La nostalgia del fracaso: la amarga y brillante autopsia mutante de ‘X-Men Blue’
Durante buena parte de la década de 2010, Marvel Comics operó bajo la firme sospecha de no tener la más remota idea de qué hacer con los X-Men. Atrapada en un limbo creativo asfixiante, entre guerras estériles contra los Vengadores, conflictos corporativos contra los Inhumanos y un baile incesante de muertes y resurrecciones, la franquicia mutante parecía haber perdido su brújula moral, limitándose a reaccionar a los macroeventos de la editorial en lugar de proponer relatos con identidad propia. En ese ecosistema cansado nació la iniciativa ResurrXion, un intento de devolver el foco a las dinámicas de personajes. Y dentro de ese lavado de cara desembarcó X-Men Blue: Lo más extraño, un volumen capitaneado por el guionista Cullen Bunn y el dibujante Jorge Molina que, sobre el papel, parecía la enésima prolongación artificial de un concepto agotado: los cinco X-Men originales de los años sesenta desplazados temporalmente al presente. Lo verdaderamente sorprendente es que Bunn esquivó el truco de magia nostálgico para rascar una veta dramática sumamente jugosa. X-Men Blue nunca fue una serie de viajes en el tiempo; fue, fundamentalmente, un tratado sobre la decepción absoluta.

El colapso del sueño de Xavier y la madurez de Jean Grey
El gran triunfo conceptual de este arranque es observar cómo reacciona un grupo de adolescentes idealistas al descubrir que sus héroes del futuro han fracasado estrepitosamente. Estos chavales crecieron bajo la doctrina idílica del Profesor Charles Xavier, convencidos de que su entrenamiento edificaría una era de coexistencia pacífica entre humanos y mutantes. Al despertar en el presente, la bofetada de realidad es demoledora: el odio racial sigue intacto, los Centinelas patrullan los cielos, las guerras son crónicas y, para colmo, muchas de las grandes tragedias globales han sido perpetradas por sus propias versiones adultas. La principal beneficiada por este enfoque clínico es Jean Grey, quien asume los galones de líder indiscutible de la colección. Tradicionalmente utilizada por la editorial como un mero catalizador de tramas ajenas —ya fuera como vértice de triángulos amorosos o como receptáculo de la Fuerza Fénix—, la Jean de Bunn emerge con una voz propia, madura y cargada de una tremenda responsabilidad ética, obligada a capitanear a un Scott Summers frustrado, a un Hank McCoy al límite y a un Bobby Drake que intenta encontrarse a sí mismo en mitad del desastre.

El expresionismo de Jorge Molina frente a las tiranías de la grapa mensual
El pulso interno del grupo funciona con una naturalidad asombrosa, especialmente cuando la serie explora la ambigua fascinación que los jóvenes sienten hacia Magneto, reconvertido aquí en un sutil y peligroso mentor en las sombras. Sin embargo, la colección acusa las costuras y los peajes de la política editorial de la Marvel de la época, obsesionada con la doble publicación mensual. El libreto sufre arritmias evidentes al intentar estirar subtramas para rellenar páginas y al asimilar con calzador los restos del Universo Ultimate tras Secret Wars, introduciendo a un Jimmy Hudson (el hijo de Lobezno) cuya presencia se siente más como una imposición de los despachos que como una necesidad orgánica del relato. Por fortuna, el apartado gráfico amortigua cualquier bache narrativo gracias a un Jorge Molina absolutamente espectacular. Su trazo limpio, enérgico y de una elegancia anatómica envidiable dota a cada mutante de una identidad visual inmediata, convirtiendo las secuencias de acción en coreografías de una vibración cinética impecable. Aunque los inevitables relevos en los lápices a cargo de Ray-Anthony Height y Ramón Bachs resientan la consistencia visual del tomo debido a la brusquedad del cambio de estilo, el listón impuesto por Molina blinda el interés del arco.

Veredicto: un refugio humano para los iconos de Marvel
X-Men Blue: Lo más extraño no supuso la revolución estructural que la franquicia mutante demandaba a gritos antes de la llegada de Jonathan Hickman, pero el paso de los años le ha sentado mejor que a la mayoría de sus contemporáneas. Ha envejecido con dignidad porque recordó una máxima que la editorial olvida con alarmante frecuencia: la Patrulla X siempre funciona mejor cuando sus integrantes operan como personas heridas antes que como símbolos políticos, soldados de infantería o piezas intercambiables de un gran evento veraniego. Cullen Bunn y Jorge Molina localizaron un núcleo de honestidad y corazón en un puñado de juguetes rotos del pasado atrapados en un presente hostil que no los quería recibir. Un cómic imperfecto en su ritmo, pero sumamente honesto en su ejecución.





