Truenos, porros y nostalgia noventera — Reseña de ‘Ted’ (Temporada 1)

Cuando se anunció que Ted, el oso de peluche más malhablado del cine, daría el salto a la televisión en formato precuela, muchos arqueamos una ceja. ¿Era necesario estirar el chicle de una fórmula que ya en Ted 2 daba síntomas de agotamiento? Tras devorar los siete episodios de esta primera temporada en Peacock (disponible en España a través de SkyShowtime), la respuesta es un «sí» rotundo, pero con matices. Seth MacFarlane no ha inventado la rueda, pero ha recordado cómo hacerla girar a toda velocidad mientras escupe fuego.

El ‘Wonder Years’ de los malhablados

Ambientada entre 1993 y 1994, la serie nos sitúa en Framingham, Massachusetts. Aquí conocemos a un John Bennett adolescente (un Max Burkholder que clava la esencia de Mark Wahlberg sin caer en la parodia barata) y a un Ted que, tras su momento de gloria mediática, es un juguete roto —literalmente— obligado a ir al instituto.

La genialidad de esta temporada no reside en sus tramas —que reciclan tropos clásicos de la sitcom como el primer porno, el baile de promoción o las peleas con el matón de turno—, sino en la dinámica familiar de los Bennett. El reparto es, sencillamente, oro puro:

  • Scott Grimes (Matty): El padre veterano de Vietnam, ultraconservador y absurdamente irritable. Sus diálogos son lo más parecido a las primeras temporadas de Padre de Familia que hemos visto en años.
  • Alanna Ubach (Susan): La madre ingenua y dulce que eleva cada escena con una vis cómica basada en la bondad extrema.
  • Giorgia Whigham (Blaire): La prima universitaria progresista que sirve de contrapunto moral y cerebro del grupo. Es, probablemente, el personaje mejor escrito de la serie.

Un ‘Padre de Familia’ con piel de peluche

Lo que diferencia a esta serie de las películas es su formato. MacFarlane utiliza la estructura de la comedia de situación de los 90 para meter cargas de profundidad de humor negro, escatología y crítica social. Es una sitcom de acción real que se siente como un dibujo animado. Los episodios, que rondan los 40-50 minutos, se permiten el lujo de divagar en gags absurdos (como el camión de juguete que cobra vida o el incidente del perro en Vietnam) que en una película habrían sido recortados.

El humor camina constantemente por el filo de la navaja. Se mete con la religión, con la política y con las convenciones sociales de los 90, pero lo hace con una honestidad brutal. Hay corazón debajo del pelaje de Ted; la relación entre los «Thunder Buddies» se siente real, y ese vínculo es el que evita que la serie sea solo una sucesión de chistes de penes y marihuana.

Conclusión: El regreso triunfal de MacFarlane

La primera temporada de Ted es una carta de amor al humor políticamente incorrecto que parece estar en peligro de extinción. No es apta para pieles finas, pero si creciste con las mejores épocas de Stewie Griffin o te reíste con la primera película de 2012, esta serie es un banquete. Es grosera, es ruidosa, es absurdamente larga para ser una comedia… y es, milagrosamente, divertidísima.

Es el mejor trabajo de MacFarlane en la última década dentro de la comedia pura. Olvídate de la madurez de The Orville; aquí hemos venido a ver a un oso de peluche fumando en un bongo y dándonos lecciones de vida cuestionables.