Sangre, píxeles y nostalgia: ¿Es el ‘reboot’ de Mortal Kombat el Fatality que esperábamos?
A estas alturas, pedirle peras al olmo o coherencia narrativa a una adaptación de un videojuego de lucha es casi un deporte de riesgo. Sin embargo, la Mortal Kombat de 2021 llegó con una promesa grabada a fuego (y sangre) en su ADN: redimir los pecados del pasado y darnos, por fin, la brutalidad que las máquinas recreativas nos volaron la cabeza en los noventa. Con la secuela asomando por el horizonte en este 2026, toca volver la vista atrás para ver si esta primera piedra del nuevo templo de la lucha se sostiene en pie o si muerde el polvo antes de que suene la campana.

Un prólogo de altura y un nudo que se enreda
Si algo hace bien esta película es su carta de presentación. Los primeros diez minutos, situados en el Japón feudal, son una auténtica delicia para cualquier amante del cine de samuráis y artes marciales. La rivalidad entre Hanzo Hasashi (Scorpion) y Bi-Han (Sub-Zero) tiene un peso emocional y una factura visual que, honestamente, el resto del metraje lucha por igualar. Esos compases iniciales nos venden una película seria, cruda y mística que, lamentablemente, se diluye en cuanto aterrizamos en la actualidad.
El mayor escollo de la cinta tiene nombre propio: Cole Young. Introducir a un protagonista original en un universo con decenas de personajes icónicos es una jugada valiente, pero aquí se siente como un lastre. Cole es el «elegido» genérico que sirve de guía para el espectador neófito, pero carece del carisma necesario para robarle planos a leyendas como Liu Kang o Kung Lao. Es, en esencia, un espectador con guantes de MMA que pasaba por allí.

Entre el ‘fan service’ y el espectáculo visual
Donde la película saca pecho es en su respeto por la iconografía de la saga. Simon McQuoid, en su debut tras las cámaras, demuestra saber qué queremos ver. No se corta con la violencia; los Fatalities son tan creativos como desagradables, y eso es exactamente lo que se le pide a una marca que fue censurada en medio mundo por su gore.
El despliegue visual es notable para su presupuesto. Los poderes, desde el hielo de Sub-Zero hasta el fuego de Scorpion, lucen con una contundencia física que se agradece frente a otros excesos digitales más vacíos. Además, personajes como Kano (interpretado con un desparpajo gamberro que se agradece) inyectan las dosis necesarias de humor para que no olvidemos que, al final del día, esto va de gente con superpoderes dándose tortazos para salvar el mundo.

¿Victoria impecable o empate técnico?
El guion, seamos sinceros, es un amasijo de clichés sobre profecías y marcas del dragón que sirve de mero pretexto para mover a los personajes de un escenario a otro. No busca ganar un premio de dramaturgia, busca que disfrutes viendo cómo Jax recupera sus brazos o cómo Sonya Blade reparte estopa. Su mayor pecado es, quizás, que la película se siente como un prólogo excesivamente largo; una preparación para un torneo que nunca llega a celebrarse del todo en esta entrega, dejándonos con la miel en los labios de cara a la segunda parte.
En definitiva, esta aproximación a Mortal Kombat no es perfecta, pero es honesta. Es una pieza de entretenimiento vibrante que abraza su naturaleza de serie B con presupuesto de serie A. Si dejas el espíritu crítico de festival de cine en la entrada y vienes buscando el placer culpable de ver un buen combate con banda sonora de techno machacón, la película cumple con creces. No es un Flawless Victory, pero sí un golpe certero que deja el camino despejado para que su secuela termine el trabajo.






