Supervivencia al límite en el Outback: Charlize Theron se mide contra Taron Egerton en ‘Apex’
Australia tiene una belleza que corta la respiración, pero el cine nos ha enseñado —desde Wolf Creek hasta Wake in Fright— que sus paisajes son tan peligrosos como sus habitantes más excéntricos. Baltasar Kormákur, el director que ya nos dejó helados con Everest y nos hizo sudar con La Bestia, regresa a su terreno favorito: el hombre (o la mujer) contra la naturaleza. En Apex (estrenada hoy en Netflix), la adrenalina de los deportes de riesgo se funde con el terror más primario en una caza humana que, aunque previsible, cumple con creces su promesa de tensión.

Una escalada hacia el trauma
La película arranca con una de esas secuencias que justifican por sí solas la suscripción al streaming: Sasha (Charlize Theron) y Tommy (Eric Bana) despiertan en una tienda de campaña suspendida a 90 grados en una pared vertical. Es un inicio espectacular que establece las credenciales de Sasha como una adicta a la adrenalina, pero que también sirve para despachar rápidamente el drama de fondo cuando la tragedia golpea.
Meses después, encontramos a una Sasha rota que intenta sanar haciendo lo que mejor sabe hacer: perderse en el salvaje Wandarra National Park. Lo que ella busca es una conexión espiritual con la naturaleza; lo que encuentra es a Ben (Taron Egerton), un local que parece el yerno ideal hasta que el guion decide que es hora de sacar el ballestón y empezar la cacería.

Duelo de titanes: La Furiosa contra el Psycho Killer
El gran acierto de Apex no es su guion —que sigue a pies juntillas el manual de «extraño acosa a turista»—, sino su reparto. Charlize Theron sigue demostrando que es la reina indiscutible del cine de acción físico. Aquí no hay dobles que valgan en la mayoría de planos: Theron escala, bucea y rema con una solvencia que recuerda a su mítica Imperator Furiosa, pero con una vulnerabilidad mucho más terrenal.
En el otro lado tenemos a un Taron Egerton que se aleja de sus roles heroicos para encarnar a un psicópata con un acento australiano cerradísimo y una mirada que oscila entre el encanto juvenil y la locura absoluta. Egerton dota a Ben de una energía maníaca que eleva la película por encima del simple slasher de supervivencia. El juego del gato y el ratón entre ambos está coreografiado con una brutalidad seca, donde cada corte y cada hueso roto se siente real.

Factura técnica frente a falta de riesgo
Kormákur utiliza los paisajes de Nueva Gales del Sur de forma magistral. Gracias a un uso inteligente de drones y planos secuencia que desafían la gravedad, la película se siente grande, épica y muy alejada del look de cartón piedra de otras producciones de plataforma. Es una lástima que una factura técnica tan impecable no se atreva a romper más los moldes narrativos. A excepción de un giro en el último acto que propone una «colaboración» forzosa bastante tensa, el resto del metraje es un camino que cualquier espectador curtido ya ha recorrido antes.
Apex no viene a reinventar la rueda del thriller de acción, ni busca ser una meditación profunda sobre el duelo (aunque lo intente con algunos diálogos algo flojos). Es, ante todo, un ejercicio de género ejecutado con una precisión suiza y una entrega física envidiable por parte de sus estrellas. Una hora y media de tensión constante que te hará replantearte lo de irte solo de acampada estas vacaciones.





