‘Miércoles (Wednesday)’, el personaje que desbordó su propia serie
El anuncio del nuevo montaje musical de La familia Addams en el Teatro Calderón de Madrid —con Natalia Millán como Morticia y estreno el 18 de septiembre— da la oportunidad de volver a la encarnación más popular que la familia ha tenido en mucho tiempo. Miércoles llegó a Netflix el 23 de noviembre de 2022, batió el récord de visualizaciones de la plataforma en su primera semana —trescientos cuarenta y un millones de horas, por encima de Stranger Things 4— y convirtió a Jenna Ortega en el nombre de la temporada. La serie que los showrunners Alfred Gough y Miles Millar construyeron alrededor del personaje de Charles Addams es, a la vez, una fórmula con sus limitaciones bien documentadas y el contenedor de una actuación que supera con creces lo que la fórmula exige.

El cuerpo como argumento
Jenna Ortega no es la primera actriz en interpretar a Wednesday Addams en pantalla —Christina Ricci la encarnó en las dos películas de Barry Sonnenfeld en los noventa, y en un gesto de intertextualidad que la serie se permite, Ricci aparece aquí como Marilyn Thornhill, la profesora de botánica con agenda propia—, pero es la primera en construir el personaje casi exclusivamente desde el lenguaje físico. Hay muy pocas actrices de su generación capaces de decir más con las manos y con la postura que con cuatro páginas de diálogo, y Ortega lo sabe: la Wednesday que habita esta primera temporada camina, mira, sostiene los silencios y ocupa el espacio de una forma que hace que el espectador entienda a la persona antes de que el guion se tome la molestia de explicarla.

El punto más documentado de esa elección es la escena del baile del cuarto episodio, que Ortega coreografió ella misma —y que rodó con COVID, dato que reveló después y que explica algo sobre su disposición a trabajar—. La canción utilizada es «Goo Goo Muck» de The Cramps; la canción que TikTok decidió sincronizar con ella fue «Bloody Mary» de Lady Gaga, que retornó a las listas de éxito dieciocho años después de su lanzamiento. El baile es extraño, discontinuo, diseñado para parecer improvisado, y se convirtió en el meme de fin de año de 2022 de una manera que ninguna estrategia de marketing habría podido fabricar. Que el momento más icónico de la serie haya sido creado por la actriz, no por la producción, dice todo lo necesario sobre quién lleva realmente el peso.

Tim Burton como escenografía
Tim Burton dirigió los cuatro primeros episodios de los ocho que componen la temporada. Su firma es reconocible desde el primer plano —la música de Danny Elfman, los figurines de Colleen Atwood, los negros tan densos que parecen tener textura propia— y la Academia Nunca Más, rodada en el castillo rumano de Cantacuzino, tiene exactamente la grandiosidad gótica que el personaje merece. Ningún director vivo tiene más credenciales para inaugurar visualmente este universo, y la coherencia estética de los episodios que dirige se nota en el contraste con los que no.

El problema, o la limitación que la serie comparte con parte del trabajo reciente de Burton, es que la estética no va acompañada de la oscuridad de la que esa estética era originalmente el vehículo. Miércoles es una historia de instituto sobrenatural con misterio a resolver y romance adolescente: está más cerca de Miss Peregrine que de Sweeney Todd, y el universo que Gough y Millar construyeron —la escuela de inadaptados, las casas según las habilidades, el calendar académico con sus rituales— debe más a Harry Potter que a cualquier tradición del terror. Burton pone la iluminación y los ángulos; los showrunners ponen la mecánica narrativa. La suma es funcional y a veces memorable, pero el resultado no es terror. Es drama juvenil con vestuario de terror, que no es lo mismo y que la serie no siempre tiene el coraje de admitir.

El algoritmo y la inadaptada
La paradoja central de Miércoles es que el personaje existe en tensión productiva con el producto que lo contiene. Wednesday Addams es, por diseño y por siglos de iconografía cultural, la que no encaja en ningún sitio, la que mira desde fuera con desprecio clínico hacia las convenciones que otros necesitan cumplir. La serie la instala en una escuela de inadaptados —para que haya conflicto, ella tiene que ser más inadaptada que los inadaptados— y convierte ese marco en el motor de una trama de misterio que la temporada no termina de resolver con elegancia. La revelación del villano y la mecánica del Hyde carecen de la sofisticación que la investigación ha prometido durante siete episodios, y el reparto secundario —salvo la Enid de Emma Myers, que tiene el mérito difícil de hacer simpática a la única persona que Wednesday tolera— funciona más como inventario de tipos que como personajes con vida propia.

Y sin embargo la serie acumuló ciento cincuenta millones de hogares en tres semanas y se instaló como el segundo fenómeno más visto de la historia de la plataforma en inglés. La explicación no es el algoritmo ni la campaña de marketing: es Jenna Ortega, que hace que Wednesday sea genuinamente imprevisible en cada escena, que hace que el espectador no sepa si el próximo movimiento será la crueldad o la vulnerabilidad, y que hace todo eso con la convicción de quien sabe que el personaje tiene más profundidad que el guion que se lo proporciona. No todas las temporadas de televisión tienen la suerte de que su protagonista sea mejor que la serie que protagoniza. Esta tiene esa suerte, y durante ocho episodios es suficiente.





