Lo que Meryl Streep no pudo hacer, Dolores Fonzi sí: La casa de los espíritus (Prime Video)

La película de 1993 era buena en muchas cosas y fallaba en una esencial: Jeremy Irons interpretando a Esteban Trueba, Meryl Streep como Clara del Valle y Glenn Close como la tía Férula eran actores perfectos dentro de una producción que olía a Europa y sonaba a Hollywood en cada uno de sus fotogramas. Isabel Allende había escrito un libro sobre Chile, sobre América Latina, sobre una familia cuya violencia y cuyos fantasmas son inseparables de la tierra en la que viven, y la adaptación de Bille August lo había convertido en una epopeya de época para el mercado internacional. Treinta y tres años después, Prime Video estrena una miniserie de ocho episodios íntegramente rodada en Chile, creada por los directores Andrés Wood y Francisca Alegría, con un reparto latinoamericano en todos sus roles principales y con la propia Allende como productora ejecutiva. La pregunta ya no es si esta versión es mejor que la anterior. La pregunta es cuánto mejor.

La primera vez que Esteban Trueba habla con acento propio

La decisión de rodar íntegramente en Chile con un reparto latinoamericano no es solo un gesto de coherencia geográfica: es la condición sin la cual el material de Allende no puede respirar del todo. La finca de Las Tres Marías, la dictadura que llega al final como resultado lógico de décadas de violencia acumulada, los fantasmas que Clara ve como quien ve el tiempo: todo eso tiene una textura específica que requiere actores que no estén traduciendo el texto desde fuera sino habitándolo desde dentro. Andrés Wood —responsable de Machuca y Violeta se fue a los cielos— aporta la solidez clásica de quien sabe contar Chile sin subrayarlo; Francisca Alegría trae la mirada más contemporánea y más arriesgada de sus propios trabajos. La tensión entre esas dos sensibilidades se nota en la miniserie y no siempre es un problema: en sus mejores momentos, La casa de los espíritus tiene la densidad visual de Wood y la audacia de Alegría al mismo tiempo, y el siglo de historia que atraviesa —la lucha por el sufragio, la revolución, el golpe— encuentra un escenario que por primera vez pertenece al relato en lugar de ilustrarlo.

Dolores Fonzi, Alfonso Herrera y el peso de tres generaciones

Dolores Fonzi interpreta a Clara del Valle en sus años adultos con la convicción de quien lleva el personaje en el cuerpo, no en el texto. La actriz argentina —que en la etapa joven de Clara cede el paso a Nicole Wallace con una fluidez que no siempre se consigue cuando el mismo personaje tiene dos intérpretes— construye una mujer cuya relación con lo sobrenatural no es un rasgo excéntrico sino una manera de estar en el mundo que la diferencia fundamentalmente de todos los que la rodean. Alfonso Herrera como Esteban Trueba tiene la misión más difícil de la serie: hacer que un hombre que hace cosas imperdonables siga siendo humano, siga siendo alguien cuya caída no produzca satisfacción sino algo más complicado. Lo consigue. Maribel Verdú, Fernanda Castillo como Férula y Fernanda Urrejola —que además es co-guionista de la serie— completan un reparto en el que no hay eslabón débil visible, y la arquitectura generacional de la novela, que en la película de 1993 se sentía comprimida, tiene aquí el espacio necesario para que cada salto en el tiempo cueste algo.

El riesgo que la serie no se permite

Lo que La casa de los espíritus hace bien, lo hace muy bien. Lo que no hace es arriesgarse. La miniserie tiene la pulcritud de quienes saben que están adaptando una obra canónica con su propia autora en la sala y que cualquier decisión heterodoxa tendrá un precio, y ese cálculo se nota: hay una tendencia al academicismo, a la belleza administrada, a respetar el texto de una manera tan escrupulosa que el texto no termina de explotar en pantalla. El realismo mágico de Clara —sus poderes, su relación con los muertos, la forma en que la serie trata lo sobrenatural— está presente pero manejado con una cautela que resulta paradójica en una obra que precisamente habla de dejar entrar lo inexplicable. Y la saga de tres generaciones, que en la novela se lee como un torrente, tiene en la serie momentos en que el salto temporal hace que las relaciones no lleguen a pesar lo que deberían pesar. La casa de los espíritus es la mejor adaptación que se ha hecho de Isabel Allende, lo cual no es poca cosa. Es también una serie que, para quien haya leído el libro, deja la sensación de que podría haber sido más valiente. Las dos cosas son simultáneamente ciertas, y convivir con esa contradicción es, al final, parte de lo que significa haberse sentado a verla.