Céline Dion no estaba en el Titanic. Que eso no te impida creértelo: Titanique

Titanique empezó en 2017 como un concierto de una noche en Los Ángeles. Llegó a Nueva York en 2022, en la pequeña sala Daryl Roth de Off-Broadway, y se quedó casi tres años seguidos. Ganó el Olivier Award en Londres. Y en abril de 2026 abrió en el St. James Theatre de Broadway con el tipo de historial que normalmente se escribe hacia atrás, desde el fracaso hasta la reivindicación, pero que en este caso va en la única dirección que le queda. El concepto, por si todavía no te lo han contado, es el siguiente: Céline Dion interrumpe una visita guiada a un museo del Titanic y reclama que ella estuvo allí, que Jack y Rose y todo lo demás son su historia, y que la versión verdadera —la que incluye sus mayores éxitos como banda sonora de los últimos instantes del barco— es la que está a punto de narrar. Es un punto de partida que en manos equivocadas sería un sketch de cinco minutos. En manos de Tye Blue, Marla Mindelle y Constantine Rousouli —los tres co-creadores del espectáculo, lo que significa que la estrella ayudó a construir la trampa en la que va a caer— es noventa minutos de algo que tarda en arrancar pero que, cuando lo consigue, justifica cada segundo del trayecto.

La narradora más gloriosa de la temporada no necesita que le crean para que funcione

El dispositivo dramatúrgico que sostiene Titanique tiene una trayectoria más respetable de lo que la lentejuela del cartel sugiere: la narradora que se apropia de una historia ajena —que desplaza la voz autorizada, que ocupa el centro de un relato donde no tenía nombre propio— es uno de los gestos más fértiles de la dramaturgia de los últimos cincuenta años, desde la reescritura del mito clásico visto por el perdedor hasta el musical contemporáneo que descentra el héroe para darle espacio al coro. Lo que el espectáculo hace con Céline Dion es, en realidad, una operación dramática más antigua y más seria que la purpurina con la que la envuelve. La gracia añadida es que el dispositivo necesita el formato jukebox para funcionar de verdad: si Jack muere en los brazos de Rose con My Heart Will Go On de fondo es porque esa es la gramática emocional que el público lleva instalada desde 1997, y el espectáculo la explota con una conciencia exacta de cuándo utilizarla para la emoción genuina y cuándo para el remate cómico. Titanique está permanentemente actualizado —las referencias al presente, a la cultura popular de la semana, al último episodio de lo que sea que el público de la primera fila lleva en el teléfono— y esa permeabilidad al momento no es falta de rigor sino parte de la propuesta: el espectáculo entiende que su público no quiere contemplar algo fijo sino reconocerse en lo que está viendo. Es, en ese sentido, más autoconsciente de lo que aparenta y más inteligente de lo que la definición de parodia permite prever.

Marla Mindelle se inventó una Céline Dion que ya es mejor que el original

No es que Mindelle imite a Céline Dion. Es que construye una versión de Céline Dion que es más Céline Dion que la propia Céline Dion en su momento más Céline Dion: esa lógica de la caricatura que lleva al sujeto más allá de sí mismo, y que en manos de una actriz con menos presencia resultaría agotadora antes de terminar el primer número. Mindelle la ejecuta con una entrega física que incluye tocar el violín, sobrevivir a coreografías demenciales y sostener el tipo frente a mil setecientas butacas que en Off-Broadway eran ciento setenta. Que la transición de escala no la haya roto es uno de los méritos más notables del conjunto. Jim Parsons como Ruth, la madre de Rose —un papel que la lógica del espectáculo dicta que sea interpretado por un hombre en vestido porque por supuesto que sí—, produce la parada de espectáculo de la temporada: un berrinche escalado sobre un cartón de Carol Channing que hace que la sala entera olvide brevemente dónde está. Layton Williams como El Iceberg —que es, literalmente, el iceberg, sí— tiene el número más inesperado del musical y una presencia escénica que justifica por sí sola el Olivier que ya tiene en el bolsillo. Melissa Barrera en su debut en Broadway y Deborah Cox tienen momentos vocales que el espectáculo tiene la inteligencia de reservar para cuando el público ya está suficientemente entregado al disparate: el contraste hace que esos instantes de canto genuino aterricen con más peso del que tendrían en un contexto de seriedad convencional. Es una decisión dramatúrgica más calculada de lo que el caos escénico circundante deja ver.

El camp tiene historia y este musical sabe cuál es, aunque los primeros veinte minutos no lo parezca

La palabra camp se usa habitualmente como sinónimo de algo que no se toma en serio a sí mismo. Es una confusión que Titanique deshace con su sola existencia. El camp en su versión más sofisticada no es la ausencia de intención sino una intención diferente: una manera de relacionarse con la teatralidad que elige el exceso como lenguaje en lugar de la contención, y que tiene una genealogía tan larga y tan legítima como cualquier otra corriente de la práctica escénica. Lo que Blue y su equipo han construido en Broadway es un espectáculo que habita ese registro con convicción real, sin la distancia irónica de quien no acaba de atreverse a ser exactamente lo que dice que es. El primer reparo honesto es que los veinte minutos iniciales —el set-up de Céline contando chistes antes de que el barco zarpe— son más lentos de lo que el material requeriría, y que el ritmo que hace grande al espectáculo tarda en aparecer con una parsimonia que, precisamente en el arranque, puede confundir a quien no sabe lo que tiene por delante. El segundo reparo es más filosófico y aplica a cualquier producción que hace el salto de la sala íntima al gran teatro: algo de la electricidad entre el escenario y el patio de butacas se disipa cuando la distancia se multiplica por diez. El diseño de Tye Blue lo gestiona con más habilidad que la mayoría —los actores entran por la platea, la cuarta pared se rompe de manera sistemática, el espectáculo invade el espacio del público antes de que el público haya terminado de acomodarse—, pero quien vivió el espectáculo en sus años de Off-Broadway en una sala donde el Atlántico casi rozaba la primera fila tiene razones para sentir que este es un animal diferente. Sigue siendo un animal excelente. Solo que con la jaula más grande, y con la plena conciencia de que la jaula más grande es exactamente a lo que siempre aspiraba llegar.