Dioses oscuros, dragones simbiontes y heavy metal cósmico: Crítica de ‘King in Black’
Con Marvel preparando para este mismo verano el desembarco de Queen in Black —una suerte de secuela espiritual dispuesta a explorar las secuelas del legado de Knull dentro del Universo Marvel—, resulta obligatorio regresar al evento que convirtió al dios de los simbiontes en una de las mayores amenazas cósmicas de la editorial. Más allá de si Donny Cates terminó cayendo o no en los excesos habituales del cómic-evento moderno, lo cierto es que King in Black logró algo que muy pocos macrocruces contemporáneos consiguen: sentirse como la culminación real y orgánica de una historia que llevaba años construyéndose en la sombra.

Cuando Marvel decidió confiarle el Apocalipsis a Venom
La miniserie actúa como la conclusión directa de toda la mitología que Cates fue sembrando en la cabecera de Venom desde 2018. Lo que comenzó como una reinterpretación ambiciosa del origen de los simbiontes desembocó aquí en una invasión apocalíptica total, con Knull —el dios primordial de la Oscuridad— llegando a la Tierra acompañado por un ejército de dragones dispuesto a sumir el planeta en una noche eterna. Es una propuesta tan exagerada como suena, pero su gran acierto es que, a diferencia de otros crossovers donde el protagonista es intercambiable, esta sigue siendo, en esencia, una historia íntima de Eddie Brock. Incluso con los Vengadores, los X-Men, los Cuatro Fantásticos o Spider-Man cayendo en combate, el foco emocional jamás se desvía de la relación entre Eddie, su hijo Dylan y el propio legado simbiótico.
El primer número es un puñetazo en la mesa memorable. La llegada de Knull, la caída inmediata de las grandes defensas de la Tierra y la asfixiante sensación de derrota absoluta transmiten de inmediato que el Universo Marvel se enfrenta a una fuerza verdaderamente imparable, desplegando un ritmo casi cinematográfico. En el apartado gráfico, Ryan Stegman firma aquí el trabajo de su vida. Sus páginas convierten cada aparición del villano en una portada de disco de death metal hecha viñeta: dragones gigantescos cubriendo el cielo de Manhattan, horizontes devorados por la negrura y héroes reducidos a simples siluetas desesperadas. El colorista Frank Martin eleva la apuesta mediante una paleta soberbia, donde los negros absolutos conviven con explosiones de rojos viscerales, azules eléctricos y blancos cegadores.

El peaje del exceso y la ley del ‘cliffhanger’
Sin embargo, a medida que la miniserie avanza, el macroespectáculo empieza a cobrarse sus primeras víctimas narrativas. Cuanto más crece la escala del conflicto, menos profundidad demuestra tener Knull, quien termina funcionando más como una fuerza de destrucción abstracta e imponente que como un antagonista verdaderamente complejo. Estructuralmente, el segundo número sufre un bache de ritmo evidente, ralentizando el avance de la trama central mientras mantiene a gran parte de los héroes fuera de juego a la espera de la inevitable contraofensiva.
Por suerte, el ecuador de la saga recupera el pulso gracias a una cadena ininterrumpida de momentos imposibles marca de la casa: revelaciones cósmicas, regresos espectaculares, sacrificios heroicos y cliffhangers diseñados específicamente para dejarte con la boca abierta al cerrar la grapa. Pocas firmas manejan el espectáculo de masas como la de Cates, cuyo principal talento es transformar conceptos absurdamente excesivos en hitos extrañamente emocionantes. Para exprimir la experiencia al máximo, eso sí, conviene saltarse la morralla de cruces secundarios y acudir directos a las grapas de Venom #31-35, que expanden el viaje emocional de Eddie, o al divertidísimo tie-in de Black Cat a cargo de Jed MacKay, que maneja el caos de la invasión con una frescura superior a la de la propia serie troncal.

Veredicto: El último gran testamento de una era
El desenlace sigue siendo un elemento divisivo. Para el lector que busca contención, ver a Eddie Brock ascender a un nuevo estatus cósmico y derrotar al dios de la oscuridad utilizando de golpe el martillo de Thor, la tabla de Silver Surfer y el propio Sol puede resultar una resolución excesiva que diluye la tensión previa. Pero para quien acepte las reglas del juego, el quinto número es la apoteosis perfecta: King in Black nunca pretendió ser elegante, contenida o más inteligente de lo que realmente es. Funciona como un brutal blockbuster apocalíptico y un homenaje gigantesco a una etapa irrepetible.
Vista hoy con la perspectiva del tiempo, se percibe como uno de los eventos más honestos y representativos de la Marvel reciente. No posee la complejidad temática de House of X ni la precisión arquitectónica de los mejores trabajos de Jonathan Hickman, pero entendió su naturaleza desde el primer segundo. Cuando Stegman desataba su oscuridad viviente sobre el papel y Cates pisaba el acelerador sin intención alguna de frenar, la serie demostraba una cualidad que escasea en el cómic de superhéroes moderno: la capacidad de divertirse sin complejos siendo exactamente lo que es. Y eso es una victoria moral por KO.





