Alguien que no debería saber dónde está acaba de llamar a la puerta: Puntos suspensivos

David Marqués lleva veinte películas y series a sus espaldas —entre ellas Campeones, el fenómeno comercial de 2018 que ganó el Goya a mejor película y convirtió un vestuario de baloncesto en el sitio donde España decidió mirarse—, y casi todas ellas tienen en común el mismo tono: accesible, afectuoso, construido sobre la convicción de que la comedia española tiene algo que decir cuando no tiene miedo de decirlo con el corazón en la mano. Puntos suspensivos, estrenada en 2024 y disponible en Prime Video, es el giro de timón que un director de su perfil hace tarde o temprano cuando quiere que alguien lo tome en serio en un género distinto. Con Haciendo amigos en cartelera desde hoy mismo —otra comedia, su territorio natural— es buen momento para revisar lo que pasó cuando Marqués cerró la puerta del local de ensayo y metió a sus actores en una villa de Extremadura a ver quién podía con quién. El resultado es, para sorpresa de nadie que conozca a sus actores y de casi todo el mundo respecto a su director, bastante bueno.

El pseudónimo, el intruso y la estructura no lineal

Puntos suspensivos arranca con una premisa que en el año de su rodaje resonaba de forma específica en el contexto literario español: Leo es un autor de best sellers que escribe bajo el seudónimo Cameron Graves, y la distancia entre su identidad real y su firma comercial es el nervio que la película va a tocar durante noventa minutos. Que en 2021 España descubriera que detrás de Carmen Mola —la novelista más vendida del país— había tres hombres llamados Jorge, Agustín y Antonio da una dimensión adicional a la pregunta que la película formula sobre si la obra de arte le pertenece a quien la firma o a quien la escribe, aunque Marqués tiene la sensatez de no quedarse en el ensayo literario y usar esa premisa como combustible para el thriller. La estructura del guion —firmado junto a Rafael Calatayud Cano— divide la historia en prólogo, seis capítulos y epílogo con una intención muy calculada: el orden no lineal no existe para despistar sino para que los giros de guion aterricen con más fuerza de lo que lo harían en la cronología convencional, y la mayor parte de las veces la apuesta funciona. La villa extremeña donde transcurre casi todo el film —localización única, escenografía teatral, arquitectura que impone sin que la cámara tenga que subrayarlo— convierte el espacio cerrado en un personaje más, que es exactamente lo que el género necesita cuando solo hay cuatro personas en pantalla.

Coronado, Peretti y el arte de mirarse con sospecha

La película se sostiene sobre lo que sus dos actores principales sepan hacer con los silencios que el guion pone entre las frases, y la respuesta resulta ser bastante. José Coronado lleva años en un estado de forma que sus trabajos anteriores en cine y televisión confirmaban ya: aquí interpreta a Jota, el visitante que dice ser periodista y que funciona dramáticamente como el catalizador mefistofélico de la historia, el tipo que sabe más de lo que debería y cuya mera presencia obliga a Leo a mostrar qué hay debajo de sus capas de afectación literaria. Coronado construye a Jota desde la ambigüedad con una precisión que hace que en cada escena no sepas exactamente cuánto está mintiendo, que es la única manera en que ese personaje puede funcionar. Diego Peretti, que encarna a Leo, tiene la tarea menos agradecida: el protagonista es el que encaja los golpes, el que se va derrumbando a medida que Jota desmonta sus versiones de los hechos, y hay algo en su registro que en los primeros compases puede parecer contenido en exceso pero que la propia estructura de la película termina justificando. Cecilia Suárez y Georgina Amorós completan el reparto con la solidez que se les presupone —Suárez en un papel de agente literaria más convencional, Amorós como la figura que da al enredo su dimensión más emocional—, aunque la película no les concede el espacio que les habría venido bien. El thriller de cuatro personas con dos de ellas en segundo plano siempre paga ese precio.

El género que se porta bien y el final que se precipita

La crítica a Puntos suspensivos tiene un patrón claro: todos coinciden en que la primera y segunda mitad funcionan, y todos tienen reservas sobre el ritmo con que la película cierra. El tercer acto comprime capítulos que habrían necesitado un par de minutos más cada uno, y la resolución llega con una prisa que contrasta con la morosidad calculada del resto de la historia. Marqués gestiona con oficio el Hitchcock que la película quiere hacer —la elipsis, el fuera de campo, los objetos como signos que significan más de lo que representan— pero los giros de guion, individualmente bien construidos, se vuelven predecibles para quien ha visto suficientes películas de este tipo. El que la obra funcione más como alegoría que como whodunit puro es su mayor virtud y también su mayor exposición: cuando se acepta que Puntos suspensivos es una película sobre el ego, la envidia y el síndrome del impostor más que una película sobre quién le ha hecho qué a quién, los convencionalismos del género se vuelven más tolerables. Y la película, con sus defectos perfectamente identificados y su dirección más segura de lo que nadie esperaba del hombre que venía de hacer comedias sobre equipos de baloncesto, resulta ser una apuesta que Marqués ganó por goleada relativa.