‘Vengadores: Endgame’, la elegía que vale tres mil millones vuelve al cine

Marvel vuelve a poner Endgame en cines este fin de semana como preámbulo de Doomsday, y ese gesto involuntario de nostalgia industrial revela algo que en 2019 era difícil de calibrar con frialdad: que la película más taquillera de la historia del cine tiene mucho menos de epopeya y mucho más de funeral colectivo. Lo que los Russo pusieron en pantalla en tres horas y un minuto fue, debajo de todo el estruendo, una película sobre el duelo. Sobre lo que ocurre con las personas que sobreviven a algo que no deberían haber sobrevivido. Y sobre el hecho de que ninguna victoria sale gratis cuando quien la consigue ha aprendido que hay cosas que no pueden recuperarse.

Cinco años después, nadie está bien

El MCU había entrenado a su audiencia para esperar que los héroes caigan y se levanten, que el desastre sea siempre reversible y que la derrota sea un paréntesis antes del triunfo. La primera hora de Endgame rompe ese contrato de una manera que todavía sorprende al revisarla. Tony Stark vive en una cabaña aislada criando una hija. Thor malvive en un pueblo noruego entre cervezas y partidas de videojuegos, engordado y sin un dios al que rendir cuentas. Steve Rogers dirige un grupo de terapia para personas que perdieron a sus seres queridos en el chasquido. Natasha gestiona las operaciones de un mundo vacío desde un despacho en el que ya nadie llama. Son cinco años después del desastre, y no hay señales de recuperación. La película tiene la honestidad poco habitual de mostrar lo que queda cuando el héroe fracasa: no el preludio del contraataque, sino la vida que continúa de todas formas, encogida y sin gloria.

Esa primera hora —lenta, deliberada, casi antiheroica— es el fundamento sobre el que todo lo demás se apoya. Los Russo no podían haber rodado la batalla final sin ese prólogo. La épica necesita algo que proteger para tener sentido, y Endgame gasta el tiempo necesario en construirlo: la hija de Tony, el refugio de Thor, el duelo de Steve por una vida que no llegó a vivir. Markus y McFeely, que guionizaron también las dos películas del Capitán América de los Russo, saben que las emociones del espectáculo solo funcionan cuando tienen fundamento real. La rareza de esta entradilla —un blockbuster de cuatrocientos millones de dólares que arranca con un grupo de terapia— es lo que sostiene todo lo que viene después.

La máquina del tiempo como excusa sentimental

El viaje en el tiempo —el Quantum Realm, la teoría de Scott Lang, el plan que funciona porque no hay otra opción— es el mecanismo más inteligente que el guion podía haber elegido, y lo es por una razón que no tiene nada que ver con la física cuántica y todo que ver con la nostalgia. El atraco temporal lleva a los personajes de vuelta a los momentos álgidos de la franquicia: Nueva York 2012, Asgard 2013, Vormir. Lo que Endgame convierte en excusa argumental es, en realidad, un tour de despedida. Una manera de volver a ver los viejos lugares antes de que desaparezcan definitivamente. La audiencia no viaja atrás en el tiempo con los Vengadores: viaja atrás en el tiempo consigo misma, con doce años de MCU, con películas que vistas en retrospectiva son ahora documentos de una época.

Las inconsistencias temporales que los fans llevan debatiendo desde 2019 importan menos que ese efecto emocional. El viaje en el tiempo de Endgame no necesita ser lógico: necesita ser sentido. Que Tony le robe el Tesseract a su propio padre en un aparcamiento de los setenta, que Steve dance con Peggy Carter en 1948, que Nebula vea morir a su versión pasada a manos de su versión presente: todo eso es dramaturgia sentimental antes que ciencia ficción especulativa. El truco es que funciona en ambas dimensiones simultáneamente. Es suficientemente inventivo para no parecer trampa y suficientemente emocional para no parecer mecánica de videojuego. El momento en que Thor, borracho y roto en la Asgard de 2013, habla con su madre muerta minutos antes de que ella muera, es una de las escenas más puras de toda la saga: no requiere acción, no requiere efectos especiales, requiere que un hombre llore delante de quien más lo quería, y funciona.

El precio que solo uno puede pagar

Que Tony Stark muera al final de Endgame es el único desenlace que la película podía tener. No porque sea el sacrificio más obvio —durante años las apuestas señalaban a Steve Rogers— sino porque es el único que tiene sentido narrativo completo. Tony Stark empezó el MCU como el hombre que puso su nombre en todo, que construyó una armadura para no morir en una cueva afgana, que aprendió a ser generoso y nunca del todo terminó de aprenderlo. La frase que susurra antes de chasquear los dedos —»I am Iron Man»— cierra un círculo que empezó en 2008 con exactamente esas palabras dichas en una rueda de prensa, y esa simetría es el tipo de cosa que el cine de franquicia casi nunca consigue porque casi nunca tiene la paciencia de construirla durante una década.

La batalla final, que se prolonga cuarenta minutos con un CGI que el paso del tiempo ha dejado un poco desgastado en los bordes, gana o pierde según el vínculo emocional que el espectador haya construido con los personajes. Para quien llega desde cero, es probablemente ruido hermoso. Para quien lleva más de una década siguiendo estas historias, es la única conclusión que tiene derecho a ser este exceso: el espectáculo de todo el universo reunido, los muertos volviendo, los portales abriéndose, el escudo roto en el suelo. «Whatever it takes» no es solo el eslogan de la película: es su argumento de fondo. La pregunta de qué estás dispuesto a perder para salvar lo que quieres recorre toda la saga, y Endgame responde con la única respuesta honesta disponible. Tony Stark construyó una armadura para no morir y murió para que los demás pudieran vivir, y en esa contradicción reside el único tipo de heroísmo que este género ha conseguido hacer creíble alguna vez.