Pícaros, Caravaggios y mangantes con txapela: ‘Cada día nace un listo’

Tras el incontestable triunfo industrial, de taquilla y emocional que supuso La infiltrada, Arantxa Echevarría podría haber optado cómodamente por el camino de la solemnidad institucional. Podría haber insistido en el drama grave y en esa etiqueta de «directora importante» que los estamentos de la industria colocan de forma automática sobre los hombros de quien acaba de reventar los marcadores de prestigio. En lugar de eso, la realizadora bilbaína ha preferido firmar un desvío creativo radicalmente divertido: una comedia negra criminal poblada por jetas, nuevos ricos, delincuentes de medio pelo, juguetes rotos de los talent shows televisivos y cuadros de valor incalculable custodiados en mansiones de la costa vasca. Cada día nace un listo es, en su médula espinal, una radiografía descarnada sobre las costuras de la España contemporánea. La España del pelotazo, la picaresca del «tú déjame a mí» y esa arraigada convicción nacional de que el tonto siempre es el que no trinca porque no puede o porque no se atreve.

Un Caravaggio como detonante de la codicia patria

La trama se pone en marcha siguiendo los pasos de Toni Lomas, interpretado por un Hugo Silva especialmente inspirado y magnético en su patetismo. Lomas es un buscavidas que saboreó sus quince minutos de gloria catódica y que ahora trampea entre deudas, actuaciones de mala muerte y trapicheos de baja estofa. Su suerte da un vuelco cuando un antiguo romance lo enreda en un plan aparentemente infalible: sustraer un lienzo millonario de una opulenta familia donostiarra. Para ejecutar el golpe, Toni recluta a la Mari y al Gallego, una pareja de delincuentes tan entrañables como peligrosamente chapuceros. Como dicta el canon del género, nada sale según el plano original; en un ecosistema donde nadie es inocente, los ricos anhelan seguir rapiñando, los desfavorecidos buscan su tajada y un Caravaggio ejerce de MacGuffin de lujo para desatar una tormenta de codicia y postureo cultural.

Un Guy Ritchie con txapela y aroma a ‘Airbag’

Echevarría juega de manera consciente a hibridar referentes cinematográficos sin ningún tipo de pudor. La propuesta bascula entre el thriller de atracos estilizado, la comedia coral de herencia berlanguiana, el noir pasado de vueltas y el puro esperpento ibérico. La cinta aspira a ser una suerte de Guy Ritchie con txapela, pero operando en realidad como la prima gamberra de hitos como Atraco a las tres o Airbag; ficciones donde el crimen jamás luce del todo pulcro porque sus perpetradores cargan con demasiada verdad cotidiana como para comportarse como héroes de acción cool. Cuando el engranaje encaja, la dirección inyecta una energía visual y un nervio rítmico poco frecuentes en la comedia patria reciente, filmando una farsa de chanchullos como si fuera una pieza de orfebrería elegante a la que alguien le hubiera derramado un vaso de kalimotxo por encima.

El elenco capitanea esta locura comprendiendo a la perfección el código de la farsa. Al excelente trabajo de Silva como un sinvergüenza entrañable se le une una inmensa Susi Sánchez, convertida en el auténtico hallazgo de la función al encarnar un personaje barriobajero y enérgico, totalmente alejado de su registro habitual de gran dama dramática. Diego Anido vuelve a demostrar una finura asombrosa para la comedia soterrada bajo su imponente presencia física, mientras que nombres de la talla de Belén Rueda, Pedro Casablanc, Dafne Fernández o Ginés García Millán entran y salen del encuadre como piezas de un tablero donde la hipocresía es la moneda de cambio. El marco geográfico de San Sebastián, además, funciona como un personaje más: un escenario de contrastes brutales donde el lujo flotante de los palacetes mira de reojo a una clase obrera que las pasa canutas para no quedarse fuera del escaparate turístico.

Los excesos de la verbena y el valor del entretenimiento

Donde la película encuentra sus principales fisuras es, paradójicamente, en su propia naturaleza desbocada. El exceso es su gran motor, pero también su límite narrativo; por momentos, la acumulación torrencial de subtramas, giros de guion, secundarios histriónicos y subrayados de crítica social amenaza con transformar la pantalla en una verbena excesivamente ruidosa. Ciertas soluciones satíricas en torno al arte como mero activo de inversión para millonarios resultan tan obvias que el libreto peca de explicarlas más de la cuenta, restándole un punto de ligereza al conjunto. La burla de Echevarría resulta infinitamente más letal y orgánica cuando permite que sus criaturas hagan el ridículo por el peso de sus propios actos que cuando verbaliza lo evidente a través de discursos ajenos.

El gran sueño colectivo del pícaro

A pesar de estas arritmias puntuales, sería injusto exigirle una precisión de tiralíneas a un artefacto que no busca la perfección geométrica, sino el disfrute directo, acelerado y dotado de un empaque formal muchísimo más sofisticado de lo que su ligereza comercial aparenta. Echevarría exhibe un oficio incuestionable, un apetito voraz por el juego cinematográfico y una saludable falta de miedo al ridículo que se agradece sobremanera en el panorama actual. Cada día nace un listo triunfa como un divertimento popular cargado de una mala leche sumamente reconocible. Un largometraje que tal vez no sea la sátira definitiva sobre la corrupción patria, pero que conecta con el espectador gracias a una certeza incontestable: en este rincón del mundo, el gran sueño colectivo nunca fue ser millonario; fue, simplemente, que no te pillaran intentándolo.