Absolute Carnage, Cates monta el horror y Marvel lo estira

Desde que Donny Cates se hizo cargo de Venom en 2018, cada número de su run funcionó como una pieza de una arquitectura más grande que casi nadie había visto trazar antes con tanta claridad en el cómic de superhéroes Marvel: la mitología de los simbiotes tenía un origen, tenía un dios, y ese dios —Knull, el forjador de simbiotes, la oscuridad antes de la luz— estaba despertando. Absolute Carnage es el evento de verano de 2019 que Cates construyó como detonante de esa llegada y que Ryan Stegman ilustró en un estado de forma que el cómic de superhéroes rara vez produce. El omnibus publicado en 2020 lo recoge todo: los cinco números principales, los diez títulos de tie-in con sus respectivos números, los episodios de Amazing Spider-Man y Venom que funcionan como pórtico, las páginas adicionales. Ochocientas ochenta páginas de un evento que es magnífico en su núcleo y desigual en su periferia, que sabe exactamente lo que quiere hacer con Cletus Kasady y que tiene una opinión mucho menos precisa sobre lo que hacer con Deadpool, Ghost Rider o la Capitana Marvel.

Knull en el horizonte, Kasady en el metro

El mecanismo central de Absolute Carnage es un hallazgo genuino: cualquier persona que alguna vez haya portado un simbionte ha quedado con un fragmento de él incrustado en la columna vertebral, un código que Cletus Kasady —resucitado por la Iglesia de la Nueva Oscuridad y reforzado con el simbionte Grendel— necesita recolectar para convocar a Knull desde su prisión cósmica. Esa premisa tiene la elegancia de un dispositivo que al mismo tiempo justifica la escala del evento —todo el universo Marvel estuvo en contacto con simbiotes en algún momento, de ahí los dieciséis títulos de tie-in— y le da a Kasady una motivación que no es solo matar por matar sino matar con propósito teológico. Dark Carnage no es el Carnage de Maximum Carnage, que mataba porque le gustaba. Este Carnage mata porque tiene fe, y eso lo convierte en algo más incómodo.

Cates escribe el miedo con precisión. La secuencia del metro en el primer número —Eddie Brock y su hijo Dylan expuestos, vulnerables, sin tiempo de prepararse— establece en veinte páginas una tensión que la mayoría de los eventos Marvel necesitan números enteros para montar. Ryan Stegman está en ese primer número en el mejor momento de su carrera: sus composiciones tienen la deuda correcta con el horror de cuerpo —simbiotes que se desprenden de las paredes como carne viva, la fisicidad de los enfrentamientos tratada con una brutalidad que los coloristas de Marvel rara vez se permiten, expresiones faciales que leen el terror antes de que nadie grite—. La relación entre Eddie y Dylan, que Cates ha construido durante meses en Venom, paga aquí su dividendo emocional: hay algo en juego que no es solo el mundo sino un padre intentando que su hijo sobreviva a la noche, y ese registro más pequeño dentro del desastre a escala cósmica es lo que separa Absolute Carnage de la mayoría de los eventos de su clase.

El clímax también acierta en lo que más importa. Eddie Brock bonificado con docenas de códices —Venom, Carnage, Riot, Agony, Lasher, Phage y todos los demás— no es fanservice sino consecuencia directa de la mecánica del relato. Y el último panel del número cinco, con Knull despertando porque Eddie acaba de matar a Dark Carnage y liberar los códices que lo contenían, es la mejor demostración de que Cates no está escribiendo un evento: está escribiendo el primero de dos actos de algo mayor.

Lo que el omnibus añade y lo que cobra entrada sin justificarlo

La decisión de compilar el evento completo en un solo tomo tiene una lógica comercial impecable y una experiencia de lectura más complicada. Leer ochocientas ochenta páginas en secuencia obliga al lector a enfrentar una verdad sobre los eventos de Marvel que la compra por episodios semanales tiende a suavizar: la calidad de los tie-ins no es uniforme porque no puede serlo, porque varios de ellos no nacieron de una necesidad narrativa sino de la lógica del catálogo.

Los que funcionan lo hacen porque encontraron algo que decir dentro de las limitaciones del formato. Absolute Carnage: Miles Morales es el mejor de todos porque Phillips escribe a Miles enfrentándose a Carnage sin la red de seguridad que tienen los héroes más establecidos, y la dignidad con la que el personaje maneja la infección simbionte tiene peso propio independientemente del evento principal. Absolute Carnage: Scream aprovecha la oportunidad para expandir la historia de las usuarias femeninas del personaje y el sacrificio de Patricia Robertson en la creación de una versión renovada del simbionte tiene resonancia genuina. Absolute Carnage: Lethal Protectors recupera el equipo anti-Carnage de 1993 —Iron Fist, Morbius, Cloak, Dagger, Deathlok, Firestar— con una economía narrativa que su breve extensión exige y que pocas miniseries de tie-in consiguen.

Enfrente, Absolute Carnage: Symbiote Spider-Man dedica sus páginas a una trama sobre un juez y White Rabbit que tiene con la serie principal una relación equivalente a la de un vecino que baja a ver qué pasa y vuelve a subir. Absolute Carnage: Captain Marvel resuelve la participación de Carol Danvers en el evento en una sola secuencia que parece diseñada por alguien que tenía que terminar el guion esa tarde. Son los tie-ins que el omnibus incluye porque el contrato era incluirlos todo, y que el lector de la edición de lujo paga con su tiempo.

El final que prometía más de lo que resolvía

El número cinco de Absolute Carnage es el eslabón más débil de los cinco. No porque sea malo —Stegman sigue siendo Stegman y Cates escribe el enfrentamiento final con competencia— sino porque el ritmo del cierre no está a la altura de los tres primeros números. El evento termina con varias líneas sin cerrar, con la sensación de que la historia real acaba de empezar justo cuando se acaban las páginas, y eso no es accidental: Cates estaba construyendo King in Black, el evento de 2020 donde Knull llega a la Tierra, y Absolute Carnage es en retrospectiva un prólogo extraordinariamente elaborado más que un relato autosuficiente.

Esa lectura hace que el omnibus tenga una personalidad algo extraña como objeto. No es un evento con principio, nudo y desenlace; es el primer acto de una historia en dos partes de la que King in Black es el segundo. Lo que el lector que llega al omnibus sin contexto recibe es una promesa magnífica —Stegman al máximo, Cates con la mejor mecánica de evento de los últimos años, el miedo tratado con la seriedad que el personaje de Carnage merece desde los años noventa— y un cierre que funciona más como teaser que como conclusión. El omnibus contiene eso y también los quince títulos satélite, algunos de los cuales añaden materia y otros añaden páginas, y la ecuación final depende de cuánta tolerancia tenga el lector para navegar ochocientas ochenta páginas sabiendo que el destino está en otro volumen.

Para quien llega con esa disposición, el tomo es indispensable. Donny Cates hizo algo que el cómic de eventos rara vez consigue: plantar mitología con raíces que aguantan el tirón, construir una amenaza que escala sin perder el foco en los personajes que la tienen que sobrevivir, y entregarle a Ryan Stegman un libreto que le permitió hacer el mejor trabajo de su carrera. Que el omnibus incluya también el equivalente en papel de merchandising de evento no es un defecto del libro: es un defecto del modelo editorial que el libro, al reunirlo todo, deja al descubierto.