‘Digger’, Tom Cruise se transforma y Alejandro González Iñárritu se repite
Hay dos películas dentro de Digger y las dos merecen existir; el problema es que Iñárritu solo dejó existir a una de ellas. La primera es la historia de un magnate petrolero texano llamado Digger Rockwell —gordo, envejecido, irreconocible bajo prótesis y maquillaje— que ha estado extrayendo petróleo en Groenlandia hasta que el desastre que él mismo generó amenaza con acabar con todo, y que entonces decide que la solución es él. Tom Cruise en ese personaje es una de las actuaciones más libres, más arriesgadas y más genuinamente divertidas de su carrera. La segunda película es el ensayo que Iñárritu escribió junto a Sabina Berman, Alexander Dinelaris y Nicolás Giacobone para asegurarse de que el espectador entiende que el magnate es una metáfora del capitalismo, que el petróleo es una metáfora del extractivismo, y que la catástrofe ecológica es, sorprendentemente, una metáfora de la catástrofe ecológica. Dos horas y diez minutos después, lo que queda es Cruise triunfando sobre un guión que no siempre lo merece.

Digger Rockwell y el mejor papel de Tom Cruise desde Magnolia
El personaje de Digger Rockwell es una figura construida sobre referencias que el cine americano ha convertido en arquetipos: el titanismo paranoico de Charles Foster Kane, la violencia irracional de Daniel Plainview, el empresario que confunde el poder económico con la certeza moral. Lo que Cruise hace con ese material es exactamente lo contrario de lo que se espera de él: no hay proezas físicas, no hay riesgo de muerte calculado al milímetro, no hay sonrisa de manual de estrellato. Hay un hombre que cree con total convicción que es la respuesta a todo, y Cruise lo juega desde dentro hacia fuera, desde la patética sinceridad de alguien que genuinamente no puede ver su propia monstruosidad.

La transformación física —el traje de relleno, el cabello canoso, los gestos de quien lleva décadas siendo el hombre más importante de la sala— no es un disfraz sino una herramienta. Cruise no se está escondiendo detrás de la caracterización: la está usando para soltar la imagen que treinta años de acción de alta gama habían construido. El resultado es liberador de una manera que pocas veces se aplica a los iconos de su talla. Riz Ahmed, en el rol de alguien que orbita el mundo de Rockwell con una posición que la película mantiene ambigua durante bastante tiempo, hace su trabajo con la eficiencia de quien sabe exactamente cuánto espacio tiene y no desperdicia ni un plano.

Iñárritu vuelve al inglés con VistaVision y sin freno
Digger es el regreso de Iñárritu al cine en inglés después de casi una década —El renacido fue en 2015, Bardo en 2022—, y su aspecto más llamativo no es el reparto sino la elección de rodar en VistaVision, el formato de pantalla ancha que Hollywood usó brevemente en los cincuenta y que aquí Iñárritu rescata para dar a las vastas extensiones glaciares de Groenlandia y a los interiores corporativos del protagonista la misma dimensión épica. Que un director asociado al dolor íntimo y a la cámara en la nuca decida hacer una comedia de proporciones catastróficas y la filme como si fuera un western del período clásico dice mucho sobre las ambiciones de la película y algo también sobre sus problemas.

El equipo de Birdman —Dinelaris y Giacobone— vuelve a colaborar en el guión, y eso trae ventajas evidentes: hay momentos en que el diálogo chispea con la precisión del teatro, en que dos personajes en una habitación generan más tensión que cualquier escena de efectos. John Goodman como el Presidente Compson —un hombre de Estado que lleva tanto tiempo cediendo al peso económico de Rockwell que ya no recuerda cuándo dejó de gobernar para empezar a ratificar— tiene exactamente ese tipo de material. El problema es que el guión no confía en que el espectador vea lo que ya está viendo. Cada vez que la película llega a un momento en que podría dejar respirar al personaje y a quien lo mira, alguien añade una línea que explica lo que acaba de ocurrir. La sátira que se explica a sí misma deja de ser sátira.

La catástrofe que Iñárritu no sabe cuándo dejar de subrayar
El síndrome que afecta a Digger tiene nombre clínico en el trabajo de Iñárritu: la misma incapacidad para confiar en que el espectador llegará solo al destino que convirtió Bardo en un ejercicio de autoflagelación ilustrada aparece aquí con distinto traje. En Bardo era la melancolía de la identidad. En Digger es la ironía del capitalismo depredador. En ambas, el director no puede terminar una escena sin asegurarse de que el significado ha quedado suficientemente claro como para que nadie lo pierda. El efecto acumulado de dos horas y diez minutos de esa pedagogía es el cansancio.

Sandra Hüller, Jesse Plemons, Michael Stuhlbarg y Emma D’Arcy están en el reparto con papeles que el guión nunca desarrolla hasta el punto en que sus cualidades sean necesarias. No es que sus personajes sean malos. Es que podrían no estar y la película sería exactamente la misma, lo cual es un derroche difícil de justificar cuando los cuatro son intérpretes en un momento de sus carreras en que cualquier director debería querer sacarles partido.

Digger es una película importante en la carrera de dos personas: la de Iñárritu, porque demuestra que puede hacer algo radicalmente distinto a lo que había hecho antes y que el instinto visual sigue siendo el de alguien para quien el cine es un lenguaje físico; y la de Cruise, porque demuestra que el actor que hay debajo del icono tiene mucho más recorrido del que treinta años de franquicias han permitido explorar. Que la película sea mejor que Bardo sin ser tan buena como lo que ambos pueden dar en su mejor momento no la condena. La sitúa. Y en el caso de Iñárritu, situar bien es siempre el paso anterior a algo que podría ser extraordinario.





