El diablo ahora vuela en clase turista: Crítica de ‘El diablo viste de Prada 2’

Veinte años después de que Miranda Priestly nos enseñara la diferencia entre el azul y el azul cerúleo, el infierno se ha congelado, o peor aún, se ha digitalizado. El estreno de esta secuela no es solo un ejercicio de nostalgia; es el choque frontal entre el viejo mundo de las rotativas de lujo y una realidad donde el «contenido» es un rey tiránico y barato. David Frankel y Aline Brosh McKenna regresan para demostrarnos que, aunque el papel esté muriendo, el veneno de Miranda sigue teniendo el pH perfecto.

Miranda Priestly ante el abismo del clic

Lo más fascinante de esta entrega es ver a la mujer más poderosa de la moda enfrentarse a su mayor enemigo: la irrelevancia. En un giro casi cruel, Miranda ya no lanza abrigos; ahora tiene que lidiar con departamentos de Recursos Humanos y un presupuesto tan ajustado que el número de septiembre es «tan fino que sirve para pasarse el hilo dental». Meryl Streep vuelve a darnos una lección de contención, interpretando a una jefa que ya no domina el mundo con un susurro, sino que observa con una mezcla de derrota y asco cómo el prestigio se sacrifica en el altar de los algoritmos. Es una Miranda suavizada por el tiempo, pero que aún es capaz de soltar una frase lapidaria que te hace revisar tu contrato laboral.

Andy Sachs y el síndrome del salvador

Anne Hathaway regresa como una Andy que finalmente es la periodista seria que siempre soñó ser, solo para descubrir que la integridad no paga las facturas en el Nueva York de 2026. Su reencuentro con Runway no se siente forzado porque nace de una desesperación que cualquier profesional de hoy entiende: el despido masivo vía mensaje de texto. Sin embargo, el guion comete el pecado de ser demasiado optimista en su resolución. Mientras que la primera película nos dejaba con un sabor agridulce sobre el coste del éxito, aquí se nos intenta vender la idea de que un «multimillonario bueno» puede salvar el periodismo. Es una píldora difícil de tragar en un mundo donde sabemos que el lujo y la ética rara vez comparten limusina.

El ascenso de la Reina Emily y la sombra del estereotipo

Si en 2006 Emily Blunt era la asistente sufridora, en 2026 es la dueña del tablero desde su trono en Dior. El duelo de alta costura entre ella y Miranda es, sin duda, lo mejor de la cinta, recordándonos que el lujo real es inmune a las crisis. No obstante, no todo es seda y diamantes. La película tropieza con la inclusión de personajes como Jin Chao, que se siente más como un cliché de «asistente aplicada» que como un personaje real, desatando una polémica necesaria sobre cómo Hollywood sigue usando estereotipos asiáticos para rellenar fondos de oficina. Es un borrón en un diseño que, por lo demás, es visualmente impecable.

Veredicto: ¿Es tendencia o es saldo?

‘El diablo viste de Prada 2’ es una secuela necesaria que duele porque retrata con precisión el desmantelamiento de las profesiones creativas. Logra reunir a la banda original con una dignidad envidiable, aunque pierda parte de la mordacidad de la primera al intentar redimir demasiado a sus protagonistas. Es divertida, es elegante y nos regala a un Stanley Tucci que sigue siendo el alma de cualquier habitación en la que entre. Pero, sobre todo, nos recuerda que en este negocio, como en la vida, lo único más peligroso que una jefa implacable es una industria que ha olvidado cómo ser excelente.