Una aventura intergeneracional con músculo visual y espíritu Spielberg: ‘Atrapa la bandera’
Atrapa la bandera se estrenó el 28 de agosto de 2015, tres años después de la primera aventura de Tadeo Jones y dos antes de la segunda, en el hueco exacto que la franquicia dejaba libre en el calendario veraniego de la animación española. Enrique Gato dirige con el mismo equipo habitual —Jordi Gasull, Javier Barreira y Neil Landau en el guion, Ikiru Films e Lightbox Entertainment en la producción, Telecinco Cinema y Telefónica Studios en el respaldo financiero, Paramount en la distribución— pero con un encargo diferente: demostrar que la animación española que él mismo había contribuido a construir con Tadeo Jones era capaz de generar personajes originales más allá del obrero con complejo de Indiana Jones. Para hacerlo, visitó centros de la NASA en Houston y Cabo Cañaveral, obtuvo el asesoramiento técnico de Michael López-Alegría y del astronauta Alan Bean —el cuarto hombre en pisar la Luna—, y construyó una historia sobre un niño de doce años que viaja clandestinamente al espacio para salvar la bandera que el Apolo 11 plantó en la superficie lunar. El resultado ganó los premios más importantes de la industria española. También recaudó la mitad de lo que había recaudado Tadeo Jones.

Un niño americano en el espacio y la pregunta que nadie hizo en voz alta
Mike Goldwing tiene doce años, sus padres son astronautas de la NASA y su abuelo fue astronauta antes que ellos. Es, en todos los sentidos posibles, un personaje americano: vive en el universo del programa espacial estadounidense, su conflicto central gira en torno a la bandera del Apolo 11, el villano que tiene que derrotar es un multimillonario texano llamado Richard Carson que quiere reclamar la propiedad de la Luna para extraer Helio-3, y las referencias culturales que salpican el guion —desde los chistes sobre Bill Gates y Steve Jobs hasta la alusión a Stanley Kubrick— tienen el perfil de una producción que ha decidido que su mercado natural no es España sino el mundo de habla inglesa. La decisión tiene su lógica industrial: uno de los hitos que el equipo de producción registra con orgullo es que Atrapa la bandera fue el primer filme internacional y animado en proyectarse en el cine de la NASA en Houston, lo que da idea de en qué mercado estaban pensando cuando diseñaron el protagonista. El problema con esa lógica es que Tadeo Jones era un albañil de Cornellà con una mochila de scout y un sueño descomunal, y esa especificidad era exactamente lo que lo hacía universal. Mike Goldwing es universalmente genérico: el niño valiente con familia disfuncional y mascota colorida —Igor el camaleón— que el género de animación de aventuras produce en serie. Que el modelo funcione es indiscutible. Que funcione peor que el original es la consecuencia de haber cambiado la particularidad por la ambición de mercado.

El abuelo Frank y el corazón que la película encuentra cuando deja de perseguir al villano
Lo más interesante de Atrapa la bandera no es la carrera lunar ni la conspiración de Helio-3: es el personaje del abuelo Frank, el astronauta que no llegó a pisar la Luna porque algo salió mal en el momento decisivo y que lleva décadas cargando con esa ausencia. El diseño visual de Frank —con rasgos que Gato calibró para evocar a Clint Eastwood sin llegar a la caricatura— da al personaje una solidez que el protagonista adolescente no alcanza, y los momentos en que el guion detiene la acción para dejar que Mike y Frank compartan el peso de lo que el abuelo no ha contado son los mejores de la película: los únicos en que Gato hace lo que sabe hacer cuando trabaja con materiales que le importan, que es bajar el ruido y dejar que la escena respire sin que el ritmo la empuje hacia el siguiente gag. La reconciliación familiar que la película construye sobre ese silencio es genuinamente emotiva y habría sostenido un filme completo sin necesidad de la conspiración lunar que la rodea. Michelle Jenner, que repite después de Tadeo Jones, da a Amy González el perfil de la anti-princesa que el personaje se propone ser —más competente que el protagonista, más directa, menos dependiente del esquema dramático habitual— con la convicción que en la segunda entrega de Tadeo construiría una Sara Lavrof más autónoma. El problema no son estos personajes: es que la película no siempre sabe cuándo priorizarlos sobre la trama de acción que los rodea.

Dani Rovira como malo, tres premios en casa y lo que la taquilla anotó en el debe
La decisión de casting más notable de Atrapa la bandera es también la más reveladora de su estrategia: Dani Rovira, el actor más popular del cine comercial español de 2015 después del fenómeno de Ocho apellidos vascos, no interpreta al héroe sino al villano. Richard Carson III —la parodia del magnate tecno-libertario que quiere privatizar la Luna— sale de la boca de Rovira con una energía cómica que desborda el personaje y que es, en los momentos en que el guion lo permite, la razón más consistente para que los adultos de la sala estén prestando atención. Que sea el villano quien tenga la energía más reconocible del reparto dice algo sobre un guion que ha calculado mejor el atractivo de su antagonista que el de su protagonista. El Goya a Mejor Película de Animación llegó en 2016, seguido del Platino y el Gaudí, lo que convirtió a Atrapa la bandera en la primera película de Gato al margen de Tadeo Jones en conquistar el ciclo de premios que la franquicia había dominado desde 2013. La taquilla española fue de unos doce millones de euros —sólida para una producción de animación, inferior a los trece que había recaudado la primera Tadeo Jones en 2012—, y el estreno internacional se redujo a veinte salas en Estados Unidos, suficiente para confirmar que el salto al mercado anglosajón que el proyecto había diseñado desde su concepción no se produjo de la manera esperada. Atrapa la bandera es una película que funciona donde funciona Gato —en la emoción familiar, en los momentos de silencio antes del clímax, en la confianza técnica que la saga Tadeo había construido entrega a entrega— y que no resuelve el problema que la propia saga tampoco ha resuelto del todo: que para crear un personaje capaz de generar franquicia hace falta algo más que un niño, una mascota y un villano con buenas intenciones de parodia. Hace falta la rareza específica de alguien que no debería estar donde está haciendo lo que hace. Tadeo tenía eso. Mike Goldwing, no.





