‘Leonide the Vampyr’: cuatro fábulas góticas que prefieren el escalofrío al argumento

El punto de partida de Leonide the Vampyr es también la clave para leer lo que contiene: en octubre de 2021, Rachele Aragno publicó en redes sociales el boceto de una niña vampiro, Mignola lo vio, le escribió, y de esa imagen surgió todo lo demás. No es un detalle menor de producción sino la descripción exacta de lo que es el libro: un proyecto que arranca del poder de un dibujo y que confía en ese poder durante las cuatro historias que ahora reúne la edición en tapa dura de Dark Horse. Miracle at the Crow’s Head, A Christmas for Crows y los dos números de The House of Yonda son, en ese orden, la llegada, el invierno, el origen y el final provisional de una vampira que el lector no termina de entender del todo, lo cual es exactamente lo que la serie necesita para funcionar.

Aragno, Dave Stewart y la niña que parece inocente porque conviene que lo parezca

El arte de Rachele Aragno opera en el espacio que comparten Edward Gorey y Emily Carroll: figuras de apariencia amable con algo que no encaja, diseños que transmiten una amenaza que no nombran, ambientaciones que se comportan como personajes. Su Leonide es una niña de colmillos apenas visibles —Dave Stewart le da la piel blanquecina y casi enfermiza de algo que no debería estar vivo— que llega en ataúd a la orilla de un pueblo costero europeo y encanta a todo el que la mira, excepto al obispo que sabe lo que está mirando. Que esa dualidad funcione cómic tras cómic sin agotarse es mérito del diseño del personaje: Aragno entiende que la amenaza de Leonide no es la violencia sino la fascinación, y que la fascinación se dibuja con cuidado del encuadre y no con sangre en las paredes.

Dave Stewart sostiene esa lógica con una paleta que cambia de temperatura según lo que la historia necesita: los colores fríos y costeros de Miracle at the Crow’s Head, el gris fantasmal de A Christmas for Crows, el rosa onírico —casi de cuento de hadas para adultos— con que la planta de Leonide crece en The House of Yonda y que se enfría exactamente cuando el sacerdote antagonista aparece en escena. El libro es también, en buena medida, un argumento sobre el color como herramienta narrativa: Stewart lleva décadas siendo el estándar de la coloración en el cómic norteamericano y aquí trabaja en el registro que más le favorece, que es el de la atmósfera antes que el de la acción.

Cuatro historias, tres tiempos y la arquitectura de una fábula en lugar de un relato

Miracle at the Crow’s Head funciona como una parábola de pueblo: unos ancianos piden deseos, una niña llega en ataúd y el pueblo se alegra, el obispo ve lo que nadie quiere ver, el precio llega. La estructura es la de las fábulas morales de la tradición oral —tan próxima a la que Mignola maneja desde los primeros años de Hellboy— pero en manos de Aragno el tono es más encantado que sombrío, y esa temperatura levemente diferente es lo que convierte a Leonide en algo propio antes que en un eco del universo ya conocido del autor. A Christmas for Crows lleva esa lógica al terreno del cuento navideño de fantasmas —con Dickens como referencia de atmósfera más que de estructura— y consigue que la oscuridad del material sea compatible con la ligereza del personaje: Leonide celebra la Navidad con los fantasmas de su pasado con una actitud que no es exactamente malicia ni exactamente inocencia sino algo entre las dos que la serie tampoco necesita definir.

The House of Yonda, los dos números finales del volumen, es donde la colección adquiere más profundidad y también donde se percibe con más claridad la diferencia entre lo que es y lo que podría ser. El Doctor Hanz planta una semilla hallada en el ataúd de Leonide, la semilla crece con su sangre, y la planta lo arrastra en una visión hacia el Castillo Yonda —hogar ancestral de una familia de vampiros cuya historia el libro revela con parsimonia— y hacia un final que el número dos resuelve con la gramática del romance gótico: una boda, una transformación, una enredadera, los últimos planos dibujados por el propio Mignola en un cambio de registro visual que funciona como señal de que la historia ha llegado a otro nivel. El sacerdote que ha perseguido a Leonide desde el principio queda sin resolver en la última viñeta, lo cual o es un loose end o es la promesa de que hay más. La diferencia entre las dos lecturas es la que separa una conclusión de un punto y seguido.

Mignola escribe en el idioma de Aragno y eso cambia la textura de su escritura

Lo más interesante de Leonide the Vampyr en el contexto de la carrera de Mignola como escritor no es que sea buena —lo es— sino que es diferente: el proyecto nació de un dibujo ajeno y Mignola ha escrito en él hacia donde ese dibujo señalaba en lugar de hacia donde suelen señalar sus propios proyectos. El resultado es un Mignola más liviano, más cercano al cuento que al mito, con personajes que en sus propias series acostumbran a tener el peso psicológico de las figuras del folclore y que aquí son deliberadamente más ligeros porque Leonide necesita personajes a su alrededor que no le roben protagonismo. Que ese movimiento le funcione bien al guionista no es tan evidente como parece: escribir con economía hacia la atmósfera en lugar de hacia la narración requiere una confianza en el dibujante que no todos los guionistas tienen y que Mignola, en este caso, demuestra de principio a fin.

La reunión de las cuatro historias en un solo volumen hace visible algo que los números sueltos no podían mostrar con tanta claridad: que el conjunto tiene más coherencia de lo que el formato fragmentado sugería. La línea que va de la llegada al pueblo costero hasta la boda en el Castillo Yonda es una línea con lógica, y el material de sketchbook que cierra el libro añade contexto sobre el proceso de diseño de un personaje que llegó como boceto y que en este volumen ya tiene, en algún sentido, un arco. El libro se publicó el 13 de octubre, a tiempo para Halloween, y ese dato también dice algo sobre lo que es: el tipo de obra que cumple exactamente con lo que promete, que no es poco.