Todo el océano del mundo no alcanza para disimular que faltan las canciones: Vaiana 2
El año en que Vaiana regresa al cine en live-action, el personaje ha decidido que el océano tampoco le basta y que hay más pantallas por conquistar —algo que esta semana cualquiera que pase cerca de una cartelera puede comprobar—, lo cual convierte esta segunda entrega en la pieza central de un universo en expansión que no siempre ha tenido claro si expandirse era lo que necesitaba. Vaiana 2 llega con la promesa de más: más destinos, más tripulantes, más dios antagonista, más islas hundidas que rescatar. Lo que no llega con más es lo que más importa. La primera Vaiana fue un musical en sentido estricto —sus canciones estructuraban el relato, avanzaban los personajes y eran, por sí solas, razón suficiente para sentarse en una butaca—; esta secuela es una película de animación que también tiene canciones, que no es lo mismo. El matiz importa. Lo que hay debajo de él es toda la diferencia entre un clásico y su continuación.

La animación llega adonde la narrativa no consigue
Hay cosas que Vaiana 2 hace mejor que casi cualquier película de animación de su cosecha, y todas tienen que ver con el agua. La animación oceánica de la primera entrega ya era técnicamente impecable; la de esta secuela la supera en escala y en detalle, con secuencias de tormenta que reproducen la física del oleaje con una fidelidad que convierte la butaca en algo parecido a la proa de un barco, y con criaturas bioluminiscentes —la ballena tiburón que guía a Vaiana en las profundidades, las anguilas de luz que pueblan las islas sumergidas— que pertenecen a esa categoría de diseño de animación que justifica por sí solo que esto llegara a las salas en lugar de quedarse en el sofá donde nació. El mundo polinesio que la saga ha construido se amplía aquí con una coherencia visual que el guion no siempre acompaña: hay una llegada a una isla tropical al atardecer que es, sencillamente, una de las imágenes más bonitas que Disney Animation ha producido en años. El problema es que esa imagen no hace avanzar nada que importe, y la diferencia entre un plano bello como decorado y un plano bello como emoción es exactamente la diferencia que Vaiana 2 no siempre entiende. El océano se puede mirar. La historia tiene que sentirse.

Loto, Kele y Moni se suben al barco. El guion no sabe qué hacer con ellos
La secuela introduce una tripulación nueva: Loto, artesana con talento para construir embarcaciones en tiempo récord; Kele, un anciano agricultor cuya relación con la tierra le concede un acceso casi místico a los ciclos naturales; y Moni, un contador de historias cuya función narrativa es, paradójicamente, la más ambigua de las tres. Los tres son personajes con posibilidades que el guion no desarrolla porque en cien minutos, con varios destinos que cubrir y una amenaza que establecer, presentar y resolver, la tripulación funciona como comparsas antes que como compañeros de viaje. La excepción es Simea, la hermana pequeña de Vaiana, cuya incorporación tiene el calor humano que los otros tres no consiguen transmitir. El antagonista, Nalo —un dios de la tormenta cuya presencia hundió Motufetu, la isla que Vaiana tiene que devolver al mundo—, aparece y desaparece sin terminar de construir la amenaza que su escala prometía. Matangi, una bruja atrapada en una almeja gigante que actúa como guía y obstáculo a partes iguales, es el personaje más interesante de los nuevos, y el guion la abandona demasiado pronto. Maui, por su parte, pasa la mayor parte del metraje separado de Vaiana, lo que elimina la dinámica que fue el corazón emocional de la primera película. Los directores han querido construir un ensemble. Lo que han construido es una soledad disfrazada de multitud.

Cinco episodios de Disney+ disfrazados de película de cine
Vaiana 2 comenzó su vida como una serie de streaming y la decisión de convertirla en largometraje teatral se tomó relativamente tarde en el proceso. Las costuras de ese cambio son visibles en la estructura del resultado: hay momentos en que la película parece terminar y volver a empezar, episodios autocontenidos que funcionan como unidades independientes antes de conectarse con el arco principal, una resolución que cierra lo suficiente como para que el espectador salga satisfecho pero deja suficientes hilos sueltos como para que el de al lado ya esté preguntando cuándo llega la tercera parte. Nada de esto sería tan problemático si las canciones funcionaran al nivel que la franquicia había establecido. No funcionan. Abigail Barlow y Emily Bear, las compositoras que han tomado el relevo de Lin-Manuel Miranda, entregan una banda sonora técnicamente correcta y emocionalmente plana: hay una canción de presentación, hay un momento de crisis musical, hay un tema de resolución, y ninguno de ellos se queda contigo al salir de la sala. La primera Vaiana tenía canciones que su público sabía de memoria antes de llegar a casa. Esta entrega tiene canciones que su público habrá olvidado antes de llegar al parking. La diferencia entre ambas películas es, en el fondo, esa: una es un musical; la otra es una película con música. Vaiana 2 es, con todo, lo suficientemente entretenida como para no decepcionar a quien entre sin expectativas excesivas, y lo suficientemente bella como para que la pantalla grande no sea un esfuerzo en vano. Lo que no es, y lo que cualquier secuela de una película de ese nivel necesitaría ser, es imprescindible.





