Adolescence (Adolescencia): El plano secuencia como soga al cuello

Hay proezas técnicas que nacen de la vanidad y otras que nacen de la necesidad. Adolescence, la miniserie británica que ha fulminado los récords de audiencia de Netflix en 2025, pertenece al segundo grupo. Lo que Jack Thorne y Stephen Graham han perpetrado aquí, bajo la dirección de un Philip Barantini en estado de gracia, no es solo un drama criminal; es un ataque de ansiedad de cuatro horas del que no puedes apartar la mirada porque, literalmente, la cámara no parpadea.

La premisa nos lanza al fango desde el minuto uno: Jamie Miller, un niño de 13 años con cara de no haber roto un plato, es arrestado en un operativo policial digno de un narco. ¿El motivo? El asesinato de una compañera de clase. A partir de ahí, la serie se convierte en una autopsia social sobre la radicalización silenciosa en la era de la «manosfera».

Un reparto que duele

Hablar de Stephen Graham es hablar de la aristocracia de la interpretación británica. Su papel como Eddie, el padre roto que intenta comprender un mundo digital que le viene grande, es de una fragilidad devastadora. Sin embargo, el terremoto tiene nombre propio: Owen Cooper.

Ganar un Emmy siendo un debutante no es casualidad. Cooper logra algo casi imposible: que sintamos pánico y compasión por Jamie al mismo tiempo. En el tercer episodio —un duelo interpretativo encerrado en cuatro paredes junto a una magistral Erin Doherty—, Cooper nos muestra el vacío de una generación que ha sustituido los consejos de sus padres por los algoritmos de odio de Andrew Tate. Es, sin duda, la escena más cruda y necesaria de la televisión reciente.

La técnica al servicio del desasosiego

Muchos críticos han tachado el uso del plano secuencia real (uno por episodio) de «truco visual». Se equivocan. En Adolescence, la ausencia de cortes elimina la red de seguridad del espectador. No hay elipsis que nos permita respirar, no hay un cambio de plano que nos saque del interrogatorio.

Barantini, que ya demostró su pulso en Boiling Point, utiliza la cámara como un testigo invisible que se ensaña con el sudor, los temblores y el silencio. Si bien el segundo episodio es una coreografía técnica imposible en un instituto, es el minimalismo del tercer capítulo el que realmente «deja cicatrices». La técnica aquí no es un alarde de ego, es una condena: estás ahí encerrado con ellos, y no hay salida.

El espejo incómodo de la «Píldora Roja»

Lo que eleva a Adolescence por encima del true crime habitual es su colmillo político. La serie se atreve a nombrar el elefante en la habitación: cómo la misoginia estructural y el contenido «incel» están moldeando la psique de niños que aún no tienen vello facial.

La polémica alentada por figuras como Elon Musk, acusando a la serie de «propaganda», solo confirma que Thorne ha dado en el clavo. Al centrar el foco en el victimario blanco y su entorno, la serie no busca demonizar, sino entender cómo un sistema educativo y familiar analógico está dejando huérfanos digitales a merced de lobos con conexión a Wi-Fi.

Luces y sombras

¿Es perfecta? Casi. Como suele ocurrir en las producciones de Netflix, hay una ligera tendencia a la omnipresencia musical y, en ocasiones, el guion se vuelve un poco explicativo para asegurar que el mensaje llegue a todos los sectores. Además, el olvido casi total de la figura de la víctima —Katie— es una decisión narrativa arriesgada que dejará a muchos con un sabor agridulce.

Conclusión

Adolescence es la serie que te obligará a mirar el historial de navegación de tus hijos con otros ojos. Es un prodigio técnico, sí, pero es sobre todo un grito de auxilio social. No es una serie para «disfrutar» con palomitas; es una serie para sufrir, reflexionar y, quizás, empezar a hablar de lo que ocurre cuando apagamos la luz de la habitación de un adolescente y se queda solo con su pantalla.