Espías por accidente y a ritmo de los 70: por qué ‘Ponies’ es el placer culpable del año

Peacock ha encontrado uno de sus éxitos más reconfortantes y singulares en lo que va de año gracias a una fórmula que, sobre el papel, parecía un salto al vacío suicida. Creada por Susanna Fogel (The Flight Attendant) y David Iserson (Mr. Robot), Ponies se destapa como una de las sorpresas más magnéticas de la temporada televisiva. La premisa nos traslada a la convulsa Moscú de 1977, donde dos secretarias de la embajada estadounidense se transforman en agentes operativas de la CIA después de que sus maridos espías mueran en un misterioso accidente aéreo. Amparadas en el acrónimo que da título a la ficción —PONIs o Persons of No Interest (Personas sin interés)—, la trama utiliza la invisibilidad de las mujeres en la Guerra Fría no como un riguroso tratado de geopolítica, sino como el lienzo perfecto para un divertidísimo híbrido entre el thriller de intriga, la comedia de colegas (buddy caper) y el melodrama sobre el duelo y la superación.

El «efecto pegamento» de Emilia Clarke y Haley Lu Richardson

El indiscutible triunfo de la producción reside en la arrolladora e instantánea química platónica entre sus dos actrices principales, el verdadero motor que cohesiona y eleva toda la función. Emilia Clarke se desmarca por fin de la sombra de Daenerys Targaryen encarnando a Bea, una comedida graduada de Wellesley e hija de supervivientes del Holocausto que domina el ruso, mientras que Haley Lu Richardson brilla con luz propia como Twila, una indomable y malhablada mujer de clase obrera que se guía por puros instintos de supervivencia callejera. Esta dinámica de «cerebro contra calle» insufla un ritmo tremendo a un libreto que bordea el absurdo en su logística de espionaje, permitiendo que la serie funcione como una estimulante montaña rusa de tono retro, filmada en un nostálgico formato de imagen de 3:2 y aderezada con transiciones de pantalla dividida que evocan directamente el cine de los setenta.

Entre la nostalgia acústica y las tiranías del pastiche pop

No obstante, el viaje que proponen Fogel e Iserson no es impecable y muestra sutiles costuras a lo largo de sus ocho episodios. La serie incurre por momentos en una dependencia excesiva de los chutes de nostalgia musical mediante constantes needle drops de Fleetwood Mac o Boney M, utilizándolos como un recurso fácil para retener la atención del espectador cuando el entramado de intriga se vuelve predecible. Asimismo, esa obsesión por el pastiche estético de la época provoca que, por momentos, la falta de profundidad ideológica diluya el potencial de un reparto secundario de primer nivel que se siente flagrantemente infrautilizado, donde nombres de la talla de Adrian Lester o la imponente Harriet Walter apenas disponen de escenas para lucir su indiscutible peso dramático.

Veredicto: un adorable disparate que merece continuar

Con todo, el balance global de Ponies es el de un artefacto extraño, lúdico y tremendamente disfrutable que prefiere arrancar una carcajada honesta antes que epatar con giros de guion hipercomplejos a lo John le Carré. No busca competir en la liga de la densidad moral o la tensión histórica, sino en el dinamismo gamberro y autoconsciente de los mejores entretenimientos catódicos. Al final de la temporada, cuando el juego de espías por fin estalla en persecuciones y tiroteos reales, la serie demuestra que su verdadera fortaleza nunca estuvo en el rigor de su ambientación (recreada en Budapest), sino en el viaje de autoafirmación de sus dos heroínas accidentales. Una golosina pop cuyo viaje ascendente justifica con creces que nos quedemos con ganas de una segunda entrega.