Mufasa: El Rey León — Barry Jenkins inyecta sangre en la sabana digital

Hay algo de ironía poética en el hecho de que Disney haya confiado el origen de su monarca más sagrado a Barry Jenkins, el director que nos regaló la sensibilidad extrema de Moonlight. Tras el «experimento» de 2019, que nos dejó un Rey León visualmente asombroso pero emocionalmente inerte (un documental de National Geographic con voces de famosos), esta precuela/secuela llega para intentar responder a la gran pregunta: ¿pueden los algoritmos de fotorrealismo aprender a llorar?

La respuesta es un «sí» a medias, pero un «sí» mucho más rotundo que hace cinco años.

La tragedia de dos hermanos (que no lo eran)

La película nos lleva al pasado a través de Rafiki, quien le narra a Kiara (la hija de Simba) la verdadera génesis de su abuelo. Aquí es donde Jenkins y el guionista Jeff Nathanson se la juegan con un retcon (continuidad retroactiva) arriesgado: Mufasa no nació rey. Era un huérfano «sin una gota de sangre noble» que fue acogido por Taka (el futuro Scar).

Esta dinámica de hermandad elegida es lo mejor de la cinta. La química vocal entre Aaron Pierre y Kelvin Harrison Jr. logra lo que parecía imposible: que nos importe un carajo que Mufasa sea un «outsider» y Taka el príncipe legítimo. Ver cómo esa lealtad se va agrietando bajo el peso del destino tiene un tinte de tragedia shakesperiana que le da a la película una gravedad que su predecesora nunca rozó.

Expresividad vs. Taxidermia digital

El gran pecado del remake de Jon Favreau fue la falta de expresión facial; los leones cantaban sobre el ciclo de la vida con la misma cara con la que miran a una gacela muerta. Jenkins ha corregido el tiro. Sin abandonar el fotorrealismo, ha logrado que los ojos y los músculos faciales de los felinos transmitan asombro, dolor y miedo. Sigue resultando extraño —a ratos el valle inquietante nos saluda desde la maleza—, pero visualmente es un salto de gigante.

Mención aparte merece la música. Lin-Manuel Miranda tiene la tarea ingrata de competir con el fantasma de Elton John. Sus canciones no son himnos de karaoke instantáneos, pero tienen ese ritmo sincopado y esa inteligencia lírica que las hace crecer con cada escucha, integrándose mejor en la narrativa que en la banda sonora comercial.

Luces y sombras: El peaje de la franquicia

Sin embargo, no todo es rugido de gloria. La película sufre de un mal crónico del cine actual: la sobreexplicación. No necesitábamos saber el origen de cada cicatriz, ni cada alianza. A ratos, la película se siente como un «checklist» para fans, interrumpido constantemente por unos Timón y Pumba que, aunque cumplen su función de alivio cómico, rompen el tono íntimo y épico que Jenkins intenta construir en el pasado.

Esos cortes al «presente» con Kiara son el recordatorio de que estamos ante un producto de estudio diseñado para mantener viva la marca, más que ante una obra cinematográfica pura.

Conclusión

Mufasa: El Rey León es mucho mejor película de lo que tenía derecho a ser. Gracias a la mirada humanista de Barry Jenkins, esta precuela consigue alejarse de la frialdad del remake para ofrecernos una aventura emocionante sobre la identidad y la lealtad. No tiene la magia de la animación tradicional de 1994 —nada la tendrá nunca—, pero es un recordatorio de que, incluso en una galaxia de píxeles realistas, el corazón sigue siendo lo que mueve la cámara.