A estas alturas, intentar hacer algo «nuevo» con Sherlock Holmes es como intentar inventar la rueda cuadrada: o eres un genio o te pegas un castañazo histórico. El detective del 221B de Baker Street ha sido perro, ratón, superhéroe de acción con la cara de Robert Downey Jr. y hípster repelente con la de Cumberbatch. Ahora, Amazon Prime Video y Guy Ritchie nos traen la versión «post-adolescente y rebelde» en El joven Sherlock.
¿El resultado? Una mezcla entre Skyfall, un anuncio de colonia cara y un fan-fiction de los que se escriben en Wattpad a las tres de la mañana.

Guy Ritchie en su zona de confort (pero sin pasarse)
Ritchie, que ya se conoce el universo Holmesiano de memoria, decide aquí bajar las revoluciones de su habitual montaje epiléptico para darnos algo más… ¿íntimo? Bueno, todo lo íntimo que puede ser un Sherlock de 19 años que parece recién salido de una pasarela de Milán. Hero Fiennes Tiffin interpreta a un Holmes crudo, sin filtros y con una alarmante falta de disciplina, que se ve envuelto en una conspiración en Oxford que huele a sociedades secretas y traumas familiares.
Lo más sorprendente de esta propuesta no es la dirección —que cumple con sus habituales planos detalle y ritmo ágil—, sino el guion de Matthew Parkhill. Olvidaos de Watson. Aquí el compañero de fatigas es, redoble de tambores, James Moriarty (Dónal Finn).

Elemental, mi querido… ¿Enemigo?
La serie juega la carta del «origen del villano» de manual. Ver a Holmes y Moriarty como colegas de universidad es un movimiento arriesgado que busca esa tensión trágica de quien sabe que estos dos acabarán despeñándose por las cataratas de Reichenbach. La química entre Tiffin y Finn funciona, sorprendentemente, mejor que el misterio central. Mientras Sherlock es el genio impulsivo, Moriarty es el cínico embaucador. Es un bromance con fecha de caducidad que mantiene el interés cuando la trama conspiranoica se vuelve demasiado densa.

Una familia para el psiquiatra
Donde la serie realmente intenta sacar pecho es en el retrato de la familia Holmes. Con Joseph Fiennes y Natascha McElhone como los padres, y un Max Irons como un Mycroft que parece más un matón de élite que un burócrata sedentario, la ficción insiste en que Sherlock no es un genio por azar, sino por trauma. La muerte de su hermana Beatrix planea sobre toda la temporada como el verdadero motor de su obsesión.
Sin embargo, a veces la serie no sabe si quiere ser un thriller adulto o una aventura juvenil tipo Enola Holmes. Esa indecisión tonal hace que pasemos de una escena de tortura psicológica a un chiste gamberro en menos de lo que tarda Sherlock en deducir qué has desayunado.

Veredicto: ¿Necesitábamos otro Sherlock?
El joven Sherlock es entretenida, visualmente elegante y tiene un reparto secundario de lujo (ver a Colin Firth siempre es un plus). Pero no nos engañemos: es una pieza más en el infinito museo de adaptaciones que no termina de definir su propia identidad. Se queda en un punto medio entre la energía de las películas de Ritchie y la introspección de la serie de la BBC.
Lo mejor: La química entre Sherlock y Moriarty y la ambientación de un Oxford oscuro y peligroso.
Lo peor: Un tono irregular que a veces peca de excesivamente juvenil y un misterio central que se desinfla hacia el final.




