‘El campeón’: el Metropolitano era de primera y el guion, de Segunda

Ayer La maleta llegó a los cines con Carlos Therón en los créditos, y ese estreno invita a mirar hacia atrás: a El campeón, la película que el director lanzó en Netflix en julio de 2024 y que se convirtió en número uno de la plataforma en España en menos de una semana. El éxito de audiencia —real, documentado, de los que alimentan el discurso de que Netflix sabe lo que quiere— no la convierte automáticamente en buena película. El campeón es, en sus mejores momentos, el retrato más honesto que el cine español ha hecho del mundo del fútbol profesional contemporáneo desde dentro: con el Cívitas Metropolitano, con la iconografía real del Atlético de Madrid, con el tipo de acceso que normalmente exige una negociación corporativa de meses. Es también, en sus peores, una historia de superación personal tan predecible que el espectador puede adelantar cada giro con veinte minutos de antelación. Que las dos cosas coexistan en 106 minutos dice tanto de las virtudes de la película como de sus límites.

El psicólogo que le explica la vida al futbolista

El guion de Joaquín Oristrell y Joan Gual adapta Il campione, una película italiana de 2019 en la que el esquema es exactamente el mismo: el futbolista conflictivo, el mentor improbable, la resistencia inicial, el vínculo paulatino y la revelación mutua de que los dos personajes tienen más en común de lo que parecía. Es una estructura con décadas de uso y desgaste encima, y la adaptación española no aporta ninguna fricción que la renueve. Diego —Marcel Serrano, músico debutante en ficción cinematográfica— es un futbolista de veinte años que acaba de recibir el galardón al mejor jugador joven de Europa y que encadena el hito con un cabezazo a un rival que le vale una sanción. El club contrata a Álex —Dani Rovira, deliberadamente contenido— para que le ayude a reconducir el comportamiento. Los dos tienen que aprender a entenderse.

El problema del guion es que sabe exactamente adónde va desde el primer fotograma y no tiene ni el interés ni la confianza de apartarse del camino. Diego y Álex se caen mal, luego se respetan, luego construyen algo parecido a la amistad, y en el tercer acto un tercero —el padre y representante de Diego, convertido en villano sin un gramo de ambigüedad— destruye el equilibrio para que la película pueda resolverlo en la final de la liga. Ninguna de estas cosas es un error por sí sola: son convenciones. El error es tomarlas como un destino y no como un punto de partida. La película toca el tema de la salud mental del deportista de élite —el aislamiento, la presión institucional, el miedo a no ser suficiente— con la suficiente ligereza como para que nunca aterrice, nunca pese, nunca obligue al espectador a sentarse con incomodidad ante algo que no conocía. Es una película que sabe de qué podría hablar si eligiera hacerlo.

Lo que el estadio da y el guion no puede quitarle

El campeón tiene acceso al Cívitas Metropolitano, y eso no es un detalle: es el activo de producción más valioso de la película y uno de los más raros en el cine español. Rodar en el estadio real del Atlético de Madrid —con la iconografía del club, con las gradas vacías y llenas según el momento, con el tipo de cercanía institucional que transforma la ficción en algo que tiene el olor del original— le da a la película una textura de autenticidad que ningún presupuesto puede fabricar en un estadio de cartón piedra. Hay planos que funcionan por esa razón y solo por esa razón: la escala del espacio hace que el cuerpo del espectador sienta algo que el guion no le ha ganado por méritos propios.

El problema es que los efectos visuales que completan las escenas de partido —los planos que reconstruyen el estadio lleno, el fútbol en movimiento, las jugadas de mérito— acusan una factura técnica que rompe la ilusión en los momentos en que la película más la necesita. El acceso real al estadio convive con una producción televisiva en las secuencias de acción deportiva, y ese contraste revela una de las debilidades centrales de la película: la brecha entre lo que se consiguió y lo que se pudo hacer con ello. La dirección no encuentra soluciones elegantes para disimular la distancia. Es un problema presupuestario tanto como de ejecución, pero el efecto es el mismo: la película parpadea entre el realismo de las escenas de vestuario y la artificialidad de las escenas de juego, y ese parpadeo es exactamente el tipo de inconsistencia que le impide al espectador entregarse sin reservas.

Therón y el partido que no se termina de ganar

Carlos Therón es un director que sabe cómo funciona la comedia española de plataforma: Lo dejo cuando quiera, Es por tu bien, Fenómenas son productos de entretenimiento competente que conocen a su audiencia y le dan lo que busca. El campeón es su primer intento serio de cruzar al drama deportivo con un material más frágil de lo que parecía sobre el papel, y la grieta entre los dos modos no siempre se cierra. La película oscila entre el tono ligero —que le permite a Rovira desplegar el timing que le es natural— y el registro del drama de personaje, con transiciones que ocurren demasiado rápido para que el cambio de temperatura sea creíble.

Rovira hace algo genuinamente interesante con Álex: construye un psicólogo con ansiedad social, torpe en sus propios vínculos, que tiene que enseñarle a otro lo que él mismo no ha terminado de aprender. Cuando la película le da espacio para eso, funciona. Cuando el guion lo convierte en el mentor funcional de un esquema que ya está escrito, el personaje pierde lo que lo hacía específico. Serrano tiene presencia física —la contextura, el movimiento, algo de la arrogancia descuidada de un chico que ha sido admirado desde niño— pero le falta el peso interior para los momentos en que el personaje exige mostrar la fractura. La química entre los dos protagonistas es el corazón que la película necesitaría tener, y es precisamente lo que más le cuesta: la amistad llega porque el guion la programa, no porque el espectador la vea crecer.

El campeón fue número uno en Netflix y funcionó como tenía que funcionar: como entretenimiento accesible para una tarde de viernes, con el Atlético de Madrid de fondo y la promesa de un final emotivo que cumple lo que promete sin sorprender a nadie. Lo que le falta es la ambición de ser más que eso, de usar lo que tenía —la producción, el acceso, dos actores con algo que dar— para llegar a un sitio donde no todas las películas de fútbol pueden llegar. El Metropolitano estaba ahí. El guion no llegó.