Doscientos cincuenta millones para preguntarle a Ulises si merecía la pena el viaje: La Odisea

Que Christopher Nolan eligiera la Odisea de Homero como el proyecto con el que responder a Oppenheimer tiene una lógica que solo se entiende del todo cuando la película empieza: los dos trabajos hablan del mismo asunto desde extremos opuestos. Oppenheimer era la catástrofe, el hombre que abre una puerta que no se puede cerrar. La Odisea es el regreso: lo que queda cuando el desastre ya ocurrió y alguien tiene que encontrar el camino de vuelta a casa sabiendo que no será el mismo que salió. Nolan filma a Homero con doscientos cincuenta millones de dólares, cámaras IMAX de 70mm, y el mismo equipo técnico que construyó Oppenheimer —el director de fotografía Hoyte van Hoytema, la editora Jennifer Lame, el compositor Ludwig Göransson— desplegados en Marruecos, Grecia, Islandia, Malta, Escocia e Italia durante noventa y un días de rodaje. El resultado es una película que hace bien la mayoría de las cosas que se propone y que se queda corta en algunas de las que prometía, lo cual, dado el material de partida —el poema más influyente de la literatura occidental, con veinticuatro libros de aventuras episódicas que ningún guion puede condensar sin pérdidas—, es también un logro considerable.

Damon, Pattinson y la moral del héroe que no siempre actúa como tal

La decisión central que toma Nolan es tratar a Ulises como lo que el poema siempre ha dicho que es y que las adaptaciones populares tienden a suavizar: un hombre que predica el honor mientras opera por un código propio, que sobrevive gracias a la astucia y a la capacidad de mentir cuando la verdad lo mataría, y que lleva diez años sin llegar a casa con la suficiente frecuencia como para que uno empiece a preguntarse si el retraso es solo mala suerte o también algo que él necesita. Matt Damon construye a Ulises desde la contención —lacónico, directo, creíble en la acción y en la reflexión— sin renunciar a esa ambigüedad moral, y es posiblemente el trabajo más matizado que el actor ha entregado en años. A su lado, Robert Pattinson como Antínoo —el pretendiente de Penélope que encabeza la ocupación del palacio— es tan mezquino y tan calculador que la película tiene que esforzarse activamente para que no se convierta en el personaje más interesante de la sala, lo cual solo ocurre gracias a Anne Hathaway, cuya Penélope reserva para el tercer acto el tipo de escena que justifica el resto de la espera. El hallazgo más inesperado del reparto es doble: Samantha Morton como Circe, cuya presencia en pantalla tiene una intensidad perturbadora que ninguna otra interpretación de la película alcanza, y Zendaya como Atenea, un casting que sobre el papel puede parecer arriesgado y que en pantalla resulta impecable —la diosa de la sabiduría como figura de autoridad impassible que guía y también manipula— y que dice algo sobre la inteligencia de casting de un director que nunca elige a nadie por defecto.

Hoyte van Hoytema, el IMAX de 70mm y la textura que justifica el formato

La Odisea está rodada íntegramente en cámaras IMAX de 70mm, y la diferencia no es cosmética: Van Hoytema filma el mar mediterráneo y los paisajes de Islandia y Marruecos con una materialidad que hace que casi puedas oler la sal y la sangre. La secuencia de Troya, que llega antes de que Ulises empiece su viaje de regreso y que sirve de presentación del mundo que la película va a habitar, es el setpiece más impresionante que Nolan ha filmado desde la inversión temporal de Tenet, y tiene algo que el CGI industrial no puede replicar: el peso físico de un desastre real siendo reconstruido con cuerpos reales en espacios reales. Jennifer Lame aplica en la edición lo que aprendió construyendo la estructura de Oppenheimer: el tiempo de la película se baraja —pasado lejano, pasado reciente, presente, futuro— con una fluidez que no desorienta sino que refleja la manera en que Ulises organiza su propia historia según quién la está escuchando. La estructura episódica del poema —isla tras isla, monstruo tras monstruo, diosa tras diosa— se convierte en la arquitectura de la película, y Nolan la abraza en lugar de luchar contra ella: el resultado tiene más de narración oral antigua que de blockbuster contemporáneo, lo cual es exactamente lo que la Odisea necesitaba y también, en algunos momentos, lo que la ralentiza.

El peso de querer abarcar a Homero y lo que se queda fuera

El poema tiene veinticuatro libros. La película tiene una duración considerable y sigue quedándose corta. Algunos episodios —el encuentro con Escila y Caribdis entre ellos— se resuelven con una brevedad que en el contexto de la película resulta precipitada, como si el guion supiera que no puede darle a todo el espacio que merece y decidiera avanzar antes de que la omisión se note demasiado. El primer acto es deliberadamente lento de una manera que paga dividendos en el tercero pero que en tiempo real exige una paciencia que no todos los espectadores van a tener. El film fue parcialmente rodado en el Sáhara Occidental bajo ocupación marroquí, lo que generó protestas del Frente Polisario durante la producción y añade al bagaje de la película una complicación que su marketing no ha tenido el menor interés en abordar. Y hay un puñado de miembros del reparto —Jon Bernthal como Menelao, Benny Safdie como Agamenón, John Leguizamo como Eumeo— que aparecen con presencia y desaparecen antes de que la película haya terminado con ellos.

Nolan lleva treinta años construyendo películas sobre la memoria, el tiempo y el peso de las decisiones que no se pueden deshacer. La Odisea es la primera en la que el protagonista tiene tres mil años de ventaja para haber pensado en todo eso, y la película lo sabe. El regreso de Ulises a Ítaca no es un final feliz ni trágico sino algo más complicado: la llegada de un hombre que ha cambiado tanto que la casa a la que regresa ya no es exactamente la que dejó. Es una conclusión que la película gana a pulso, con un Damon que la carga en los hombros sin que se note el esfuerzo y con un Nolan que aquí, como siempre, está haciendo la película más difícil que podía hacer. Que haya conseguido que funcione en su mayor parte es suficiente razón para ir al cine.