La máscara que todavía tenía ojos: Por qué el Spider-Man de Sam Raimi sigue siendo un milagro

Existe una versión del cine de superhéroes actual que se ha vuelto sumamente aburrida: un desfile de pantallas verdes, chistes metanarrativos para evitar que el espectador se tome en serio la función y universos colapsando bajo el peso de su propia burocracia comercial. Con las salas de cine devorando la última entrega de Brand New Day, la maquinaria industrial nos recuerda que el trepamuros es una mina de oro que nunca van a dejar de explotar. Pero hace veinticuatro años, cuando el género no era un monopolio sino un terreno por explorar, una película se atrevió a hacer algo más que fotocopiar viñetas. El Spider-Man que llegó a los cines en mayo de 2002 fue la película que Sam Raimi no pudo evitar filmar desde las entrañas, y lo que el cine ganó con ello fue el último gran mito pop hecho con artesanía y corazón.

El director de terror que entendió el dolor del perdedor

La elección de Sam Raimi para levantar el proyecto definitivo de Marvel generó en su día un escepticismo que hoy resulta ridículo. Venía de la serie B, del gore festivo de Evil Dead y del dinamismo de la comedia física más desatada. Pero lo que los comités editoriales no vieron venir es que Raimi compartía con Stan Lee y Steve Ditko la misma obsesión fundamental: que Peter Parker es interesante únicamente cuando sufre. El director aplicó su habitual ritmo sincopado y sus característicos planos holandeses no para buscar la espectacularidad vacía, sino para construir un melodrama clásico, casi deudor del cine de los años cincuenta. En sus manos, la transformación del héroe no es un empoderamiento gratuito, sino una maldición física y moral. La cámara de Raimi se mueve por las calles de Nueva York con la misma libertad con la que se movía por la cabaña del bosque, pero se detiene siempre en el rictus de culpa de un chaval que no sabe cómo pagar el alquiler.

La mirada cansada de un superhéroe de carne y hueso

El pilar central sobre el que se sostiene este milagro es Tobey Maguire, un actor que optó por no imitar los cánones del héroe de acción tradicional. Maguire construye a Peter Parker desde una timidez incómoda, casi dolorosa de ver, ofreciendo la actuación de alguien que comprende que el verdadero superpoder de Spider-Man es su capacidad para encajar los golpes cotidianos. Frente a él, Willem Dafoe devora la pantalla en una dualidad antológica. Su Norman Osborn no necesita de grandes retoques digitales para dar miedo; le basta con un espejo, una habitación vacía y la esquizofrenia teatral de un actor que sabe modular la amenaza real a través de una sonrisa desfigurada. La química melancólica entre Maguire y Kirsten Dunst sostiene la parte romántica con una verdad descarnada, alejada de los idilios perfectos de laboratorio. El beso bajo la lluvia, convertido ya en iconografía pura del siglo XXI, funciona porque está filmado desde la honestidad del romance clásico, donde el deseo y el peligro se tocan sin pedir permiso.

Un Nueva York analógico suspendido en el tiempo

La ciudad de Nueva York no es aquí un simple fondo generado por computadora para que los dobles digitales colisionen entre sí. Es un personaje vivo, sucio y emocional. Rodada y montada en una atmósfera de profunda herida colectiva tras los atentados del 11 de septiembre, la película se transformó de forma involuntaria en un bálsamo de identidad urbana, un lienzo donde los ciudadanos de a pie defienden a su héroe desde un puente porque «si te metes con uno de nosotros, te metes con todos». Danny Elfman corona esta atmósfera con una de las mejores partituras de su carrera, un tema principal que inyecta una épica trágica y una melancolía que el cine de acción actual ha olvidado por completo. Los efectos digitales de 2002 han envejecido, por supuesto, pero la película no sufre por ello; la tosquedad de ciertos planos fotorrealistas se compensa con la escala física de los decorados y la brutalidad de unos combates donde los cuerpos duelen, sangran y rompen paredes de verdad.

El triunfo de la artesanía sobre la fórmula

Dentro del saturado y a menudo cínico panorama del cine de entretenimiento contemporáneo, el primer Spider-Man de Sam Raimi ocupa el espacio del clásico fundacional e insustituible. No necesitó de multiversos explicativos ni de guiños al espectador resabiado para ganarse el respeto del tiempo: le bastó con entender el peso de una pérdida, la dignidad del perdedor y la verdad humana que se esconde detrás de una máscara de tela. Que siga funcionando con tanta frescura casi un cuarto de siglo después no es un truco de la nostalgia. Es lo que ocurre con las películas que prefieren filmar los ojos de sus intérpretes antes que los píxeles de sus pantallas.