‘En el corazón de la bestia’, la película que Brad Pitt le regaló a un perro

Doce años después de Fury (2014), David Ayer y Brad Pitt vuelven a trabajar juntos y el escenario es exactamente el opuesto: en lugar de barro europeo y acero blindado, paisaje abierto, nieve y silencio. En el corazón de la bestia arranca con James Belmont, exoficial de las Fuerzas Especiales, estrellando su hidroavión en el interior de Alaska junto a Odin, su perro de combate. Lo que sigue son ciento un minutos de trekking, osos, lobos, puentes en descomposición y un brazo roto que no mejora: la película tiene el mecanismo de un reloj que solo sabe ir hacia adelante, añadiendo obstáculos con la lógica sistemática de quien ha decidido que el viaje es el punto, no el destino. El guion de Cameron Alexander llegó a la Black List en 2017 y tardó nueve años en encontrar su camino hacia la pantalla, lo que dice algo sobre la clase de película que es —demasiado austera para ser un blockbuster, demasiado cara para ser un drama— y también sobre por qué vale la pena haberla esperado. El resultado es una película que funciona mejor como relato emocional de lo que promete como thriller de supervivencia, y cuya mejor decisión es también la más amarga: Belmont muere. Odin llega a casa solo.

Ayer en el paisaje blanco

El Ayer que dirigió End of Watch, Fury o Bright es un cineasta que trabaja mejor en entornos cerrados —una ciudad de noche, una carretera, el interior de un tanque— donde la violencia tiene geografía precisa y los personajes están en negociación permanente con su espacio inmediato. Sacarlo de ahí y meterlo en Alaska —en la Alaska de mentira de Queenstown, Nueva Zelanda, pero Alaska al fin— produce un efecto de ralentización que la película tarda dos actos en decidir si es virtud o defecto. Lo que Ayer le da al material de Alexander es la declaración de intenciones que anunció en la producción: una narrativa austera y directa, sin concesiones. El problema es que «austero» puede significar cosas muy distintas dependiendo de si la película tiene algo que decirle al silencio. En el corazón de la bestia tiene una idea sobre el paisaje —Mauro Fiore, director de fotografía que convierte la naturaleza en algo hermoso e indiferente a la vez, que no es lo mismo que amenazante— y tiene una idea sobre el vínculo entre Belmont y Odin. Lo que no siempre tiene es una idea sobre qué le hace ese paisaje a ese hombre más allá de hacerle daño de maneras variadas. Los flashbacks de guerra que Ayer inserta para construir el pasado del personaje tienen el problema habitual de ese recurso: interrumpen una película que ya sabe moverse con lo que tiene y no añaden el peso que prometen.

El mecanismo del obstáculo

El guion de Alexander funciona como una lista de comprobación de la supervivencia en entornos extremos, con la honestidad de quien sabe que eso, bien filmado, es suficiente para mantener al espectador en movimiento. El accidente aéreo abre la película con la violencia seca que el género requiere; el cruce de un puente en descomposición sobre un barranco es la secuencia de tensión más lograda del metraje; el ataque del lobo que acaba infectando el brazo de Belmont y cerrando la ventana de su supervivencia tiene la clase de inevitabilidad que convierte un thriller en tragedia. El problema de la estructura es que cada uno de estos momentos existe de manera secuencial sin que la película construya entre ellos el tejido que los transformaría en algo más que obstáculos. Es una queja justa y también parcialmente injusta: hay películas que saben que son máquinas de suspense y las que lo olvidan suelen ser peores. En el corazón de la bestia sabe lo que es. El desenlace, sin embargo, le da razón a quien esperaba algo más: Belmont no sobrevive. Muere en algún punto de esa trayectoria de cincuenta y ocho millas imposibles, con el brazo infectado y la distancia todavía por delante, y Odin es el que llega al rescate solo. Es la única decisión verdaderamente subversiva de la película, y la más honesta sobre quién era siempre el personaje principal de este material.

Lo que Pitt y cuatro perros construyen

Brad Pitt tiene sesenta y dos años cuando filma esta película y lo que ofrece aquí es el tipo de trabajo físico y emocional que hace que la discusión sobre su vigencia como actor resulte innecesaria. Belmont no es un personaje complejo en el sentido psicológico —el guion no tiene demasiado interés en lo que hay dentro del hombre más allá de lo que demuestran sus acciones—, pero Pitt le da una presencia corporal que pocos actores de su generación podrían sostener durante un metraje donde hay más silencio que diálogo. J.K. Simmons aparece en la primera parte de la película con la funcionalidad que el guion le asigna y desaparece antes de que la historia empiece a pagarlo. Quien comparte el peso dramático de la película no es ninguno de los actores humanos sino los cuatro pastores alemanes —Uber, Seeka, Ryker y Hondo— que interpretan a Odin en distintas situaciones, con un nivel de coordinación y expresividad que hace que la pregunta sobre quién es el verdadero protagonista no sea retórica. En el corazón de la bestia es, en última instancia, una historia de amor entre un hombre y su perro en la que el amor se demuestra precisamente porque uno de los dos no llega a casa. Que el estudio haya comercializado eso como un thriller de supervivencia explica en parte por qué siete millones de dólares en taquilla no es lo que esperaban de una película que costó ochenta y dos.