Jason Momoa y la épica de un Hawái olvidado: Crítica de ‘El gran guerrero’ (Chief of War)

A veces las cosas pueden ser muy simples. O nos gusta que lo sean. A grandes rasgos, podríamos decir que ‘El gran guerrero’ es un cruce genético entre See y Shogun, solo que cambiando los samuráis por guerreros polinesios y el japonés por el hawaiano. Una asociación directa, cómoda y, sobre todo, muy vendible. Pero tras el estreno en Apple TV+ este pasado agosto de 2025, queda claro que la serie que ha parido Jason Momoa busca algo más que ser un simple «spin-off» espiritual de sus anteriores éxitos.

Momoa no solo protagoniza; aquí ejerce de creador, guionista y hasta director, poniendo su estatus de estrella al servicio de una historia que le toca las raíces. El resultado es una producción de una factura técnica irreprochable que destaca por su respeto casi litúrgico hacia la cultura de las islas, aunque a veces ese mismo respeto la vuelva más contenida de lo que nos gustaría.

Autenticidad frente a espectáculo

Lo primero que entra por los ojos es la ambición estética. Apple no ha escatimado en gastos para recrear el Hawái de finales del siglo XVIII, un archipiélago dividido en reinos en guerra permanente mucho antes de que las camisas de flores y el turismo devoraran su identidad. La serie nos presenta a Kaʻiana (Momoa), un jefe de Maui que, tras viajar por el mundo, regresa a casa con una verdad incómoda: el peligro real no son las tribus vecinas, sino los barcos de «caras pálidas» que asoman por el horizonte cargados de pólvora y avaricia.

Es de agradecer que la serie apueste por el idioma original (‘ōlelo Hawai’i’) en gran parte de su metraje. Es un movimiento arriesgado que nos obliga a leer subtítulos pero que eleva la experiencia a otro nivel de inmersión. Sin embargo, en esa búsqueda de la autenticidad, la narrativa a veces se siente un poco modosa. Mientras que Shogun era un mecanismo de relojería política y Juego de Tronos una explosión de giros salvajes, El gran guerrero se queda en un punto medio: es sólida y eficaz, pero le falta ese «punch» de epicidad desatada que el físico de Momoa suele prometer.

El dilema del pacificador

La serie brilla cuando se ensucia. Los combates son brutales —hay ecos de la crudeza de Apocalypto— pero el verdadero motor es la política. La unificación de las islas bajo el mando de Kamehameha I no se presenta como un cuento de hadas, sino como una campaña sangrienta llena de traiciones y dilemas morales. Kaʻiana es un guerrero que huye de la guerra, un hombre que entiende que la tecnología occidental va a cambiar las reglas del juego para siempre.

Junto a él, destaca una Luciane Buchanan que se come la pantalla como Kaʻahumanu, aportando una visión necesaria sobre el papel de la mujer en una sociedad rígidamente patriarcal. Y, por supuesto, tener a Temuera Morrison como el tiránico jefe Kahekili es siempre una garantía de carisma y amenaza latente.

Conclusión: Un viaje que merece la pena, a pesar de los baches

¿Es El gran guerrero la obra maestra definitiva de Momoa? Quizás no. A ratos se siente cohibida, como si tuviera miedo de desafiar las convenciones del drama histórico de gran presupuesto. Hay momentos de CGI algo flojos que sacan de la atmósfera y el ritmo puede resultar lento para quien busque una ensalada de mamporros constante.

Pero, a pesar de sus inseguridades, es una serie necesaria. Es un acto de justicia poética que una plataforma global de el micrófono a una lengua que estuvo a punto de extinguirse. No es solo un drama de tipos musculosos con lanzas; es una reflexión sobre la soberanía, la colonización y la pérdida de la inocencia de un paraíso que nunca volvió a ser el mismo. Puede que no llegue a las cotas de excelencia de sus competidoras más refinadas, pero tiene algo de lo que muchas carecen: alma y verdad.