenta explícitamente es que hay una segunda pista mucho más discreta y más definitiva: a lo largo de todo el film, Cobb lleva alianza de boda en todas y cada una de las escenas que transcurren en sueños, y no la lleva en ninguna de las escenas de vigilia. En el aeropuerto final y en la casa con sus hijos, no lleva alianza. Eso, combinado con el hecho de que la peonza tiembla ligeramente antes del corte —comportamiento de objeto real, sometido a la gravedad, según el lenguaje interno que el film establece— apunta en una dirección bastante clara. Lo cual no cierra el debate, porque la ambigüedad de Origen no está solo en si ese plano final es sueño o realidad, sino en si esa distinción importa.
Cuando alguien le preguntó directamente a Nolan, años después del estreno, si Cobb estaba soñando o no, el director dijo algo que resulta ser la clave de toda la película: que Cobb no mira la peonza. Que se marcha antes de saber la respuesta. Que el film no termina con la peonza —termina con Cobb eligiendo no necesitar saber. La tesis completa de Origen cabe en ese gesto: un hombre que ha pasado dos horas construyendo arquitecturas de certeza para defenderse de lo que no puede controlar llega, al final, a un punto en que puede vivir sin la respuesta. Si eso ocurre en sueño o en realidad es, literalmente, lo de menos. La peonza sigue girando porque Nolan quiso que siguieras pensando en ella. El abrazo a los hijos es lo que en realidad terminó.





