Resines y Gutiérrez huyen de la policía y acaban encontrando algo mejor: Haciendo amigos

Para entender dónde está parada Haciendo amigos hay que saber dos cosas antes de entrar al cine. La primera es que David Marqués, su director, fue coguionista de Campeones —la película de Javier Fesser que en 2018 se llevó el Goya a la mejor película, representó a España en los Oscar y convirtió el encuentro entre un entrenador de baloncesto y un equipo de jugadores con discapacidad intelectual en algo que todavía mucha gente recuerda con afecto genuino—. La segunda es que Haciendo amigos es la adaptación española de Un p’tit truc en plus, la comedia francesa que Artus escribió, dirigió y protagonizó en 2024 y que fue un fenómeno sin precedentes en Francia: dieciséis millones de espectadores, la tercera película más vista de la historia del cine galo. Marqués y la guionista Marta González de Vega —también responsable del guion de Campeones y actriz en la película— llegan, pues, con una fórmula probada, un original de referencia y el ejemplo luminoso de su propio trabajo anterior pisándoles los talones. La película que han hecho con Antonio Resines, Quim Gutiérrez y Megan Montaner no iguala ninguno de esos dos listones. Tampoco los necesita para funcionar.

Las sombras que acompañan a la película

La trama es, en lo esencial, la del original francés: dos delincuentes de poca monta, Antonio y Félix, huyen de la policía tras asaltar una joyería y acaban infiltrándose por error en el campamento de verano de un taller de teatro para personas con discapacidad intelectual. Félix es confundido con Ángel, el nuevo integrante del grupo que se esperaba, y los dos ladrones se quedan atrapados durante una semana de retiro creativo que no habían pedido y que acaba siendo lo mejor que les ha pasado en años. La estructura es tan transparente que la película casi te avisa desde el primer minuto de lo que va a ocurrir: habrá malentendidos cómicos, habrá un momento de crisis, habrá redención, habrá algo parecido al amor. Lo que la película decide hacer dentro de esa estructura es donde se juega todo. Y la decisión fundamental que toman Marqués y González de Vega es la que ya tomaron en Campeones: no tratar a los personajes con discapacidad como herramientas narrativas al servicio de la transformación de los protagonistas, sino como personas con sus propias historias, sus propias gracias y sus propias complicaciones. Esa decisión, que podría parecer mínima, no lo es: es exactamente la diferencia entre una película que respeta a quien aparece en pantalla y una que los utiliza para que el espectador llore y se sienta mejor consigo mismo. Haciendo amigos no hace lo segundo.

Lo que aportan Resines, Gutiérrez y los que no aparecen en el cartel

Resines lleva décadas perfeccionando el cascarrabias entrañable y aquí lo ejecuta con la naturalidad de quien sabe exactamente qué le pide el director antes de que se lo pida. Antonio es el delincuente cansado, el que ha hecho demasiadas cosas mal durante demasiado tiempo y no sabe cómo salir del bucle; Resines lo construye sin subrayados, con una parquedad que resulta más efectiva que cualquier momento de emoción explícita que el guion le concede. Gutiérrez aporta lo que Gutiérrez siempre aporta: ligereza, timing cómico, la capacidad de parecer improvisado cuando nada lo es. La química entre los dos actores es el mayor activo de la película en sus momentos de enredo —cuando la mentira que sostiene su presencia en el campamento amenaza con derrumbarse—, y es donde Haciendo amigos se aproxima más a lo que podría haber sido si hubiera decidido ser un poco menos prudente. Megan Montaner cumple el papel que el guion le reserva a Eva, la monitora que conecta con Félix, pero ese papel es el más convencional de los tres: el ancla emocional que existe principalmente para darle a la trama romántica un lugar donde apoyarse. La historia de amor es el elemento más débil de la película y también el más predecible. Lo más honesto del conjunto, paradójicamente, son los miembros del taller de teatro: su espontaneidad y su presencia física generan los momentos más genuinamente divertidos y más emotivos de la función, y hay algo ligeramente irónico en que los actores que no aparecen en el cartel sean quienes más recuerdes cuando salgas de la sala.

La película que prefiere no arriesgarse

Santiago Segura produce, y eso se nota de una manera que no es necesariamente negativa: hay un instinto para lo popular, para dar al espectador exactamente lo que ha ido a buscar sin exigirle un esfuerzo que no ha pedido, que recorre Haciendo amigos de principio a fin. El humor funciona por enredo y por situación más que por torpeza física, lo cual la hace más elegante de lo que su premisa sugeriría; la cinta evita también los momentos musicalizados de gag que en manos menos expertas habrían convertido la comedia en algo más estruendoso y menos gracioso. Pero esa misma corrección es también su límite. El potencial satírico de la situación —dos criminales reformados a la fuerza por la comunidad que menos se habrían esperado— se queda sin explotar. El arco narrativo sigue un recorrido tan trazado de antemano que los conflictos aparecen exactamente cuando se esperan y se resuelven con una rapidez que les resta peso. El humor es más amable de lo que podría ser. Marqués opta en cada bifurcación por el camino que incomoda menos, y es una opción legítima, pero la suma de esas opciones produce una película que, como señalaba en su crítica menos entusiasta El Ónfalos, resulta «intrascendente» cuando tenía ingredientes para ser algo más. La ironía es que Un p’tit truc en plus, el original francés, consiguió dieciséis millones de espectadores siendo más o menos la misma película: lo cual sugiere que la fórmula funciona y que el problema no es la prudencia sino cuánto rinde esa prudencia cuando falta la chispa que la hace memorable.

Haciendo amigos es una película que hace bien lo que propone y propone algo que vale la pena. No es Campeones —Fesser tiene una voz que Marqués todavía no ha encontrado del todo—, pero tampoco intenta serlo: se queda en el territorio más modesto de la comedia de verano que entretiene sin hacer daño y que te recuerda, de manera discreta y sin discursos, que los límites que más importan no están donde la gente suele buscarlos. Si eso es suficiente para ti este julio, la sala estará bien empleada.