James Blake sonaba como si llegara del espacio. Este es el disco con el que aterrizar: Trying Times

Si has seguido la trayectoria de James Blake con alguna atención —y conviene que lo hayas hecho, porque pocas carreras en la música de los últimos quince años han trazado una línea tan nítida entre lo que existía antes y lo que vino después—, sabes que el hombre lleva desde 2010 construyendo el mismo personaje: el genio hecho de vacío, la voz que parece llegar de otra galaxia, el productor que convierte el silencio en arquitectura. Overgrown, The Colour in Anything, Assume Form: discos que suenan como si su autor no habitara exactamente el mismo plano que el resto de los mortales. Trying Times, su séptimo álbum de estudio, publicado el 13 de marzo de 2026 en Good Boy Records —su propio sello, después de dejar Polydor/Universal en abril de 2024—, es la primera vez en toda esa carrera en que Blake parece de aquí. Completamente, humana, irremediablemente de aquí.

La independencia le sienta bien. No porque la libertad produzca necesariamente mejores discos —la historia de la música está llena de artistas que salieron de las majors y se perdieron sin la estructura— sino porque en este caso específico ha funcionado como un permiso: el de dejar de existir «en el fondo de mi propio cuadro», como él mismo lo ha descrito, y funcionar finalmente como mensajero. Hay más guitarra que nunca en Trying Times, más influencia de Jeff Buckley y de Oasis de lo que nadie habría predicho después de sus trabajos anteriores, y menos procesado vocal de ese tipo que hacía que la voz sonara como si llegara de detrás de un vidrio. La voz está aquí, entera, encima de todo. El resultado es un disco que en ‘Walk Out Music’ te recibe con una balada de soul espacial que funciona como declaración de intenciones, y en ‘Death of Love’ —primer single, publicado en enero— incorpora el London Welsh Male Voice Choir y una muestra de un canto hebreo de Leonard Cohen para hablar de la falta de empatía en el discurso online. La metáfora que usa Blake es la de las abejas que se alimentan de flores de plástico. No es sutil. Funciona igualmente.

La convivencia de registros es, según el momento, la mayor fortaleza y el único problema real del álbum. Cuando funciona —y funciona en más sitios de los que la crítica más escéptica le ha reconocido—, la mezcla de R&B clásico con electrónica futurista y esa nueva honestidad instrumental produce momentos que tienen algo de Radiohead en su etapa Kid A cruzada con algo que no se parece a nada anterior. ‘Rest of Your Life’, con una muestra de Dusty Springfield transformada en euforia house, es uno de los mejores temas del año de cualquier género. ‘Days Go By’ convierte los breakbeats en pop de ciencia ficción con una naturalidad que requiere que no se note el esfuerzo. ‘Doesn’t Just Happen’, con Dave, es el punto donde Blake más directamente toma prestado de bell hooks para construir una canción sobre el amor como práctica deliberada —no como sentimiento que ocurre, sino como decisión que se renueva—, y es también el momento del disco donde la letra sostiene el peso que la música le pide. Cuando no funciona, son los temas donde el comentario sociopolítico llega antes que la canción: algunas letras cruzan la línea entre el diagnóstico incómodo y la proclama, y Blake no siempre tiene la melodía suficiente para sostener lo que está diciendo.

Trying Times llegó al número tres en los álbumes del Reino Unido —su posición más alta en la historia, con el noventa por ciento de las ventas de la primera semana procedentes de tiendas independientes de discos— y fue recibido como el regreso de un artista que había estado perdido durante un tiempo sin que nadie supiera exactamente dónde. Lo que no estaba perdido era el talento; lo que faltaba era la voluntad de no esconderse. Este disco no se esconde. Tiene los defectos de los discos que no se esconden: algún exceso de honestidad, alguna canción que habría sido mejor con treinta segundos menos, algún momento de autoindulgencia que en la era de la major habría quedado en el suelo de la sala de montaje. Pero tiene también algo que no tenía ninguno de sus predecesores: la sensación de que el hombre que lo firma está realmente ahí dentro. Aterrizó. Y el disco es mejor por eso.