De la oficina al frente: Por qué la T1 de ‘Jack Ryan’ sigue siendo el mejor thriller de Prime Video

Antes de que John Krasinski se despida definitivamente del personaje en la gran pantalla con Ghost War, es el momento ideal para volver al origen. La primera temporada de Jack Ryan en Prime Video no fue solo otro intento de resucitar el cadáver de las novelas de Tom Clancy; fue la demostración de que el formato serie le sienta al personaje mucho mejor que el cine de dos horas. Aquí, el analista de la CIA no es un superhombre, sino un tipo que prefiere los datos a las balas, aunque el destino (y un terrorista muy inteligente) le obligue a mancharse las manos.

Krasinski: El Jim Halpert que se hizo Marine

El gran acierto de esta tanda de ocho episodios fue su casting. Krasinski, cargando con el estigma de ser «el de The Office«, utiliza esa imagen de hombre corriente a su favor. Su Jack Ryan es alguien con quien podrías tomarte una cerveza, un experto en finanzas que detecta transferencias bancarias sospechosas en Yemen desde su escritorio en Langley. Esa transición de la silla de oficina al desierto se siente ganada, no forzada.

Pero una serie de espías es tan buena como su villano, y aquí Ali Suliman brilla como Suleiman. No es el típico malo de opereta; es un antagonista con capas, con una esposa (Hanin, interpretada por una potente Dina Shihabi) que huye de su propia casa y una historia de resentimiento que, aunque no justifica sus actos, los dota de una lógica aterradora. El duelo entre Ryan y Suleiman es, en realidad, un choque de mentes brillantes que intentan anticipar el siguiente movimiento del otro.

Greer y la química del mentor

Si Krasinski pone el corazón, Wendell Pierce (recordado por The Wire) pone el alma y el cinismo como James Greer. La relación entre ambos es el motor de la temporada. Greer es un jefe caído en desgracia, relegado a una división menor, que encuentra en la tozudez de Ryan la chispa para volver al juego. Es refrescante ver cómo la serie moderniza los tropos de Clancy: Greer es musulmán, lo que añade una capa de complejidad necesaria al tratar conflictos en Oriente Medio, alejándose del «patriotismo de bandera» más rancio de las adaptaciones de los años 90.

Un ritmo de ‘best-seller’ televisivo

Aunque la serie peca de algunas tramas secundarias que estiran el chicle (como el arco del piloto de drones, que se siente como un pegote temático), el ritmo general es de infarto. Desde el tiroteo inicial en la base de Yemen hasta el tenso juego del gato y el ratón en un chat de videojuegos, la dirección de Morten Tyldum logra que lo administrativo sea tan emocionante como lo táctico.

Jack Ryan no inventa la rueda del thriller geopolítico, pero la hace girar con una precisión técnica envidiable. Logra que nos importe el destino de un hombre que solo quería rastrear dinero y acaba salvando Washington. Es una base sólida sobre la que se construyó el resto de la ficción y la razón por la que hoy, años después, seguimos queriendo ver a Krasinski enfundarse el chaleco una última vez.