La hermana que nadie vio venir: Enola Holmes (2020)
Netflix acaba de estrenar la tercera aventura de Enola Holmes, lo que nos da la excusa perfecta para volver al principio. La primera llegó en 2020 en circunstancias peculiares: concebida como un lanzamiento en salas de cine, terminó aterrizando directamente en streaming cuando la pandemia cerró los cines de medio mundo. El resultado fue que setenta y seis millones de hogares la vieron en sus primeras cuatro semanas, un número que dejaba claro que Netflix tenía entre manos algo más que una película de aventuras victoriana: tenía el arranque de una franquicia. La pregunta, seis años después y con la tercera entrega recién disponible, es cómo aguanta.

Lo que aprendió de Fleabag
El detalle que más diferencia Enola Holmes de cualquier otro intento reciente de modernizar a los Holmes no es la protagonista ni el tono: es la decisión de dejar que Enola le hable directamente al espectador. Harry Bradbeer, el director, venía de trabajar en Fleabag con Phoebe Waller-Bridge, y trajo consigo el mismo truco de rotura de cuarta pared: la protagonista te mira a los ojos, te cuenta lo que piensa, te guiña un ojo cuando los demás no ven. La diferencia es que aquí no hay ironía distanciadora. Enola no habla a cámara porque el mundo le resulte absurdo; habla a cámara porque le parece la manera más eficiente de explicarte quién es y adónde va. Es un recurso que en manos equivocadas se convierte en tic de videoclip, pero Bradbeer lo usa con suficiente convicción como para que funcione: la sensación de que la chica te ha elegido como confidente hace que la película se vea con una intimidad que el género de aventuras raramente consigue.

Millie Bobby Brown, ella sola
Stranger Things le dio a Millie Bobby Brown un papel que le exigía expresar terror, pérdida y poderes sobrenaturales sin prácticamente abrir la boca. Enola Holmes le pide algo diferente y en cierto modo más difícil: ser encantadora. Ser el centro de un tono ligero sin convertirse en marioneta de la simpatía, mantener doce ideas distintas funcionando al mismo tiempo —la búsqueda de su madre, la persecución del viscount Tewkesbury, el problema de ser mujer en 1884— y hacer que todo parezca parte del mismo impulso. Brown lo consigue. Hay momentos en que la cámara la sigue corriendo por calles victorianas disfrazada de niño, mirando de reojo al objetivo, y resulta genuinamente divertido, lo que no es un logro menor. Henry Cavill aporta un Sherlock más cálido de lo habitual —más hermano mayor que figura paterna—, y Helena Bonham Carter hace de madre excéntrica con la comodidad de quien lleva treinta años perfeccionando esa especialidad.

El misterio que sabe que es secundario
Donde Enola Holmes cede terreno es en la intriga. La trama de la desaparición de la madre se entrelaza con una conspiración política relacionada con el movimiento sufragista y con un joven aristócrata perseguido por asesinos, y el guion de Jack Thorne no termina de decidir cuál de las dos historias le interesa más. El resultado es que la parte detectivesca —la que por lógica de franquicia debería ser la más sólida— resulta ser la más floja: las deducciones se sienten ilustrativas más que necesarias, la amenaza nunca acaba de apretarse del todo, y el último tramo, cuando la película vira inesperadamente hacia la violencia, produce una disonancia de tono que no llega a resolverse. Pero ahí está el secreto mejor guardado de la película: en el fondo no le importa tanto el misterio como la chica que lo resuelve. Lo que Enola Holmes vende es una protagonista que tiene claro que su vida le pertenece, y en eso —en esa claridad, en esa energía, en esa actriz— cumple con más holgura de lo que nadie esperaba cuando Netflix la estrenó un otoño de pandemia sin apenas hacer ruido.





