Carles Porta y el crimen perfecto: cómo un periodista acabó explicando la obsesión por el ‘true crime’

Durante décadas, la crónica de sucesos en España ocupó un rincón periférico y un tanto incómodo dentro de la cultura popular. Estaba omnipresente en los quioscos, los informativos de sobremesa y las tertulias de bar, pero rara vez se le otorgaba el estatus de producto cultural de prestigio. Consumíamos el crimen con una indisimulada culpa burguesa, casi con el mismo pudor con el que se hojea una revista de cotilleos en la sala de espera del médico.

Entonces emergió la figura de Carles Porta. El periodista leridano no inventó la pólvora; no fue el primero en narrar crímenes ni el único en hacerlo con rigor. Sin embargo, poseía una clarividencia inédita en nuestro panorama: entender que detrás de cada sumario judicial, de cada cinta de precinto policial y de cada misterio sin resolver latía algo infinitamente más poderoso que el propio morbo del delito: la psicología de las personas implicadas.

Este año 2026 se está consolidando como el cénit absoluto de su trayectoria. Mientras Disney+ saborea el impacto de Abandonados —una desgarradora investigación en clave humana sobre tres hermanos que buscan reconstruir su árbol genealógico cuatro décadas después de ser desamparados en una estación de tren—, Atresplayer lanza 33 días, la que supone la primera e intensísima incursión de Porta en el terreno de la ficción televisiva pura. Dos artefactos formales aparentemente opuestos que, no obstante, comparten un mismo código genético: la obsesión por radiografiar las consecuencias emocionales antes que los titulares amarillistas.

La montaña de Tor como el gran laboratorio humano

Mucho antes de que el espectador medio devorara plataformas de streaming de forma compulsiva, Porta ya había tropezado con el ecosistema que definiría su caligrafía como narrador. La mítica montaña de Tor no era un simple expediente de la crónica negra de los Pirineos; era una tragedia rural con ecos de William Faulkner. Un pueblo aislado por la nieve, trece casas, tres muertes y un laberinto de codicia, herencias cruzadas, contrabando y viejas rencillas vecinales que se prolongaron durante generaciones.

La lección que Porta extrajo de aquel valle marcó su hoja de ruta para el posterior nacimiento de Crims: cuanto más claustrofóbico y minúsculo es el escenario, más universales y reconocibles resultan las miserias humanas que alberga. El crimen se convertía en una mera percha narrativa para ejecutar una autopsia de la condición humana.

Esa fórmula desprovista de sensacionalismo es la que explica por qué miles de usuarios consumen sus relatos sabiendo de antemano el veredicto del juez; el valor de su marca no reside en desvelar el enigma del whodunit, sino en descifrar el mecanismo psicológico que empuja a un ciudadano corriente a cruzar la línea de no retorno.

El autor que miró a los ojos a la edad de oro de Netflix

Existe la falsa percepción general de que la fiebre global por el true crime es un invento de las factorías de Silicon Valley. Si bien es cierto que colosos del entretenimiento digital sacudieron el mercado global con fenómenos de la talla de Making a Murderer o The Staircase, Porta ya llevaba años puliendo la sobriedad y el respeto al dolor de las víctimas desde las televisiones públicas. La diferencia estriba en el tiempo que tardó el mercado español en asimilar el género como alta cultura.

Hoy el panorama está saturado de recreaciones hiperbólicas. Las plataformas compiten de forma encarnizada por convertir cada fosa común o cada crimen pasional en el tema de conversación de la semana. En mitad de esa jungla de producciones clónicas, el sello de Porta sobrevive intacto gracias a una militancia muy clara: el rechazo absoluto a la espectacularización de la muerte. Donde otros directores buscan el plano más escabroso de la autopsia, él busca la mirada del investigador exhausto o el silencio elocuente de un familiar. Su trinchera no es la del espectáculo; es la de los autores.

El salto a la ficción y el enigma de la identidad

La madurez del creador se hace evidente al observar la naturaleza de Abandonados. La docuserie esquiva los tropos habituales del género: no hay asesinos en serie en busca y captura, no hay persecuciones policiales ni juicios mediáticos. Lo que queda es un doloroso y bellísimo tratado sobre la búsqueda de la identidad y las sombras familiares. Porta ha entendido que las heridas de un secreto familiar pueden ser tan fascinantes y cinematográficas como el mejor de los thrillers.

Por otro lado, su desembarco en la ficción con 33 días (que ficciona la célebre y caótica fuga de los presos Brito y Picatoste en el año 2001) responde a una evolución natural. Tras pasar media vida constreñido por los límites del documento y la veracidad del archivo, la dramatización le permite arañar verdades íntimas a las que el periodismo de datos jamás podría acceder. No se trata de un divorcio con el true crime, sino de una inteligente expansión de sus fronteras. Al final del día, los nombres cambian y los sumarios se archivan, pero el espejo que Carles Porta coloca frente a nuestras propias oscuridades sigue devolviéndonos el reflejo más honesto y perturbador de nosotros mismos.