Silicon Valley tiene exactamente los monstruos que se merece: The Audacity (AMC)

AMC lleva tiempo intentando encontrar su sucesor espiritual de Breaking Bad, y The Audacity —estrenada en abril con tres episodios simultáneos y renovada para una segunda temporada antes incluso de que los primeros capítulos llegaran al público— es la apuesta más sólida en mucho tiempo. La serie de Jonathan Glatzer sigue a Duncan Park, CEO de una empresa tecnológica de Silicon Valley cuya estrategia para gestionar un escándalo de explotación de datos personales consiste, básicamente, en empeorar activamente la situación. La acompaña JoAnne Felder, su terapeuta de rendimiento, que ha cometido el error de dejar que sus límites profesionales se erosionen lo suficiente como para ser cómplice de lo que viene. Ocho episodios de gente horrible tomando decisiones horribles con una energía que resulta imposible de dejar de mirar.

La herencia de Succession

El currículo de Glatzer explica mucho de lo que The Audacity hace bien y de lo que no termina de resolver. Succession, Bad Sisters, Better Call Saul: la lista de series en las que ha trabajado es la de alguien que sabe que los antihéroes funcionan mejor cuando se les concede complejidad interna antes que condena externa. Ese enfoque está en el ADN de The Audacity, donde la cámara observa a sus personajes con la frialdad de quien lleva años estudiando cómo la gente con poder racionaliza lo que hace. Los diálogos tienen la precisión de alguien que ha leído suficientes declaraciones corporativas como para saber qué suena a verdad y qué suena a postura jurídica, y hay escenas —sobre todo las que implican a Duncan frente a su consejo de administración— en las que la comedia negra funciona con una eficiencia que hace que el resto de la televisión de 2026 parezca torpe en comparación. El problema es que esa frialdad a veces se convierte en distancia: Glatzer describe con exactitud pero raramente perfora.

Tres actores, una empresa en llamas

Donde la serie no tiene fisuras es en su elenco. Billy Magnussen construye a Duncan con una gama que en otros actores habría resultado excesiva: el mismo personaje puede ser patético, carismático, amenazante y absurdo en el plazo de una misma conversación, y Magnussen lo transita sin que la costura se note. Sarah Goldberg —JoAnne, la terapeuta que sabe exactamente lo que está haciendo y sigue haciéndolo— hace algo más difícil todavía: convierte una cómplice voluntaria en alguien cuya lógica interna entiendes incluso cuando te resulta insoportable. La revelación del reparto, sin embargo, es Zach Galifianakis. Aquí no hay nada del hombre-niño que lo hizo conocido: su personaje es cansado, más oscuro, alguien que lleva demasiado tiempo dentro del sistema como para seguir sorprendiéndose de lo que el sistema hace. Es una actuación de precisión en un registro que Galifianakis no había habitado antes, y resulta ser exactamente lo que la serie necesitaba para no quedarse solo en parodia.

Una sátira que llega demasiado pronto a sus conclusiones

El límite de The Audacity es el mismo que el de toda sátira que decide que conocer el problema equivale a haberlo analizado. La serie sabe que Silicon Valley es un ecosistema de codicia, que los datos personales son la nueva materia prima, que los directivos de tecnología se han construido una narrativa de mesianismo para no tener que llamar a las cosas por su nombre. Lo sabe desde el primer episodio y no deja de saberlo a lo largo de los ocho. Los personajes no evolucionan tanto como escalan: cada capítulo añade un nuevo desastre sin que la comprensión de quiénes son esas personas se profundice demasiado. En 2026, además, la ficción tiene el problema de que la realidad del sector tecnológico supera cualquier cosa que un guionista haya podido imaginar, lo que hace que algunos momentos diseñados para provocar incredulidad simplemente provoquen reconocimiento. The Audacity es mejor como estudio de personajes que como sátira de industria, y en sus mejores momentos —los que giran en torno a la dinámica entre Duncan y JoAnne— es realmente buena. El resto del tiempo hace exactamente lo que promete: ser fascinante y desagradable en partes iguales, y esperar a que eso sea suficiente. Casi siempre lo es.